
El traje claro estaba impecable. El Rolex de oro brillaba en la muñeca. El hombre que lo llevaba puesto hablaba con la cadencia pausada de quien tiene todo el tiempo del mundo, y cuando Thomas Harris se levantó para despedirse, le dijo que con gusto lo visitaría en Texas la próxima vez que viajara.
Harris salió del consultorio de la prisión de Topo Chico convencido de haber conversado con el médico de planta. En el pasillo, antes de abandonar el penal, le preguntó al alcaide quién era ese hombre.
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El funcionario lo miró.
—¿No sabe quién es ese?
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—El médico es un asesino —dijo—. Como cirujano, pudo empaquetar a su víctima en una caja sorprendentemente pequeña. Nunca saldrá de este lugar. Está loco.
Era 1963. Harris tenía 23 años. El hombre del traje claro tenía 28 y llevaba cuatro años preso por desmembrar a su amante y enterrarlo en una caja en el patio de su consultorio. Dieciséis años después, cuando Harris se sentó a escribir su primera novela, ese hombre seguía esperándolo al fondo de un pasillo de su memoria. No era el doctor Salazar, como Harris lo llamó durante décadas para proteger su identidad. Era Alfredo Ballí Treviño. Y de él nació Hannibal Lecter.
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Dos crímenes, una ciudad paralizada
Monterrey vivía una psicosis colectiva en el otoño de 1959. La ciudad del norte de México, ordenada y conservadora, no estaba acostumbrada a los crímenes que de pronto llenaban las páginas de los diarios locales. Primero apareció el cuerpo desmembrado de un joven en un consultorio del barrio Talleres. Días después, tres hermanos de la familia Pérez Villagómez fueron masacrados en una ruta cercana cuando volvían de compras desde Texas.
“La gente decía que el diablo andaba suelto en Monterrey”, explicó a BBC Mundo el periodista y escritor Diego Enrique Osorno, quien investigó a fondo ambos casos. “Ese hallazgo genera una enorme preocupación. Y el hecho de que unos días después se sabe que el autor material era un médico brillante, joven, impacta a la ciudad, que queda conmocionada.”
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El autor del primer crimen era Alfredo Ballí Treviño. El del segundo, según la acusación, era un texano de paso llamado Dykes Askew Simmons. Ambos terminarían en Topo Chico. Ambos terminarían en las páginas de Thomas Harris.
El crimen del barrio Talleres: cloroformo, bisturí y una caja
Ballí Treviño tenía 28 años, había nacido en una familia prominente de Méndez, Tamaulipas, y su padre lo había empujado desde niño a destacar en los estudios. Era médico interno, tenía consultorio propio en el barrio Talleres y era conocido en el vecindario por atender a quienes no podían pagar.
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La noche del 8 de octubre de 1959, tuvo un altercado con Jesús Castillo Rangel, un joven de 20 años con quien mantenía una relación sentimental. Las versiones sobre el motivo nunca convergieron. Una señala que Castillo Rangel comunicó que quería terminar la relación. Otra indica que se negó a pagar una deuda y llegó al consultorio armado. Lo que los registros policiales documentan es el resultado. Ballí Treviño empapó una tela en cloroformo y la sostuvo sobre el rostro de Castillo Rangel hasta dejarlo inconsciente.
Ballí Treviño arrastró el cuerpo hasta el baño. Con un bisturí, le cortó el cuello y esperó a que la sangre se drenara por completo. Luego, con la precisión de quien conoce la anatomía humana desde adentro, desmembró el cuerpo y distribuyó los restos en una caja. Subió a su camioneta, condujo hasta la granja de un familiar y pidió ayuda para enterrarla, alegando que contenía desechos médicos.
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Al día siguiente, un trabajador de la granja notó algo extraño. Llamó a la policía. Los familiares, interrogados, confesaron que Ballí Treviño les había pedido que escondieran la caja. Dos agentes se hicieron pasar por pacientes y fueron a arrestar al médico a su propio consultorio.
Ballí Treviño intentó sobornar a los oficiales: según los reportes, les ofreció un auto nuevo a cada uno. No funcionó. Fue condenado a muerte por el asesinato de Castillo Rangel, en una de las últimas sentencias capitales dictadas en México antes de la abolición de la pena de muerte.
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El texano que no debía estar ahí
Unos días después del crimen de Ballí Treviño, y a unos kilómetros de Monterrey, ocurrió el segundo caso que sacudió a la ciudad. Tres jóvenes de la familia Pérez Villagómez fueron asesinados en una ruta de Nuevo León cuando regresaban de un viaje de compras a Texas. El atacante era, según la acusación, un hombre solo.

Dykes Askew Simmons era un delincuente menor de Texas, operador de grúas de oficio, que había cruzado la frontera en octubre de 1959 con la intención de pasar unos días de vacaciones en México. No tenía planes elaborados. Lo que sí tenía era un historial de problemas con la ley al norte del río Bravo, aunque ninguno de la magnitud de lo que se le imputaría en Nuevo León.
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Una de las víctimas no murió de inmediato. Antes de fallecer, señaló a Simmons como el agresor. La identificación de una moribunda, sin más pruebas sólidas documentadas, fue la base del proceso. Simmons negó los cargos desde el primer momento y sostuvo que era un chivo expiatorio. No le sirvió de nada.
En marzo de 1961, Dykes Askew Simmons fue condenado a muerte por el asesinato de los tres hermanos Pérez Villagómez. Se convirtió, según registró la revista Time, en el primer ciudadano estadounidense condenado a muerte en México. La sentencia fue luego conmutada a 30 años de prisión. Lo trasladaron a la penitenciaría estatal de Topo Chico, en Nuevo León, donde lo internaron en el pabellón psiquiátrico.
Simmons cargaba con una fisonomía que no pasaba desapercibida: labio leporino reparado con una cirugía deficiente que le dejó una cicatriz visible, y otras marcas en el rostro. Harris lo describió, en el prefacio de la edición del 25 aniversario de El silencio de los inocentes, como un hombre con “ojos perturbadores” y una “mala cirugía de labio leporino”. Era, en apariencia, el tipo de hombre al que la culpa se le adhiere con facilidad.

El plan de fuga, el guardia traicionero y el médico que lo salvó
Simmons no aceptó su condena como un destino inamovible. En algún momento de su estadía en Topo Chico, ideó un plan de escape. Sobornó a un guardia: le ofreció dinero a cambio de que le dejara la celda abierta y le consiguiera una pistola.
El guardia aceptó el dinero.
Cuando Simmons intentó huir, el guardia le disparó. Simmons cayó con dos balazos en la pierna y quedó tendido en el patio del penal, desangrándose. Fue entonces cuando intervino el otro preso notable de Topo Chico. Alfredo Ballí Treviño, con los instrumentos que tenía en su consultorio improvisado dentro de la cárcel, trató las heridas de Simmons y le salvó la vida.
Ese acto fue el hilo que llevó a Thomas Harris hasta la celda del médico.
La cárcel de Topo Chico: el asesino que salvaba vidas
La penitenciaría estatal de Topo Chico era, en los años 60, una institución temida. Para alguien con el perfil de Ballí Treviño, condenado por un crimen con connotaciones homosexuales, la estadía prometía ser brutal. No lo fue.
Ballí Treviño encontró en la cárcel un territorio que sabía habitar. Poco después de ingresar, comenzó a atender a los presos que resultaban heridos en las peleas internas. La dirección del penal terminó por asignarle un consultorio dentro del recinto. Con el tiempo, le permitieron también recibir pacientes externos. Los días de visita, vecinos de los barrios pobres aledaños a Topo Chico hacían fila para que el médico preso los atendiera sin cobrarles.
La imagen que proyectaba era llamativa por su contraste con el entorno. Llevaba traje claro, lentes oscuros y Rolex de oro. Dentro de una cárcel siniestra como Topo Chico, Ballí Treviño parecía un hombre que había elegido estar allí.
Fue en ese consultorio donde, en 1963, lo encontró Thomas Harris.

La conversación que cambió la literatura
Harris había viajado desde Waco, Texas, donde colaboraba con un diario local y con la revista Argosy. La publicación le encargó entrevistar a Simmons. El texano mantenía su inocencia, aseguraba ser un chivo expiatorio y quería volver a Estados Unidos. Durante la entrevista, Simmons le contó a Harris que había intentado escapar del penal, que los guardias le dispararon, y que un médico de la cárcel le salvó la vida. Harris pidió conocer a ese médico.
Lo que encontró fue un hombre pequeño, de cabello castaño rojizo, que se mantenía erguido con una compostura que Harris describió, años después, como una “cierta elegancia”. Hablaron sobre Simmons, sobre su aspecto físico, sobre la psicología del hombre que carga una deformidad desde la infancia.
Hablaron sobre las cicatrices, sobre si el aspecto de Simmons podría haberlo convertido en víctima de acoso desde niño y si eso tenía alguna relación con su presunto crimen. En un momento, Harris sugirió que las víctimas de Simmons eran personas atractivas. Ballí Treviño lo cortó:
—¿No está diciendo que ellas lo provocaron?
—Ciertamente no —respondió Harris.
—Pero el tormento temprano hace que el tormento sea fácilmente... imaginable —dijo el doctor.
Luego, cuando Harris intentó llevar la conversación al terreno periodístico, Ballí Treviño lo interrumpió con una pregunta que Harris no olvidaría:
—Usted es periodista, señor Harris. ¿Cómo pondría eso en su diario? ¿Cómo trata el miedo al tormento en el periodismo? ¿Podría decir algo mordaz sobre el tormento, como que “pone el infierno en el hola”?
Harris salió del consultorio sin entender del todo lo que acababa de ocurrir. La respuesta llegó en el pasillo, de boca del alcaide.
—El médico es un asesino. Como cirujano, pudo empaquetar a su víctima en una caja sorprendentemente pequeña. Nunca saldrá de este lugar. Está loco.

El destino de Simmons: fuga, libertad y olvido
Simmons no esperó a que la justicia mexicana lo liberara. En 1969, ocho años después de su condena y seis después de la visita de Harris, se fugó de Topo Chico. Los registros disponibles no documentan cómo lo logró ni qué fue de él tras cruzar de regreso a Estados Unidos. Desapareció de los archivos con la misma discreción con que había llegado a México.
Sin Simmons, Harris no habría ido a Topo Chico. Sin Topo Chico, Harris no habría conocido a Ballí Treviño. Sin Ballí Treviño, no habría Hannibal Lecter.
Cómo nació Hannibal Lecter
Harris publicó Dragón Rojo en 1981. Hannibal Lecter aparecía allí como personaje secundario. Un ex psiquiatra recluido en el Hospital Estatal de Baltimore para Delincuentes Dementes, consultado por un detective que necesitaba entender la mente de un asesino en serie. La figura era tan poderosa que Harris construyó una novela entera alrededor de ella. y así nació El silencio de los inocentes, publicada en 1988.
En el prefacio de 2013, Harris describió el proceso:
—Años más tarde, estaba intentando escribir una novela. Mi detective necesitaba hablar con alguien con un conocimiento peculiar de la mente criminal. Perdido en el túnel del trabajo, llevé a mi detective al Hospital Estatal de Baltimore para delincuentes dementes para consultar con un recluso. ¿Quién creen que estaba esperando en la celda? No era el doctor Salazar. Pero gracias al doctor Salazar, podría reconocer a su colega y compañero practicante, Hannibal Lecter.
Harris tomó de Ballí Treviño la compostura impecable dentro de un entorno carcelario, la capacidad de análisis clínico que se vuelve arma en una conversación y la elegancia como máscara. Los lentes oscuros, el traje, el Rolex: quienes conocían a Ballí Treviño en Monterrey reconocieron al personaje cuando El silencio de los inocentes llegó al cine en 1991 con Anthony Hopkins en el papel principal. La familia del médico, empezó a llamarlo “Hannibal” y “doctor Lecter”. Ballí Treviño lo encontraba gracioso.
Harris fue cuidadoso en aclarar que Lecter no era un calco. En una nota de 1999 publicada en el diario Tulsa World, un grupo de detectives de homicidios que conocía al escritor sugirió que el personaje era un compuesto de varios asesinos de alta inteligencia. Harris confirmó que Lecter no era enteramente Ballí Treviño. Pero dejó en claro que sin el médico mexicano, no habría podido reconocer al personaje cuando emergió en su imaginación.
Ballí Treviño fue condenado únicamente por el asesinato de Jesús Castillo Rangel. Su condena inicial a muerte fue conmutada. Cumplió 20 años en Topo Chico y fue liberado alrededor del año 2000.

La segunda vida: el médico de los pobres
Ballí Treviño salió de la cárcel y volvió a Monterrey. Retomó la medicina en un consultorio de la colonia Talleres, la misma donde había cometido el crimen cuatro décadas antes. Atendía a los ancianos y a los pobres del barrio, con frecuencia sin cobrar. Era, para quienes lo trataban en esa etapa de su vida, simplemente un médico de barrio con manos hábiles y trato amable.
En 2008, meses antes de su muerte, accedió a una entrevista con un periódico mexicano. Habló poco. Sobre su pasado, dijo una sola cosa:
—No quiero revivir mi oscuro pasado. No quiero despertar a mis fantasmas. Es muy difícil.
Alfredo Ballí Treviño murió en 2009 de cáncer de próstata.
El legado: un villano de ficción con nombre y apellido reales
El silencio de los inocentes ganó cinco premios Óscar en la ceremonia de 1992: Mejor Película, Mejor Director, Mejor Actor, Mejor Actriz y Mejor Guión Adaptado. El Instituto Americano de Cine eligió a Hannibal Lecter, en 2003, como el villano número uno de la historia del cine estadounidense. Anthony Hopkins construyó un ícono cultural con menos de 16 minutos en pantalla.
Detrás de todo eso había un médico de Tamaulipas que en octubre de 1959 empapó una tela en cloroformo, esperó a que un joven de 20 años perdiera el conocimiento, y procedió con bisturí en mano como si estuviera en un quirófano.
La gente de Monterrey recuerda a Ballí Treviño como el médico que atendía a los pobres gratis. Thomas Harris lo recuerda como el hombre que le enseñó a reconocer a un monstruo.
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