Agregar Infobae enGoogle

Socorrió heridos en la Primera Guerra, se opuso a Hitler desde su púlpito y resistió al nazismo: la vida del “Apóstol de Múnich”

El sacerdote jesuita Rupert Mayer encarnó la figura del héroe cristiano: con una prótesis de madera por pierna después de que una granada le volara la suya cuando se arriesgaba por los demás en el primer conflicto bélico, se comprometió con los desahuciados a quienes brindaba pan, abrigo y consuelo. Fue condecorado con la Cruz de Hierro y salvaguardó con celo el sigilo sacramental frente a las presiones de la Gestapo arrebatando una victoria a la maquinaria de opresión nacionalsocialista al no dejarse doblegar

Rupert Mayer
Rupert Mayer
Guardar

El eco de unos pasos asimétricos resonaba en la Iglesia de San Miguel, en Múnich, durante 1937. Quien caminaba era el jesuita Rupert Mayer, un hombre de sesenta y un años revestido con su hábito oscuro, sostenido sobre una prótesis de madera que sustituía la pierna izquierda que la guerra le había arrebatado dos décadas atrás. Desde aquel histórico púlpito, su voz se alzó con vehemencia contra el totalitarismo de Adolf Hitler. En ese momento, el nacionalsocialismo ya acumulaba cuatro años consolidando un régimen de terror absoluto. El panorama eclesiástico y civil era desolador: el grueso del clero optaba por un mutismo prudencial, la jerarquía episcopal desgastaba sus energías en estériles pactos con el Gobierno y gran parte de la ciudadanía aplaudía con fervor las consignas oficiales. Rompiendo esa inercia de sumisión, Mayer decidió articular un discurso opuesto, asumiendo los riesgos morales y físicos que conllevaba contradecir al Tercer Reich.

La trayectoria de este hombre de fe se originó lejos de la disidencia política. Nacido en el seno de una acomodada familia de comerciantes en Stuttgart, el 23 de enero de 1876, el joven Rupert experimentó una temprana inclinación hacia la vida jesuita desde la adolescencia. No obstante, atendiendo a las peticiones de su progenitor, postergó dicho anhelo para instruirse inicialmente como clérigo diocesano. Tras recibir la ordenación sacerdotal en 1899, a la edad de veintitrés años, aguardó doce meses antes de ingresar formalmente al noviciado de la Compañía de Jesús, paso que consolidó su vocación mística y su formación teológica.

PUBLICIDAD

Para el año 1912, sus superiores lo destinaron a Múnich, la urbe que se transformaría en el epicentro de su labor pastoral y su posterior resistencia civil. Los años que sucedieron a la Primera Guerra Mundial alteraron la fisonomía de la capital bávara, convirtiéndola en un escenario de miseria colectiva. Las calles se poblaron de soldados desmovilizados y mutilados sin sustento, familias sumidas en la inanición y oleadas de campesinos que arribaban a los suburbios sin techo ni esperanzas. Ante tal emergencia humanitaria, Mayer desplegó una intensa actividad benéfica. Organizó colectas masivas de víveres, gestionó empleo para los parados y recorrió los callejones durante las noches para ofrecer consuelo material a los desamparados, apoyándose primero en sus dos piernas, luego arrastrando su cuerpo herido y finalmente marchando con firmeza sobre su tosco implante de madera.

Aquella discapacidad física había sido el doloroso tributo que pagó durante el conflicto bélico europeo. Al estallar las hostilidades, se había alistado voluntariamente como capellán castrense, prestando sus servicios espirituales en los puestos de socorro y en las trincheras de Francia, Polonia y Rumania. Su audacia para rescatar heridos bajo el fuego enemigo quedó truncada el 30 de diciembre de 1916, cuando el estallido de una granada destrozó su pierna izquierda. Este acto de entrega le valió la Cruz de Hierro de Primera Clase, un hito histórico al convertirse en el primer ministro católico en recibir una de las distinciones militares de mayor rango en el Imperio alemán.

PUBLICIDAD

Rupert Mayer
La Cruz de Hierro de Rupert Mayer exhibida en el Bürgersaalkirche, una histórica iglesia barroca ubicada en el centro de Múnich, Alemania

Al reincorporarse a sus tareas en Múnich, su ímpetu pareció acrecentarse. Hacia 1921, sus homilías en San Miguel congregaban a multitudes, al tiempo que instauraba la práctica de oficiar misa en la estación central de ferrocarriles a las tres y diez de la madrugada, facilitando que los obreros ferroviarios cumplieran con sus deberes religiosos antes de incorporarse a los turnos matutinos. Esta inserción social provocó que la población local comenzara a llamarlo con afecto “el Apóstol de Múnich”.

La calma civil se quebró con el ascenso de Adolf Hitler a la Cancillería en enero de 1933. El aparato del Partido Nazi inició de inmediato una campaña orientada a la clausura de escuelas confesionales y a la erradicación de los valores cristianos, pretendiendo suplantarlos con los dogmas del nacionalsocialismo. Mientras que las autoridades eclesiásticas recomendaban discreción para salvaguardar los bienes de las parroquias, Mayer rehusó cualquier tipo de componenda y utilizó la cátedra sagrada como tribuna de denuncia directa. En sus intervenciones evidenció explícitamente las falacias de la ideología oficial, manifestando que las tesis de la supremacía racial contradecían el Evangelio y que era imposible compatibilizar la fe católica con la militancia nacionalsocialista.

Esta frontal oposición no pasó desapercibida para la policía secreta. La Gestapo infiltró agentes encubiertos entre los fieles con el único propósito de registrar sus afirmaciones. En 1937, las autoridades civiles le notificaron un decreto de censura absoluta que le prohibía realizar alocuciones públicas. Si bien el religioso acató los términos técnicos de la ordenanza absteniéndose de participar en asambleas políticas, consideró que dicha prohibición no afectaba a la proclamación de la palabra divina dentro del recinto eclesial, por lo cual retornó a su púlpito para fustigar los abusos totalitarios con una contundencia aún mayor.

La respuesta represiva se materializó el 5 de junio de 1937 con su primer arresto. Conducido ante un tribunal, Mayer mantuvo una postura de absoluta entereza, declarándole al magistrado que continuaría ejerciendo su ministerio homilético con independencia de las restricciones gubernamentales, aun cuando el ordenamiento del Estado tipificara dicha conducta como un acto punible. Aunque inicialmente se le impuso una pena de prisión suspendida, su negativa a moderar el tono de sus discursos motivó una segunda detención en 1938 y un tercer encarcelamiento en 1939. En el transcurso de los interrogatorios, los agentes intentaron coaccionarlo para que vulnerara el secreto de confesión, exigiéndole los nombres de aquellos vinculados a la oposición antinazi. La resistencia del jesuita fue inquebrantable, prefiriendo asumir el castigo antes que traicionar la confianza sacramental de sus penitentes.

Hitler Reichstag Parlamento
Desde su histórico púlpito de la Iglesia de San Miguel, en Múnich, el sacerdote Rupert Mayer se alzaba contra el totalitarismo de Adolf Hitler cuando el nacionalsocialismo ya estaba consolidado. Rompía así la inercia de sumisión de la mayoría de la Iglesia, asumiendo los riesgos morales y físicos que conllevaba contradecir al Tercer Reich

Con sesenta y tres años y arrastrando las secuelas de su amputación, el anciano sacerdote fue confinado en el campo de concentración de Sachsenhausen, bajo un régimen de aislamiento estricto. El deterioro de su estado físico fue tan acelerado que encendió las alarmas de los jerarcas nazis; conscientes de su prestigio popular, temieron que su previsible fallecimiento en el campo lo transformara en un mártir de la causa católica, sirviendo de catalizador para una revuelta interna. Por este cálculo político, en 1940 se decretó su traslado a la Abadía de Ettal, un monasterio alpino donde quedó bajo arresto domiciliario. Durante un lustro, las autoridades le vedaron la posibilidad de predicar sermones, abandonar el recinto monástico o recibir visitas, obligándolo a vivir en un retiro silencioso mientras observaba cómo el delirio militarista del Tercer Reich conducía a Alemania hacia una devastación total.

La reclusión concluyó el 11 de mayo de 1945, cuando las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos liberaron la Abadía de Ettal. Un oficial del Ejército norteamericano se encargó de trasladarlo de regreso a las ruinas de Múnich, devastada por los bombardeos aliados. Pocos días después, el indómito sacerdote ascendió nuevamente las escaleras del dañado púlpito de San Miguel. Ante una asamblea conmovida, pronunció una frase que sintetizó la victoria moral de su resistencia: recordó a los presentes que incluso un siervo de Dios desprovisto de una extremidad podía, por mediación de la providencia divina, sobrevivir a la prepotencia de una tiranía que se había promocionado falsamente como un imperio destinado a perdurar un milenio.

Los meses subsiguientes y finales de su existencia los consagró de manera exclusiva a la pacificación de los espíritus, orientando sus mensajes hacia la reconciliación y el perdón mutuo, desautorizando cualquier intento de represalia contra los antiguos colaboradores del régimen caído. Su desenlace definitivo aconteció el 1 de noviembre de 1945, coincidiendo con la solemnidad del Día de Todos los Santos. Mientras se encontraba en mitad de la proclamación de la homilía, sufrió un fulminante accidente cerebrovascular que interrumpió abruptamente su discurso. El Apóstol de Múnich se desplomó sobre la tarima de madera y falleció escasos minutos más tarde en la sacristía de la iglesia, vistiendo todavía los ornamentos sagrados propios de la celebración eucarística y habiendo permanecido fiel a su tribuna hasta el último aliento.

La relevancia histórica de la peripecia vital de Rupert Mayer radica en su ejemplaridad ética: en un momento de crisis civil generalizada, donde la inmensa mayoría de las instituciones y los individuos priorizaron la autoconservación y el acomodo táctico por encima del testimonio de los valores esenciales, él optó resueltamente por la defensa de la verdad. Pudo haber elegido la comodidad del anonimato o el refugio de una piedad puramente privada, pero tal como le había espetado con firmeza a uno de sus inquisidores de la Gestapo durante las noches de encierro, su identidad íntima le impedía tomar ese camino de cobardía: la condición de presbítero le exigía alzar la voz en favor de la justicia y los derechos de los oprimidos, sin importar las consecuencias personales.

Rupert Mayer
La Prisión de Landsberg en la que fue recluido Rupert Mayer, por su férrea oposición al nazismo, en 1938

Tres décadas después de la caída del régimen, en el año 1987, el papa Juan Pablo II se desplazó a la capital de Baviera para presidir la solemne ceremonia de beatificación de Rupert Mayer, reconociendo oficialmente sus virtudes heroicas ante el mundo. Aunque en la actualidad numerosas arterias viales, centros educativos e instituciones de beneficencia a lo largo del sur de Alemania honran su memoria llevando su nombre, el recuerdo de sus gestas corre el peligro de diluirse en el olvido de las nuevas generaciones. Él encarnó la figura del héroe cristiano condecorado con la Cruz de Hierro que repartió el pan material a los indigentes de las postguerras, que salvaguardó con celo el sigilo sacramental frente a las presiones de las fuerzas policiales de una dictadura y que logró mantenerse en pie frente a la maquinaria de opresión nacionalsocialista. Su legado perdura en la memoria colectiva como el testimonio de aquella tosca pierna de madera que rehusó doblar la rodilla ante la barbarie del Reich.

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD

Últimas Noticias

El creador de la plastinación donó su cuerpo para ser preservado con su propia técnica

Gunther von Hagens, inventor de Body Worlds falleció a los 81 años y pidió que sus restos fueran plastinados, cerrando así una vida dedicada a transformar la enseñanza anatómica y desafiar tabúes sobre la muerte

El creador de la plastinación donó su cuerpo para ser preservado con su propia técnica

Una llamada, cuarenta cápsulas de barbitúricos y el fantasma del clan Kennedy: la última noche de Marilyn Monroe

Un tratamiento cada vez más agresivo se mezcló con ansiedad y dependencia. Hubo una conversación que sonó a despedida. Y un hallazgo que llegó con demora

Una llamada, cuarenta cápsulas de barbitúricos y el fantasma del clan Kennedy: la última noche de Marilyn Monroe

El día que el deporte desafió la lógica del nazismo y la final del salto en largo que conmovió a los Juegos Olímpicos de Berlín

El 4 de agosto de 1936, el atleta alemán Luz Long abrazó a Jesse Owens luego de que le ganase en la final. El día previo, Long lo había aconsejado cuando estaba al borde de la eliminación. De aquel gesto nació una amistad y dejó una de las escenas más memorables de la historia olímpica

El día que el deporte desafió la lógica del nazismo y la final del salto en largo que conmovió a los Juegos Olímpicos de Berlín

Una mujer disfrazada de enfermera y el secuestro de una beba recién nacida: la joven que resolvió su propio secuestro

Sus papás nunca dejaron de buscarla y el misterio terminó resolviéndose más de dos décadas después gracias a una sospecha de Carlina White que descubrió que toda su vida fue construida sobre una mentira. Así logró reencontrarse con su verdadera familia

Una mujer disfrazada de enfermera y el secuestro de una beba recién nacida: la joven que resolvió su propio secuestro

Un brazo tatuado con la palabra “caos” y un secreto policial: la historia del hombre que desmembró a su novia tras denunciar su desaparición

Los restos de Natalie Clubb aparecieron en bolsas de basura dentro de una estación de bombeo de Hull. El detective a cargo guardó en secreto la causa de muerte durante meses; solo quien hubiera estado allí podría describirla

Un brazo tatuado con la palabra “caos” y un secreto policial: la historia del hombre que desmembró a su novia tras denunciar su desaparición