En el piso de la Basílica de San Pedro, al mediodía del 21 de mayo de 1972, quedaron desparramados más de cincuenta fragmentos de mármol de Carrara. Eran pedazos de La Piedad, la escultura que Miguel Ángel Buonarroti había tallado entre 1498 y 1499 cuando tenía poco más de 20 años. Un hombre acababa de golpearla al menos doce veces con un martillo de geólogo.
El atacante era László Tóth, un húngaro de 33 años radicado en Australia. Vestía traje azul y camisa colorada. Entró a la basílica como cualquier otro peregrino, en silencio, entre la multitud que ese domingo de Pentecostés colmaba el templo. Nadie advirtió nada fuera de lo común hasta que saltó la balaustrada que protegía la escultura y empezó a golpearla.
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Tóth era geólogo de formación, aunque nunca le reconocieron el título en Australia, país donde trabajó como operario en distintas fábricas. Había llegado a Roma el 22 de julio de 1971 y se instaló primero en un albergue juvenil del Foro Itálico y luego en una habitación que le alquilaban monjas españolas en el barrio Gianicolense. Durante meses, nadie en su entorno registró comportamientos alarmantes.

Antes del ataque, el hombre le había enviado varias cartas al papa Pablo VI solicitando una reunión en Castel Gandolfo. Ninguna tuvo respuesta. También se había presentado en persona en la basílica a reclamar esa audiencia a viva voz: afirmaba ser Jesucristo.
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El 21 de mayo de 1972, hace 56 años, gritó en italiano: “Cristo ha risorto. Io sono il Cristo” —Cristo ha resucitado. Yo soy Cristo— mientras descargaba los golpes. De acuerdo con el portal especializado en arte italiano Finestre sull’Arte, Tóth eligió atacar la figura de la Virgen María probablemente porque la veía como símbolo de la Iglesia, la misma institución que le había negado el encuentro con el Papa.
Ya detenido, mantuvo su discurso como si fuera Cristo durante los interrogatorios. Más tarde, envió una carta a los diarios en la que escribió: “La estatua de La Piedad es obra de Dios, yo la hice y yo puedo destruirla”. Agregó que él había elegido a Miguel Ángel para esculpirla, que había guiado sus manos y que el nombre del artista era profético por su coincidencia con el arcángel Miguel.
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El 29 de enero de 1973, un tribunal de Roma lo declaró persona socialmente peligrosa y ordenó su internación en un hospital psiquiátrico, donde permaneció dos años. Posteriormente fue deportado a Australia y los psiquiatras determinaron que no representaba un peligro. Murió en 2012 sin haber sido procesado penalmente. No se documentaron más noticias públicas sobre él desde su retorno a Australia hasta su muerte.
El escultor estadounidense Bob Cassilly, que estaba entre los turistas presentes aquel día de los martillazos, fue el primero en reaccionar: golpeó a Tóth varias veces y lo apartó de la estatua antes de que llegaran los agentes de seguridad. Pero el daño ya estaba hecho.
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La Virgen recibió la mayor parte de los golpes. Le arrancaron el brazo izquierdo, le destrozaron la nariz, le dañaron gravemente un ojo y el velo. Los párpados y los dedos también quedaron fragmentados. El diario romano L’Unità publicó esa tarde que La Piedad estaba “quizás irremediablemente destrozada” y describió con precisión cada zona afectada.

Pablo VI fue informado a primera hora de la tarde. Inspeccionó la escultura mutilada, permaneció al menos unos quince minutos orando junto a ella y declaró que el ataque había causado “graves daños morales”. Luego bendijo a la multitud reunida en torno a la obra, que fue cubierta con una tela. El Papa hizo colocar un ramo de rosas como ofrenda. Esa misma tarde, los Canónigos de San Pedro partieron en procesión hasta la capilla entonando el Miserere en señal de luto.
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El escultor italiano Giacomo Manzú, consultado por el diario romano L’Unità, fue contundente: “Es la mayor desgracia contra la civilización y contra la cultura (...) Una restauración me parece una tarea casi imposible”.
Ante la magnitud del daño, dentro del Vaticano se abrió una discusión sobre qué hacer con la obra. Una postura sostenía que debía quedar tal como estaba, como denuncia del vandalismo y del mundo moderno. La otra buscaba restaurarla por completo. Finalmente se determinó reconstruir el rostro y el brazo de la Virgen intentando recuperar la apariencia original.
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La tarea quedó a cargo del historiador del arte brasileño Deoclecio Redig de Campos, director general de los Museos Vaticanos desde 1971. Los restauradores encargados de ejecutar el trabajo fueron Vittorio Federici, Ulderico Grispigni, Giuseppe Morresi y Francesco Dati, todos especialistas de los laboratorios vaticanos. La restauración se realizó dentro de la misma basílica, oculta tras una mampara, y duró unos diez meses.

El mayor problema no era técnico sino dimensional: para reconstruir con exactitud el rostro y el brazo de la Virgen hacían falta medidas precisas de la escultura original, que ya no podían tomarse directamente de la obra dañada. La solución llegó desde un lugar inesperado: el Altiplano peruano, también conocido como Meseta del Collao.
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En 1960, el senador peruano Enrique Torres convenció al Papa de entonces, Juan XXIII de enviar una réplica de La Piedad a su ciudad natal, Lampa, en el departamento de Puno, a casi 4.000 metros sobre el nivel del mar, cerca del lago Titicaca. El Papa era reacio a autorizar copias de la obra, pero terminó cediendo. La réplica llegó al Templo de Santiago Apóstol, donde fue colocada sobre una bóveda que alberga los restos de los primeros pobladores del lugar. A diferencia del original de mármol blanco, esta copia es completamente negra.
Cuando en 1972 los arquitectos italianos llegaron a Lampa para tomar medidas, encontraron en realidad dos copias. La que había venido de Roma era de yeso, pero su peso impedía elevarla para medirla con precisión. En Lima se hizo entonces una copia de esa copia, esta vez en aluminio, con autorización papal y bajo la condición de destruir la de yeso. La condición nunca se cumplió.
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“La réplica que tenemos llegó del Vaticano y es como una gota de agua en relación a otra”, dijo Oscar Frisancho, presidente del Patronato de la Ciudad de Lampa, a la cadena británica BBC. “Tomarle las medidas era necesario para restaurar la original”, completó. El párroco de Lampa, Gabriel Castañeda, respaldo los dichos acerca de cómo se obtuvo la versión de aluminio.

La copia de yeso que debía haber sido destruida —y que sobrevivió por incumplimiento de la condición impuesta— terminó en el Museo de la Municipalidad Provincial de Lampa, donde se conserva hoy. Fue esa pieza, la que nadie debía haber guardado, la que permitió devolverle al original sus proporciones exactas.
Los restauradores trabajaron con los más de cincuenta fragmentos de mármol original que Tóth había arrancado de la escultura. Los reintegraron utilizando una mezcla de cola y polvo de mármol, y recurrieron también a los numerosos calcos que existían de la obra para guiar cada decisión.
La existencia de esos registros —calcos, fotografías, medidas— fue determinante. Sin ellos, la reconstrucción fiel del rostro de la Virgen hubiera sido imposible. La réplica de Lampa aportó la noción de volumen de las escultura que los documentos planos no podían ofrecer.
Al término del trabajo, La Piedad fue devuelta a su lugar en la primera capilla de la nave de la Epístola de la Basílica de San Pedro, donde había estado desde 1749. Pero ya no estaría expuesta de la misma manera.
En 1973, al concluir la restauración, el Vaticano instaló un gran vidrio de protección. Era la respuesta al ataque: desde ese momento, ningún visitante podría acercarse a la escultura sin una barrera de por medio.
La vidriera original tenía un espesor de 19 milímetros en su parte inferior y 11 en la superior. Con el tiempo, el material se fue opacando de forma natural, lo que redujo la visibilidad de la obra y generó además problemas estructurales.
En noviembre de 2024, como parte de los trabajos de la Fabbrica di San Pietro para el Jubileo, esa vidriera fue reemplazada. Las obras de sustitución llevaron casi seis meses. La nueva protección consiste en nueve piezas de vidrio inastillable y antibalas, con un espesor de 24,5 milímetros, termoendurecidas y diseñadas por un equipo de expertos italianos.
Según informó el ingeniero Alberto Capitanucci, responsable del área técnica de la Fabbrica di San Pietro, “el espesor adoptado es de 24,5 milímetros frente a los 19 de la instalación original”. El nuevo cristal tiene una superficie aproximada de 50 metros cuadrados, pesa 3.400 kilogramos y fue diseñado para resistir hasta 26 golpes de martillo o de hacha, soportar el ataque de pistolas de calibre 9 milímetros y aguantar presiones sísmicas y el empuje de multitudes.
El sistema fue completado con una renovación total de la iluminación de la capilla, a cargo de la empresa italiana iGuzzini. También se restauraron los frescos de la bóveda, pintados por Giovanni Lanfranco entre 1629 y 1632, los únicos de toda la basílica vaticana, aprovechando los andamios ya montados para la instalación del vidrio.

La Piedad fue encargada en 1497 por un grupo de cardenales, a través del banquero Jacopo Galli, para decorar la iglesia de Santa Petronilla. El contrato con el artista se firmó el 26 de agosto de 1498 y estipulaba un pago de 450 ducados de oro. La obra debía estar terminada antes de un año. Miguel Ángel la entregó dos días antes del vencimiento del plazo. El cardenal Jean de Bilhères, para quien se había encargado, murió unos días antes de verla terminada.
Es la única escultura que Miguel Ángel firmó. La inscripción está grabada en la cinta que cruza el pecho de la Virgen: MICHAEL A[N]GELVS BONAROTVS FLORENT[INVS] FACIEBAT —“Lo hizo el florentino Miguel Ángel Buonarroti”—. Se cuenta que grabó su firma porque algunos visitantes no creían que fuera suya.
La única vez que la escultura salió del territorio vaticano fue en 1964, cuando viajó a la Exposición Universal de Nueva York, donde la vieron 21 millones de personas. El ataque de 1972 cerró para siempre esa posibilidad: desde entonces, La Piedad no se mueve y nadie puede acercarse a ella sin el cristal de por medio. Cuando fue reinstalada una autoridad vaticana celebró el hecho con la siguiente frase: “Ahora es posible contemplar de nuevo a la Madre que ofrece a la humanidad al Hijo de Dios”.
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