Agregar Infobae enGoogle

El día que el deporte desafió la lógica del nazismo y la final del salto en largo que conmovió a los Juegos Olímpicos de Berlín

El 4 de agosto de 1936, el atleta alemán Luz Long abrazó a Jesse Owens luego de que le ganase en la final. El día previo, Long lo había aconsejado cuando estaba al borde de la eliminación. De aquel gesto nació una amistad y dejó una de las escenas más memorables de la historia olímpica

Luz Long and Jesse Owens 1936 Berlin Olympics
Luz Long y Jesse Owens
Guardar

El atleta Luz Long acababa de perder la medalla de oro, pero no miró el tablero de resultados ni la distancia que lo separaba de Jesse Owens. Caminó hacia él, lo abrazó delante de miles de espectadores y lo acompañó en una vuelta al Estadio Olímpico de Berlín. El alemán que había sido derrotado en la prueba de salto en largo, eligió compartir el momento con el hombre que acababa de vencerlo.

Era el 4 de agosto de 1936 y habían disputado los Juegos Olímpicos organizados por la Alemania nazi para mostrar al mundo la supuesta superioridad de la raza aria. Long era el atleta que el régimen había elegido como ejemplo: alemán, rubio, de ojos azules, campeón nacional y dueño del récord europeo. Owens llegaba desde Estados Unidos, un país donde la segregación racial limitaba la vida cotidiana de millones de afroamericanos y condicionaba incluso la carrera de sus propios atletas. Sus triunfos en Berlín comenzaron a desafiar aquellas ideas racistas.

PUBLICIDAD

Horas antes de ese abrazo, todo indicaba que la historia terminaría de otra manera. Owens, el gran favorito de la prueba, había realizado dos saltos nulos y tenía una última oportunidad para evitar la eliminación. Long dejó de lado la rivalidad y se acercó para darle un consejo técnico: le sugirió tomar impulso desde unos centímetros antes de la tabla de batida. Owens le hizo caso y logró clasificarse para la final. Al día siguiente, ganó la medalla de oro.

Luz Long Jesse Owens 1936 Berlin
La caminata previa a la coronación y el inicio de una amistad

Berlín 1936, los Juegos diseñados para mostrar una imagen de Alemania

Cuando los atletas llegaron a Berlín en agosto de 1936, no encontraron solamente una ciudad preparada para recibir una competencia deportiva. El régimen de Adolf Hitler había convertido los Juegos Olímpicos en una oportunidad para exhibir al mundo una imagen de Alemania organizada, moderna y poderosa. Durante esas dos semanas, el gobierno nazi buscó que los visitantes vieran un país diferente al que existía detrás de la propaganda.

PUBLICIDAD

El Estadio Olímpico fue el centro de esa puesta en escena. Las ceremonias, la arquitectura monumental y la cobertura de la prensa internacional formaban parte de una estrategia pensada para transmitir una idea de grandeza local. Y la cineasta Leni Riefenstahl registró cada una de las competencias que luego cobraron vida en la película Olympia, una obra que luego fue utilizada para difundir la imagen que el régimen quería proyectar.

Pero detrás de ese espectáculo había otro objetivo: demostrar la supuesta superioridad de la raza aria a través del rendimiento de los atletas alemanes. Cada victoria local era presentada como una confirmación de esa teoría, y los deportistas alemanes cargaban sobre sus espaldas con una responsabilidad que iba más allá del resultado deportivo.

Pero el desarrollo de las competencias, comenzó a mostrar una realidad distinta. Atletas de diferentes países lograron imponerse en varias disciplinas, y entre ellos se destacaron especialmente los deportistas afroamericanos. Esos triunfos no solo modificaban el medallero sino que también ponían en tensión el mensaje que Alemania intentaba transmitir al mundo.

En ese escenario llegó Jesse Owens, un atleta estadounidense que ya había demostrado su talento antes de viajar a Berlín. Sus victorias lo convirtieron en una de las figuras centrales de los Juegos y lo llevaron a cruzarse con Luz Long, el deportista alemán elegido para representar esa imagen que el régimen quería defender.

JJOO Berlín 1936
Hitler estuvo en el estadio al inicio de los JJ.OO. de Berlín. La propaganda nazi usó la competencia para promover la supuesta supremacía aria

Dos atletas, dos historias antes de encontrarse

Jesse Owens y Luz Long nacieron en 1913, pero crecieron en realidades muy diferentes. Cuando llegaron a Berlín para competir en los Juegos Olímpicos de 1936, ambos ya eran reconocidos como dos de los mejores saltadores del mundo. Sin embargo, detrás de sus nombres había historias marcadas por caminos opuestos: uno había crecido en una sociedad atravesada por la segregación racial; el otro era presentado por el régimen nazi como el ejemplo del atleta alemán ideal.

James Cleveland “Jesse” Owens nació el 12 de septiembre de 1913 en Oakville, Alabama. Fue el menor de diez hermanos y durante su infancia conoció las dificultades económicas de una familia afroamericana del sur de Estados Unidos. A los nueve años, los Owens se mudaron a Cleveland, Ohio, como parte de la Gran Migración Negra, un movimiento en el que millones de afroamericanos dejaron los estados del sur buscando mejores oportunidades y escapando de un sistema de segregación que limitaba sus vidas.

Su talento para el atletismo surgió en plena adolescencia y durante la escuela secundaria Fairmont. Allí conoció al entrenador Charles Riley, quien descubrió sus condiciones para la velocidad y el salto, y lo ayudó a desarrollar una técnica que sería fundamental en su carrera. Más tarde, en la Universidad Estatal de Ohio, se convirtió en una de las grandes figuras del atletismo estadounidense, aunque sus logros deportivos no evitaron que siguiera enfrentando la discriminación: debía alojarse fuera del campus y, durante los viajes con su equipo, tenía prohibido compartir con sus compañeros blancos los mismos hoteles, restaurantes, baños públicos e incluso los transportes.

Carl Ludwig Long
El salto de Luz Long (Wikipedia)

En 1935 protagonizó una hazaña que quedó entre las más destacadas de la historia del atletismo. Durante una competencia universitaria en Ann Arbor, en apenas 45 minutos, igualó un récord mundial y estableció otros tres, incluido un salto en largo de 8,13 metros que permanecería vigente durante 25 años. Ese rendimiento lo convirtió en el gran favorito para los Juegos de Berlín.

Carl Ludwig “Luz” Long nació el 27 de abril de 1913 en Leipzig, Alemania, dentro de una familia acomodada. Desde joven mostró una gran capacidad para el deporte y llegó a construir una pequeña pista de salto en el jardín de su casa. Con el tiempo se convirtió en campeón nacional de salto en largo, obtuvo el récord europeo y combinó su carrera deportiva con sus estudios de Derecho.

Para Alemania, Long representaba la imagen que el régimen nazi buscaba mostrar al mundo y eso hizo que su figura fuera utilizada por la propaganda como ejemplo de la supuesta superioridad de la raza aria. Pero detrás de esa imagen pública existía un deportista que no compartía esas ideas.

Cuando ambos llegaron a Berlín, la competencia parecía plantear un enfrentamiento entre dos mundos. Owens era el hombre que podía desafiar con sus resultados el discurso racial del nazismo. Long era el atleta alemán que debía defenderlo desde la pista. Ninguno de los dos sabía que aquel duelo terminaría siendo recordado no solo por los saltos, sino por la decisión de uno de ellos de tenderle la mano al otro.

El salto de Jesse Owens
El salto de Jesse Owens

El salto que se convirtió en un símbolo de respeto

El 4 de agosto de 1936, el Estadio Olímpico de Berlín concentraba todas las miradas en la prueba de salto en largo. Jesse llegaba como el gran favorito después de haber ganado la medalla de oro en los 100 metros llanos, mientras que Luz era la principal esperanza alemana.

La clasificación comenzó con una señal del dominio de Long. En su primer intento logró un récord olímpico de 7,84 metros que le aseguró prácticamente el pase a la final. Owens, en cambio, no encontró la seguridad que lo había llevado hasta allí. Sus dos primeros saltos fueron nulos y le quedaba una última oportunidad para alcanzar la marca mínima de clasificación. Un nuevo error significaba quedar eliminado antes de luchar por la medalla.

En ese momento ocurrió una escena que ninguno de los espectadores esperaba. Long se acercó a Owens y habló con él. El alemán le sugirió que no arriesgara tanto en el despegue y que iniciara el salto unos centímetros antes de la tabla de batida. Por sus condiciones, Owens tenía suficiente capacidad para alcanzar la marca necesaria sin buscar el límite en ese intento decisivo.

En el podio: Owens hizo la venia, Long el saludo nazi (AP)
En el podio: Owens hizo la venia, Long el saludo nazi (AP)

La recomendación implicaba un gesto poco habitual en una competencia de ese nivel. Long no solo estaba ayudando a un rival directo por la medalla; estaba ayudando al atleta que podía impedirle alcanzar el objetivo por el que Alemania esperaba verlo triunfar. Owens escuchó el consejo, modificó su carrera y consiguió clasificarse para la final con un salto de 7,64 metros.

Al día siguiente, volvieron a encontrarse para disputar la medalla de oro. Long realizó una gran actuación y alcanzó una marca personal de 7,87 metros, suficiente para asegurar la medalla de plata. Owens, exigido al máximo por su rival, respondió con un salto de 8,06 metros que le dio la victoria y estableció un nuevo récord olímpico.

Al final de la competencia, Luz fue el primero en acercarse al campeón. Lo felicitó delante del público que celebraba, se abrazaron y caminaron juntos alrededor de la pista del Estadio Olímpico. Esa escena —registrada por todas las cámaras como algo inédito en la alta competencia— mostró la excelencia más allá del resultado deportivo: el reconocimiento mutuo en un escenario donde muchos intentaban imponer la división.

Con el paso del tiempo, Owens recordaría aquel encuentro como uno de los momentos más importantes de su vida deportiva. Más allá de las cuatro medallas de oro que consiguió en Berlín, sostuvo que la amistad que nació con Luz Long tenía un valor que ninguna victoria podía igualar.

Jesse Owens
La amistad fue el mejor premio compartido

Después de Berlín: la amistad que sobrevivió a la guerra

Después de los Juegos, los atletas mantuvieron el contacto a través de cartas, mientras sus vidas tomaban caminos muy diferentes. La competencia había terminado, pero el vínculo nacido en Berlín continuó durante los años más difíciles de Europa.

Al regresar a Estados Unidos, Owens descubrió que sus triunfos olímpicos no habían cambiado la realidad que enfrentaban millones de afroamericanos. A pesar de haber ganado cuatro medallas de oro y convertirse en una figura reconocida en todo el mundo, siguió viviendo en una sociedad donde la segregación racial limitaba sus derechos. No fue recibido en la Casa Blanca por el presidente Franklin D. Roosevelt y continuó enfrentando situaciones de discriminación en su propio país.

Long, por su parte, continuó compitiendo después de Berlín y obtuvo la medalla de bronce en el Campeonato Europeo de Atletismo de 1938. Más tarde dejó el deporte y trabajó como abogado, pero el avance de la Segunda Guerra Mundial cambió su destino. Fue incorporado al ejército alemán y enviado al frente durante la invasión aliada de Sicilia en 1943.

Antes de partir a la guerra, le escribió una última carta a su amigo Jesse: le pidió que, si algo le ocurría, visitara a su familia y le contara a su hijo Kai quién había sido su padre y qué había significado aquella amistad nacida en Berlín. Long murió en julio de 1943, a los 30 años, al resultar herido durante los combates en Sicilia.

Después de la guerra, Owens cumplió aquella promesa. Viajó a Alemania, conoció a la familia de Long y mantuvo el vínculo con su hijo. Años más tarde, incluso aceptó ser padrino de boda de Kai Long.

Al recordar aquel 4 de agosto en Berlín, Owens resumió el valor que le dio a esa amistad: “Se podrían fundir todas las medallas y las copas que gané, y no valdrían nada frente a la amistad de veinticuatro quilates que hice con Luz Long en aquel momento”, escribió en la autobiografía oficial publicada en 1970, titulada The Jesse Owens Story (La historia de Jesse Owens).

PUBLICIDAD

PUBLICIDAD

Últimas Noticias

Una mujer disfrazada de enfermera y el secuestro de una beba recién nacida: la joven que resolvió su propio secuestro

Sus papás nunca dejaron de buscarla y el misterio terminó resolviéndose más de dos décadas después gracias a una sospecha de Carlina White que descubrió que toda su vida fue construida sobre una mentira. Así logró reencontrarse con su verdadera familia

Una mujer disfrazada de enfermera y el secuestro de una beba recién nacida: la joven que resolvió su propio secuestro

Un brazo tatuado con la palabra “caos” y un secreto policial: la historia del hombre que desmembró a su novia tras denunciar su desaparición

Los restos de Natalie Clubb aparecieron en bolsas de basura dentro de una estación de bombeo de Hull. El detective a cargo guardó en secreto la causa de muerte durante meses; solo quien hubiera estado allí podría describirla

Un brazo tatuado con la palabra “caos” y un secreto policial: la historia del hombre que desmembró a su novia tras denunciar su desaparición

Un choque, una caída a un pozo con agua y la muerte de 21 estudiantes: así fue la tragedia escolar de Alton

Tras un accidente con un camión, un colectivo lleno de alumnos se sumergió instantáneamente y la ausencia de medidas de seguridad desató una catástrofe

Un choque, una caída a un pozo con agua y la muerte de 21 estudiantes: así fue la tragedia escolar de Alton

Vías en mal estado y un derrumbe mortal: la tragedia de Granville, el accidente que se llevó la vida de 83 personas

Un puente de hormigón y acero calló sobre vagones de una formación que había descarrillado y causó el peor desastre ferroviario de la historia de Australia

Vías en mal estado y un derrumbe mortal: la tragedia de Granville, el accidente que se llevó la vida de 83 personas

Calgaco, el misterioso líder que enfrentó al Imperio romano con un discurso que sobrevivió 2.000 años

National Geographic reconstruye la historia del guerrero cuya arenga antes de la batalla del monte Graupius, transcripta por un senador del propio bando enemigo, se convirtió en una de las críticas más feroces al expansionismo jamás registradas en la Antigüedad

Calgaco, el misterioso líder que enfrentó al Imperio romano con un discurso que sobrevivió 2.000 años