
“Fue solo un experimento. Es tan fácil para nosotros justificarlo como un entomólogo al empalar un escarabajo en un alfiler”, le diría después y sin que se le moviera un músculo de la cara Nathan Freudenthal Leopold a un periodista del Chicago Tribune. El “escarabajo” al que se refería no era un insecto sino un chico de 14 años llamado Robert “Bobby” Franks, al que Leopold y su amigo Richard Albert Loeb habían elegido al azar como víctima para concretar el sueño que venían acunando desde hacía tiempo: cometer “el crimen perfecto” y no pagar por él. Eran jóvenes de familias ricas y se creían superiores al común de los mortales, tan superiores que pensaron que tenían derecho a matar impunemente. Convencidos de que así era, la tarde del 21 de mayo de 1924 secuestraron a Bobby y después mandaron una carta pidiendo rescate. Para entonces el chico ya estaba muerto y la carta era solo para engañar a la policía.
El caso Leopold y Loeb, como se conoció, dejó una profunda huella en la sociedad y el sistema judicial estadounidenses. Fue calificado por la prensa como el “crimen del siglo” y suscitó debates sobre la delincuencia, el castigo y la rehabilitación. Si la corta edad de la víctima conmovió a la opinión pública, mucho más interés despertó la personalidad de los asesinos, apenas mayores que ella. Cuando cometieron el crimen, Leopold tenía 19 años y Loeb, 18. Los dos provenían de familias judías con mucho dinero que vivían en Kenwood, un barrio del sur de Chicago, reducto de empresarios y profesionales exitosos. El padre de Nathan Leopold, también llamado Nathan, era un industrial jubilado que se había hecho multimillonario con su fábrica de cajas de papel; el de Loeb, Albert, era un prestigioso abogado que había sido también vicepresidente de la gran cadena de tiendas Sears.
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Los dos padres estaban orgullosos de sus hijos, para los que imaginaban grandes futuros. Es que los dos eran intelectualmente brillantes, tanto que Leopold había sido aceptado cuando tenía apenas 15 años en la Universidad de Michigan, donde conoció a Loeb, que había ingresado siendo tan chico como él. De allí, los dos fueron a la Universidad de Chicago, donde Loeb estudiaba Derecho mientras Leopold profundizaba en sus dos pasiones: la Lingüística —hablaba varios idiomas— y la Ornitología.
Los dos eran muy buenos estudiantes, pero cuando se juntaban parecían desatarse: más de una vez sus familiares debieron retirarlos de la comisaría por haber cometido robos menores e incluso iniciar un incendio que no había pasado a mayores. La riqueza y los contactos de sus poderosos padres los habían salvado de ir a parar a un correccional de menores. Quizás fue esa impunidad la que los llevó a pensar que estaban para cosas mayores, como cometer un asesinato perfecto.
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Una maquinación siniestra
Los jóvenes Leopold y Loeb empezaron a planear el asunto a mediados de 1923 y demoraron casi un año en llevarlo a cabo. Querían aceitar hasta el más mínimo detalle. La idea era secuestrar a un niño rico y pedir rescate a la familia, pero ese pedido sería una maniobra de distracción para demorar la búsqueda del cadáver, porque el plan era matar a la víctima inmediatamente y esconder el cuerpo donde nadie pudiera encontrarlo, por lo menos por un tiempo.
Para mediados de mayo de 1924 ya estaban listos para entrar en acción. Alquilaron un auto y se dirigieron a las cercanías del campus de la Escuela de Harvard para Niños, la misma a la que los dos habían asistido en la infancia. Era un establecimiento para hijos de familias ricas, por lo que allí sería más fácil encontrar la víctima adecuada. Cuando se cruzaron con “Bobby” Franks, que volvía caminando desde la escuela hacia su casa, no dudaron, porque sabían que su familia tenía dinero y, además, Loeb lo conocía, lo que les facilitaría las cosas.
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Detuvieron el auto y se ofrecieron a llevarlo, pero en un primer momento Bobby se negó, porque solo le quedaban por caminar dos cuadras. Entonces Loeb insistió, esta vez con otro engaño: le dijo que subiera porque quería mostrarle una raqueta de tenis que había comprado. Interesado, el chico subió y se sentó en el asiento del acompañante, mientras que Leopold conducía y Loeb estaba en el asiento trasero, donde tenía la raqueta de tenis. Se agachó supuestamente para tomarla, pero en lugar de hacerlo empuñó un cincel con el que le golpeó la cabeza para desmayarlo. Entonces lo pasaron al asiento trasero del auto, donde uno de los dos —nunca se supo quién— lo asfixió con un trapo.
Fue una improvisación sobre la marcha porque en el plan original, para que la responsabilidad fuera compartida por completo, debían ahorcarlo con una soga, tirando cada uno de ellos de un extremo, pero cambiaron de idea porque se dieron cuenta de que debían mantener el auto en movimiento. Mientras uno conducía, el otro lo mató. Después, con el cuerpo de Bobby en el piso del auto, fueron hasta un lago en Hammond, Indiana, unos 40 kilómetros al sur de Chicago. Allí esperaron que se hiciera de noche para desnudar el cadáver y dejarlo en una obra de drenaje cerca de las vías del tren. Para que el chico no pudiera ser reconocido rápidamente, se deshicieron de las ropas y le tiraron ácido clorhídrico en la cara y, ya que estaban, también en los genitales, algo que se les ocurrió en el momento.
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Volvieron a Chicago bien entrada la noche, cuando en Kenwood todo el mundo estaba buscando a Bobby Franks, a quien sus compañeros habían visto salir de la escuela, pero no había llegado a su casa. Poco después Leopold llamó por teléfono a la madre de Franks, se identificó como “George Johnson”, le dijo que había secuestrado a su hijo y que pronto recibiría una nota con indicaciones para pagar el rescate. Así pusieron en marcha la segunda parte del plan.

El sindicato del secuestro
Los dos asesinos tenían escrita la carta desde días antes del secuestro. Como no sabían quién sería la víctima, simplemente la habían encabezado con un “Dear Sir” (Querido señor) sin poner ningún nombre. Ni se preocuparon en hacer una nueva versión con el nombre del padre de Bobby y la enviaron el día siguiente. Decía: “Como ya seguramente ya sabe, su hijo ha sido secuestrado. Permítanos asegurarle que se encuentra bien y a salvo. No debe temer ningún daño físico por él, siempre que cumpla estrictamente las siguientes instrucciones y las que reciba en futuras comunicaciones. Sin embargo, si desobedece, aunque sea mínimamente, cualquiera de nuestras instrucciones, su pena será la muerte. Por razones obvias, no intente en absoluto comunicarse con las autoridades policiales ni con ninguna agencia privada. Si ya se ha comunicado con la policía, permítales continuar con sus investigaciones, pero no mencione esta carta. Asegurar antes del mediodía de hoy diez mil dólares ($10,000.00). Este dinero debe estar compuesto íntegramente por billetes antiguos de las siguientes denominaciones: $2,000.00 en billetes de veinte dólares, $8,000.00 en billetes de cincuenta dólares. El dinero debe ser antiguo. Cualquier intento de incluir billetes nuevos o marcados hará que todo el proyecto sea inútil. Como advertencia final, esta es una propuesta estrictamente comercial y estamos dispuestos a hacer efectiva nuestra amenaza si tenemos motivos razonables para creer que ha infringido las instrucciones anteriores. Sin embargo, si sigue nuestras instrucciones al pie de la letra, le aseguramos que su hijo le será devuelto sano y salvo en un plazo de seis horas tras recibir el dinero. Atentamente, GEORGE JOHNSON”.
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De acuerdo con el plan, tenían preparadas otras cartas que no llegaron a enviar. Más tarde se supo que todas habían sido copiadas de El sindicato del secuestro, una novela policial de Christopher Booth, publicada en la edición del 3 de mayo de 1924 de la revista Detective Story Magazine. Loeb y Leopold negaron siempre haberla copiado y durante el juicio sostuvieron que el texto lo habían pensado ellos. Aceptaban ser juzgados por el asesinato, pero no acusados de falta de originalidad.

Un cuerpo y unos anteojos
El engaño que habían planificado para encubrir, aunque fuera solo por un tiempo, el asesinato con un supuesto secuestro extorsivo quedó desbaratada al día siguiente, cuando un hombre avisó a la policía que había encontrado el cuerpo de un chico con la cara desfigurada pero que podía ser Bobby Franks. Cuando lo supieron, Leopold y Loeb destruyeron la máquina de escribir con que habían escrito la carta para evitar ser descubiertos. Sin embargo, en la realización de su “crimen perfecto” habían dejado otros rastros que no demorarían en identificarlos como los autores de la muerte de Bobby.
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La policía de Chicago inició una exhaustiva investigación y ofreció una recompensa para quien pudiera dar información útil. Por esos días, Loeb siguió con sus rutinas habituales, pero Leopold no pudo evitar la tentación de hablar con la policía y la prensa. Incluso le dijo a un detective que conocía al chico y que, si él “fuera a asesinar a alguien, escogería a alguien como el niñito arrogante que era Bobby Franks”. Los dos asesinos se sentían muy seguros de que no serían descubiertos.
Esa seguridad comenzó a menguar cuando un agente de policía encontró un par de anteojos cerca del lugar donde había aparecido el cuerpo de Bobby. Aunque eran de una clase muy común, tenían un tipo de mecanismo de apertura y de cierre único, que solo tres personas habían encargado en Chicago y una de ellas era Nathan Leopold. Cuando lo interrogaron, dijo que probablemente los había perdido cuando estudiaba los pájaros del lago. La excusa no le sirvió porque poco después también encontraron la máquina de escribir destruida y la identificaron como de su propiedad.
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El círculo se cerró cuando varios testigos dijeron que la tarde del 21 de mayo lo habían visto con Loeb viajando juntos en un auto. Loeb fue el primero en confesar. Dijo que todo había sido planeado por Leopold y que él simplemente se había limitado a conducir el automóvil. Leopold también admitió el crimen, pero aseguró que él sólo había manejado el auto y que el asesino era su amigo Loeb. Fue un sálvese quien pueda.

“El juicio del siglo”
El proceso judicial contra Nathan Leopold y Richard Loeb tuvo lugar en la Corte de Distrito de Chicago y enseguida se convirtió en un espectáculo. La prensa lo llamó “el juicio del siglo”, una categoría que ya había utilizado en otros dos procesos, como los del multimillonario asesino Harry Kendall Thaw y de Sacco y Vanzetti.
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Para que se hiciera cargo de la defensa de los dos asesinos, la familia de Loeb contrató al abogado Clarence Darrow, un firme opositor a la pena de muerte, un castigo que todos preveían para los asesinos. En ese momento corrieron versiones de que le pagaron un millón de dólares para que se hiciera cargo de la defensa. La estrategia de Darrow no fue buscar que el tribunal declarara inocentes a sus clientes, algo que consideraba imposible, sino que Leopold y Loeb admitieran su culpabilidad para salvarse de la pena capital.
En su alegato final, un discurso que se prolongó por más de doce horas, sostuvo que el crimen había sido “un acto sin sentido de niños inmaduros y enfermos” y justificó ese supuesto desequilibrio mental en las lecturas que habían hecho en las aulas de la universidad: “Este terrible crimen era inherente a sus personalidades y ciertamente vino de algún antepasado. ¿Acaso hay alguna culpa en que alguien tome las filosofías de Nietzsche tan seriamente que quiera que su vida se refleje en dichos pensamientos? Creo realmente injusto colgar a un chico de 19 años por la filosofía que se le enseñó en la Universidad”, dijo antes de pedir clemencia al tribunal.
Por la acusación, el fiscal Robert E. Crow presentó a los dos jóvenes como insensibles y privilegiados buscadores de emociones fuertes y le pidió al juez que los condenara a muerte. “¡Tienen ante ustedes uno de los asesinatos más despiadados, crueles, y cobardes que se hayan juzgado en la historia de cualquier tribunal!”, alegó en una ponencia vibrante.
El juicio se prolongó 33 días y el 10 de septiembre de 1924 el juez John Caverly condenó a Leopold y Loeb a cadena perpetua por asesinato y a 99 años de prisión por secuestro. Convencido por la petición de clemencia de Darrow, dio razones para ese veredicto: “Al optar por la prisión en lugar de la pena de muerte, el tribunal se basa principalmente en la consideración de la edad de los acusados, jóvenes de dieciocho y diecinueve años. No le corresponde al tribunal afirmar que no aplicará la pena capital como alternativa, pero considera que le corresponde rechazar la pena de muerte a personas menores de edad”, explicó.

Dos finales diferentes
Los dos asesinos fueron enviados a cumplir sus penas en la Penitenciaría del Norte de Illinois. En mayo de 1925, Leopold fue trasladado al nuevo centro penitenciario de Stateville, y Loeb se unió a él en 1932. A principios de 1933, los dos reclusos crearon una escuela por correspondencia para los presos, lo que les permitió cierta responsabilidad y autonomía para moverse por la prisión.
Sin embargo, los días de Richard Loeb estaban contados. En enero de 1936, mientras se duchaba, recibió 56 puñaladas de su antiguo compañero de celda, James A. Day. El asesino dijo que había actuado en defensa propia después de que Loeb le hiciera insinuaciones homosexuales. No le creyeron, porque la autopsia dejó en claro que lo había apuñalado por la espalda. Loeb agonizó durante horas en la enfermería de la prisión y Leopold no se despegó ni un momento de su lado mientras los médicos intentaban inútilmente salvarle la vida.
Tras la muerte de su cómplice y amigo Leopold se dedicó a estudiar, tomó cursos de idiomas por correspondencia y cursó la carrera de técnico en Rayos X. En septiembre de 1949, un juez le redujo la sentencia de 99 a 85 años y fue puesto en libertad condicional el 13 de marzo de 1958, después de cumplir 33 años. Una vez libre, trabajó como técnico hospitalario en Santurce, Puerto Rico, donde se casó con una viuda en 1961. Dedicó sus últimos años a escribir y publicó una autobiografía, Life Plus 99 Years, y un libro sobre Ornitología, Checklist of Birds of Puerto Rico and the Virgin Islands. Enfermo de diabetes, murió de un paro cardíaco en 1971, convencido de haber pagado su culpa.
El crimen perpetrado por Leopold y Loeb dio lugar a varias novelas y obras de teatro. En 1948, Alfred Hitchcock se inspiró en el caso para filmar La soga, una de sus películas más famosas. Una década después se estrenó Impulso Criminal, dirigida por Richard Fleischer y protagonizada por Orson Welles en el papel del abogado defensor. Basada en un libro del novelista estadounidense Meyer Levin, sigue siendo considerada la versión cinematográfica más fiel a los hechos.
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