
La noche del 4 de agosto de 1987 debía ser una más para Joy White y Carl Tyson, una joven pareja de Harlem que atravesaba la mezcla de ansiedad y felicidad propia de cualquier padre primerizo. Pero no fue una más.
Su hija, Carlina Rena White, tenía apenas 19 días de vida y había sido internada en el Harlem Hospital Center, en Nueva York, después de presentar fiebre alta y síntomas compatibles con una infección. Los médicos consideraban que el cuadro podía controlarse con tratamiento y observación. Nada hacía pensar que aquella internación, destinada a protegerla, terminaría convirtiéndose en el escenario de una pesadilla.
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En algún momento de la madrugada, una mujer vestida con uniforme de enfermera ingresó con absoluta naturalidad a la sala de pediatría. Nadie se sorprendió al verla. Caminaba con la seguridad de quien conocía el lugar y transmitía la tranquilidad propia del personal médico. Así, se acercó hasta la cuna de Carlina. La tomó en brazos y salió del hospital. Nadie volvió a verla.
Cuando los verdaderos enfermeros advirtieron que la bebé había desaparecido ya era demasiado tarde. La mujer había abandonado el edificio sin despertar sospechas y se había esfumado entre las calles de Harlem. En apenas unos minutos, un hospital que debía salvar vidas se transformó en la escena de uno de los secuestros infantiles más desconcertantes de la historia de los Estados Unidos.
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Búsqueda desesperada
La noticia movilizó inmediatamente a la policía de Nueva York. Los agentes cerraron accesos, revisaron habitaciones, interrogaron a médicos, enfermeros, pacientes y visitantes. Cada persona que había estado en el hospital durante aquellas horas pasó a ser potencial testigo. Sin embargo, la investigación tropezó desde el principio con un problema enorme.
En 1987 los hospitales no contaban con los sistemas de videovigilancia actuales. No había cámaras capaces de reconstruir los movimientos del secuestrador ni controles electrónicos de ingreso y egreso. Todo dependía de la memoria de quienes habían estado allí. Varios testigos recordaban haber visto a una mujer con uniforme de enfermera. Algunos incluso conversaron brevemente con ella. Pero nadie sospechó que se trataba de una impostora.
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Los detectives elaboraron un retrato aproximado y comenzaron a difundirlo por todo el país. No sirvió. La mujer parecía haber desaparecido junto con la pequeña. Para los padres, Joy White y Carl Tyson, comenzó una espera insoportable. Durante semanas participaron de conferencias de prensa, repartieron fotografías, ofrecieron entrevistas y colaboraron con todas las líneas de investigación. Cada llamada telefónica alimentaba una esperanza. Pero cada pista terminaba en una nueva frustración.
Con el paso de los meses el caso empezó a perder presencia en los medios, pero los padres jamás abandonaron la búsqueda. Cada cumpleaños de Carlina era una herida abierta. Se preguntaban cómo sería, dónde estaría, si seguiría con vida y si alguna vez llegaría a saber quiénes eran realmente sus padres. La habitación que habían preparado para ella permanecía como un recordatorio permanente de una ausencia imposible de aceptar. La investigación, entretanto, se enfriaba.
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El FBI y la policía de Nueva York revisaron numerosas denuncias, siguieron pistas procedentes de distintos estados y verificaron decenas de posibles avistamientos. Ninguno condujo hasta la niña. Con el tiempo, Carlina White pasó a integrar la extensa lista de menores desaparecidos cuyo destino parecía imposible de reconstruir.

Una nueva identidad
Mientras sus verdaderos padres convivían con la incertidumbre, la bebé crecía a cientos de kilómetros de distancia sin sospechar que toda su vida había comenzado con un secuestro. La mujer que la había sacado del hospital era Ann Pettway, residente en Connecticut. Desde el primer momento la presentó como su hija biológica. La llamó Nejdra Nance y construyó alrededor de ella una historia destinada a impedir cualquier sospecha.
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Durante años evitó llevarla a determinados controles médicos y eludió los trámites oficiales que exigían la presentación de un certificado de nacimiento. Cuando alguien preguntaba por esos documentos, respondía con explicaciones vagas o cambiaba rápidamente de tema. Para la niña, aquellas respuestas eran suficientes. No tenía motivos para desconfiar de la única mujer que conocía como madre.
Sin embargo, a medida que fue creciendo comenzaron a aparecer pequeñas grietas en ese relato. Había preguntas que nunca obtenían una respuesta convincente. ¿Por qué no existían fotografías del embarazo? ¿Por qué nadie recordaba el parto? ¿Por qué era tan difícil conseguir un documento oficial?
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Ann Pettway reaccionaba con enojo cada vez que surgían esos interrogantes. Y eso no hacía más que aumentar las dudas. Al llegar a la adultez, Nejdra empezó a sentir que algo no encajaba. No era solo la ausencia de documentos. También llamaban su atención las diferencias físicas con el resto de la familia y las constantes contradicciones en las historias que escuchaba desde niña. Las respuestas cambiaban según quién las contara. Cada conversación dejaba nuevas incógnitas.
En un primer momento intentó convencerse de que estaba exagerando. Pero las sospechas siguieron creciendo. Hasta que decidió hacer algo que cambiaría su vida para siempre. Empezó a investigar por su cuenta. Lo hizo en silencio, sin decirle nada a la mujer que la había criado. No imaginaba que esa búsqueda terminaría resolviendo uno de los secuestros infantiles más antiguos y desconcertantes de Estados Unidos. Porque detrás del nombre Nejdra Nance se ocultaba una identidad que llevaba 23 años esperando salir a la luz.
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Las preguntas que Nejdra Nance se hacía desde hacía años ya no podían seguir esperando una respuesta. Había aprendido a convivir con las evasivas de Ann Pettway, la mujer que la había criado desde que tenía apenas unos días de vida, pero cada nueva contradicción reforzaba la sensación de que algo muy importante le estaban ocultando. No tenía un certificado de nacimiento confiable. No existían fotografías del embarazo de quien decía ser su madre. Los relatos sobre su llegada al mundo cambiaban constantemente. Y, sobre todo, nunca lograba obtener un documento oficial que confirmara de manera irrefutable quién era.
Entonces comenzó a buscar información en internet, revisó registros públicos y consultó bases de datos de personas desaparecidas. Era un trabajo lento y muchas veces frustrante, pero estaba convencida de que la verdad tenía que encontrarse en algún lugar. Y apareció una foto, la imagen de una bebé desaparecida en Nueva York en agosto de 1987. Su nombre era Carlina White. La fecha de nacimiento coincidía con la que siempre le habían dicho que tenía. También el color de piel, los rasgos generales y varios detalles físicos que le resultaron inquietantemente familiares. Por primera vez, la sospecha dejó de ser una simple intuición.
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La llamada que cambió una vida
En 2010, Nejdra decidió comunicarse con el National Center for Missing & Exploited Children, la organización que desde hacía años colaboraba con las autoridades estadounidenses en la búsqueda de menores desaparecidos. Explicó sus dudas y pidió ayuda para verificar si podía tratarse de la niña cuya fotografía había encontrado. Los especialistas tomaron el caso con extrema cautela. Habían pasado más de dos décadas desde el secuestro y era imprescindible descartar cualquier error antes de contactar a la familia White.
La única forma de hacerlo era mediante un análisis de ADN. Se obtuvieron muestras genéticas de Joy White, Carl Tyson y de la joven que durante toda su vida había sido conocida como Nejdra Nance. La espera resultó interminable. Cuando finalmente llegaron los resultados, no dejaron margen para ninguna duda. La compatibilidad genética confirmó que aquella mujer de 23 años era, efectivamente, Carlina Rena White, la bebé secuestrada del Hospital de Harlem el 4 de agosto de 1987.
El misterio que había desconcertado a investigadores durante más de dos décadas acababa de resolverse. Pocas historias tienen un final tan emotivo y, al mismo tiempo, tan complejo. Joy White y Carl Tyson jamás habían dejado de pensar en su hija. Durante 23 años conservaron fotografías, recuerdos y la esperanza de volver a verla algún día, aunque con el paso del tiempo esa posibilidad pareciera desvanecerse.
Cuando recibieron la confirmación del ADN, apenas podían creerlo. La niña que les habían arrebatado siendo un bebé estaba viva. Era una mujer adulta. Y había sido ella misma quien había encontrado el camino de regreso. El primer encuentro estuvo cargado de emociones imposibles de describir con una sola palabra. Hubo abrazos, lágrimas, silencios y preguntas acumuladas durante más de dos décadas.
Joy White contó después que sintió que recuperaba una parte de su vida que creía perdida para siempre. Carlina, por su parte, debía enfrentar una realidad profundamente dolorosa. Había descubierto que toda su identidad estaba construida sobre una mentira. Los padres a quienes acababa de conocer eran, en realidad, quienes la habían buscado sin descanso durante toda su vida. Y la mujer que la había criado era quien se la había arrebatado.

La caída de Ann Pettway
Con la verdadera identidad de Carlina establecida, la investigación se concentró en reconstruir el secuestro ocurrido en 1987. Las pruebas reunidas por el FBI y por la fiscalía federal apuntaban con claridad hacia Ann Pettway. Los investigadores establecieron que la mujer había fingido estar embarazada poco antes del secuestro. Cuando esa mentira ya era difícil de sostener, decidió robar un bebé para presentarlo como propio.
Durante años logró mantener el engaño gracias a la escasa tecnología disponible en aquella época y evitando cualquier trámite que pudiera revelar la ausencia de documentación auténtica. En enero de 2011, acorralada por las pruebas, Pettway se entregó a las autoridades. Poco después confesó haber secuestrado a Carlina del Hospital de Harlem.
En 2012 se declaró culpable del secuestro y fue condenada por un tribunal federal a 12 años de prisión. Los jueces tuvieron en cuenta tanto la gravedad del delito como el hecho de que habían transcurrido más de veinte años desde los hechos y su reconocimiento de responsabilidad. Pettway recuperó la libertad en 2021 tras cumplir la mayor parte de la condena impuesta por la Justicia.
El caso tuvo un final que muy pocas familias de niños desaparecidos llegan a experimentar. Carlina volvió a conocer a sus verdaderos padres. Pudo recuperar su nombre. Reconstruyó su historia y estableció una relación con hermanos y otros familiares biológicos a quienes jamás había visto. Pero el tiempo perdido era irrecuperable. Los cumpleaños, las primeras palabras, los primeros pasos, la infancia y la adolescencia ya pertenecían al pasado. Nada podía devolverles esos 23 años.
Un caso que cambió la forma de buscar niños desaparecidos
La historia de Carlina White volvió a poner de relieve la importancia de las bases de datos nacionales, los registros genéticos y la cooperación entre organismos dedicados a la búsqueda de menores desaparecidos.
También impulsó nuevas medidas de seguridad en maternidades y hospitales estadounidenses, donde desde entonces se reforzaron los controles de acceso, los sistemas de identificación electrónica para recién nacidos y los protocolos destinados a impedir que una persona ajena al personal sanitario pudiera retirar a un bebé sin autorización.
Joy White y Carl Tyson nunca dejaron de buscar a su hija, y Carlina siempre quiso saber quién era. Esas dos búsquedas, iniciadas en extremos opuestos de una misma tragedia, terminaron encontrándose un cuarto de siglo después. Y demostraron que, incluso cuando el tiempo parece haber borrado todas las huellas, la verdad todavía puede abrirse paso y devolverle un nombre, una historia y una familia a quien nunca debió perderlos.
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