
“¿Alguna vez te rompieron el corazón?” Lo gritó mientras dos policías la arrastraban fuera de la sala del tribunal. No era una pregunta para el juez, ni para los periodistas que la esperaban. Las fotografías de ese momento muestran a Frances Farmer con el cabello revuelto, la mirada perdida y descalza. Las imágenes se publicaron en todos los periódicos de Estados Unidos al día siguiente. Ninguna de sus películas alcanzó esa difusión.
Era enero de 1943. Tenía 29 años. Y lo que vino después fue peor.
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La actriz de Hollywood que nadie recuerda pero todos conocen
Hay un tipo peculiar de fama: la que se construye sobre las ruinas de una vida. Frances Farmer pertenece a esa categoría. Cecil B. DeMille la declaró la estrella más prometedora de 1936. Howard Hawks dijo que era la mejor actriz con la que había trabajado. Hoy, pocos aficionados al cine pueden citar más de dos o tres películas suyas. Y aun así, su nombre aparece en más de media docena de canciones, Courtney Love se casó con un vestido suyo, Jessica Lange recibió una nominación al Oscar por interpretarla. Ningún libro sobre los juguetes rotos de Hollywood omite su nombre.
Vanity Fair lo resumió con precisión quirúrgica. Frances Farmer es la estrella más famosa que realmente nadie conoce.
Su leyenda la construyeron sus desgracias que fueron luego exageradas, falsificadas y vendidas por quienes encontraron en ellas un negocio más rentable que cualquier taquilla. Lo que quedó fue un mito de la rebelde comunista a la que Hollywood y su propia madre lobotomizaron y vejaron en un psiquiátrico.
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El ensayo que convirtió a una adolescente en enemiga pública
Todo empezó con 100 dólares y Friedrich Nietzsche. Farmer tenía 17 años cuando ganó un concurso escolar con un ensayo titulado Dios muere, una reflexión sobre el “Dios ha muerto” del filósofo alemán. Los medios locales de Seattle transformaron ese trabajo de bachillerato en un escándalo nacional. Los titulares decían: “Chica de Seattle niega a Dios y gana un premio”. Desde los púlpitos, miembros de la iglesia declararon que “si los jóvenes de esta ciudad se van al infierno, Frances Farmer seguramente los ha conducido allí”.
Años después, Farmer contó su reacción a la revista Collier’s. “Fue bastante triste porque por primera vez descubrí lo estúpida que podía ser la gente. Me hizo sentir sola en el mundo. Cuanta más gente me señalaba con desprecio, más terca me ponía. Y cuando comenzaron a llamarme la Chica Mala de West Seattle High, traté de estar a la altura”.
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A los 21 años ganó un viaje a Moscú. Aficionada al teatro ruso y al Método Stanislavski, viajó a la Unión Soviética para conocerlo de primera mano. Farmer dejó escrito que no tenía ningún interés en el comunismo, solo quería conocer el teatro que la fascinaba. Pero la etiqueta ya estaba pegada. La tildaron de agnóstica, comunista e indomable.
Hija de un abogado y una trabajadora social, creció como la única chica entre cuatro hermanos. Su padre se fue de casa cuando tenía cuatro años. La relación con su madre, Lillian, fue tensa desde el principio y se volvería, con los años, el eje de su destrucción.
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La mujer que no quería ser estrella
A su regreso de Moscú, Farmer se instaló en Nueva York con la intención de dedicarse al teatro. Lo que encontró fue un contrato de siete años con Paramount Pictures. La industria buscaba entonces su propia Garbo o su propia Dietrich, y Farmer tenía ese aire.
Paramount la presentó como “la estrella que no quiere estar en Hollywood”. Farmer conducía un utilitario, llevaba ropa cómoda y vieja, leía, disfrutaba de la soledad. Se vestía más como una granjera que como una estrella.
Aceptó algunos compromisos. Afinó sus cejas, posó en traje de baño para fotos publicitarias, pero se negó a cambiar su nombre.
El descubrimiento de Howard Hawks
En 1936, Howard Hawks le dio un doble papel en Come and Get It y descubrió la actriz que había detrás de la rubia rebelde. El propio Hawks contó, sorprendido, que una vez le ofreció mentol (el recurso habitual para que los actores lloraran en cámara) y Farmer lo rechazó. Una actriz tiene que llorar en cualquier momento, le dijo, e hizo la escena sin aditamentos. Estaba aplicando el Método de Stanislavski con una naturalidad que Brando y Dean tardarían décadas en popularizar.
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Ese mismo año, Paramount organizó el estreno de otra película en Seattle. Los mismos ciudadanos que la habían condenado desde el púlpito la recibieron con rosas y aplausos. Nadie recordaba el ensayo sobre Dios ni el viaje a Moscú.
Participó en alrededor de 15 películas. Pero la industria tenía media docena de rubias igual de lindas y más dispuestas a obedecer. Cuando Farmer protestó porque en Aventureros en Nevada debía aparecer demasiado arreglada para el papel de Calamity Jane, Paramount la cedió a una productora menor. Cuando se negó a tomar un papel en Take a Letter, Darling, la suspendieron.
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El alcohol, las anfetaminas y el corazón roto
En paralelo a su carrera, la vida privada se desmoronaba.
Se enamoró de un hombre casado que no quiso dejar a su mujer por ella. El alcohol entró entonces como anestesia. Por entonces, las anfetaminas eran de uso común en Hollywood. Los médicos las recetaban a las actrices para controlar el peso. Nadie sabía aún cuán adictivas eran ni que sus efectos secundarios podían incluir trastornos mentales similares a la esquizofrenia. Farmer las tomaba con regularidad. El carácter irascible, las pastillas, el alcohol y la ruptura amorosa formaron una combinación letal.
En octubre de 1942, la detuvieron en una ruta de Santa Mónica por circular de noche ebria y sin licencia. Agredió al policía. La multa fue de USD 500 y una condena a 180 días de cárcel, aunque quedó en libertad condicional. Al volver a su casa, descubrió que su madre había alquilado la vivienda y se había marchado sin avisarle.
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No había pagado la totalidad de la multa cuando, en enero de 1943, la policía la encontró en el hotel Knickerbocker de Los Ángeles, dormida sin ropa y borracha. Ante el juez, admitió que había bebido “todo lo que pude conseguir, incluida Bencedrina”. Fue sentenciada a 180 días de cárcel. Cuando intentaron llevársela a la celda, tuvo que quitarle los zapatos para evitar que las pateara mientras la cargaban. Fue entonces cuando gritó aquello del corazón roto.
Su cuñada, presente en la sala, convenció al juez de que una institución psiquiátrica sería preferible a la cárcel. Esa misma noche ingresó al pabellón de psiquiatría del Hospital General de Los Ángeles con diagnóstico de “psicosis maníaco-depresiva”.
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Cinco años entre instituciones y el mito de la lobotomía
Tras nueve meses en el Kimball Sanitarium de California, su madre viajó a Los Ángeles y un juez le otorgó la tutela legal. Regresaron a Seattle. El 24 de marzo de 1944, Lillian Farmer volvió a internarla en el Western State Hospital. La soltaron tres meses después. En mayo de 1945 regresó al hospital. Salió brevemente en 1946 y volvió a quedar institucionalizada casi cinco años más. Dos psiquiatras la declararon legalmente incapaz. Tardó hasta 1953 en recuperar su propia custodia ante un juez.
Durante ese período, los tratamientos que recibió fueron los estándar de la época. Terapias de electroshock combinadas con grandes dosis de insulina que le provocaban desvanecimientos, baños de hidroterapia e inyecciones. En 1958, cuando apareció en el programa de televisión This Is Your Life, lo describió sin dramatismo. “Me ponía en la fila con 15 o 20 chicas como yo que estaban allí por una razón u otra y recibíamos inyecciones o baños de hidroterapia o un tratamiento de descarga eléctrica. Se suponía que esto relajaría las tensiones y nos mantendría en silencio, y así fue. No creo que me haya ayudado mucho”.
Sobre la lobotomía, la historia más difundida de su leyenda, los registros hospitalarios, las enfermeras que la atendieron y su propia familia la desmintieron. La hermana de Farmer, Edith Elliot, escribió en su libro Look Back in Love que su padre visitó el Western State Hospital en 1947 justo a tiempo para advertir que si intentaban “cualquiera de sus operaciones de cobayo” con ella, habría “una maldita demanda grande”. La lobotomía nunca ocurrió.
La autobiografía falsa y el negocio del mito
Poco después de que Farmer falleciera, se publicó una supuesta autobiografía titulada Will There Really Be a Morning? En ella se describían violaciones por parte de celadores, ratas que la mordían y comida envenenada. El problema era que Farmer no la había terminado. Fue su amiga Jean Ratcliffe quien completó el manuscrito y, según reveló un periódico en 1983, añadió deliberadamente los pasajes más escabrosos para asegurarse un contrato cinematográfico.
Más repercusión tuvo Kenneth Anger, el biógrafo oficial de los escándalos de Hollywood, quien le dedicó un capítulo en su Hollywood Babylonia bajo el título “Santa Frances, hija de la furia”. El libro mezclaba el mito de Farmer lobotomizada con otras fábulas igualmente célebres, como la inexistente botella con la que Fatty Arbuckle supuestamente agredió a Virginia Rappe.
Pero fue William Arnold quien construyó el mito falso. Su libro Shadowland, publicado en 1978, recogió todas las mentiras, exageraciones e incertidumbres anteriores y las presentó como investigación periodística. La historia llegó a la pantalla grande en 1982 con Frances, protagonizada por Jessica Lange, quien recibió una nominación al Oscar por el papel. Durante el juicio por derechos de autor que siguió, Arnold admitió que Shadowland era en realidad una novela. El juez dictaminó que “partes del libro fueron fabricadas por Arnold de la nada, a pesar de que el libro fue publicado como no ficción”. Ni siquiera la fecha de nacimiento de Farmer era correcta.
El regreso que no fue
Cuando recuperó su autonomía en 1953, Farmer se mudó a Eureka, California, donde trabajó como contadora. Conoció al ejecutivo televisivo Leland Mikesell, con quien se casó y luego se divorció, y quien la convenció de intentar un regreso a la pantalla. Apareció en The Ed Sullivan Show y le dijo a un periodista que había “salido de todo esto como una persona más fuerte”. Consiguió un trabajo presentando películas antiguas en un canal local de Indianapolis bajo el nombre Frances Farmer Presents, pero la despidieron por llegar borracha al estudio.
No se rindió. Se instaló como actriz residente en la Universidad de Purdue, donde actuó en varias producciones teatrales. En una carta a su hermana fechada en 1962, escribió que había “disfrutado las últimas semanas de una manera tranquila y asentada” y que nunca se había sentido mejor en su vida. En su autobiografía, recordó el aplauso del público en Purdue como “el más atronador de su carrera” y escribió que supo que nunca necesitaría volver a actuar en un escenario.
La muerte, Nirvana y el mito que sobrevivió a los hechos
El 1 de agosto de 1970, Frances Farmer murió de cáncer de esófago causado por el consumo de alcohol. Tenía 57 años y 15 películas que el público había olvidado.
Su leyenda, en cambio, acababa de comenzar. Kurt Cobain, otro hijo díscolo de Seattle, le dedicó la canción Frances Farmer Will Have Her Revenge on Seattle, incluida en el álbum In Utero de Nirvana. Courtney Love eligió un vestido suyo para casarse. Y el mito de la actriz comunista, rebelde y lobotomizada siguió circulando décadas después de que los tribunales, los registros hospitalarios y los propios responsables de fabricarlo lo desmintieran en sede judicial.
La historia real era la de una mujer frágil con el corazón, las anfetaminas demasiado accesibles y ningún sistema de salud mental capaz de ayudarla.
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