
Nació el 8 de julio de 1958 en Filadelfia, Estados Unidos. En la casa familiar, compartida con sus padres Ruth y Edmond y cinco hermanos mayores (Karin, Kira, Elinor, Michael, Hilda), la infancia no fue especialmente feliz. La diferencia de edad lo dejó muchas veces fuera de los juegos y de los planes: mientras los demás salían, él se tenía que quedar bajo el cuidado de sus abuelos o de una tía. Aquella sensación de ser el más chico y el menos convocado es un recuerdo que todavía lo acompaña. Hoy lo cuenta con gracia, pero en el pasado fue un motivo de sufrimiento. Su padre era un destacado planificador urbano, conocido como el Padre de la Filadelfia Moderna y su madre, maestra de escuela.
A los 16 años obtuvo una beca para estudiar en la Escuela de Gobernadores de Arte de Pensilvania, en la Universidad de Bucknell. Esa incursión le abrió otro panorama al que le empezó a dar vida a los 17 cuando se mudó a Nueva York para estudiar y empezar a recorrer el camino de la actuación, que con el tiempo, llegaría a cuestionar. Por entonces, era apenas un adolescente con ambiciones muy claras. “La gente se sorprende cuando lo admito, pero es así: me llamaban la fama, el dinero y las mujeres. Quería mis tapas de revistas, soñaba con ver mi nombre en carteles gigantes”, confesó años después.
La oportunidad llegó rápido. En 1978 debutó en Animal House y en 1980 consiguió su primer papel relevante al protagonizar Viernes 13. Interpretar a Jack le trajo una notoriedad inesperada… y también un disgusto recurrente. Los fanáticos lo buscaban con una imagen muy particular para que les dejara su autógrafo: la de su personaje muerto y ensangrentado. “Siempre me horrorizó que esa haya sido la foto número uno cuando me piden que firme”.
Pero el salto definitivo ocurrió en 1984. Un musical juvenil, atravesado por la rebeldía contra las normas de un estricto pastor de pueblo, lo catapultó a la fama mundial. La película fue un fenómeno: superó los 80 millones de dólares de recaudación solo en los Estados Unidos. Sin embargo, el éxito tuvo un costo. Con apenas 24 años, la popularidad se volvió una experiencia traumática. En cada evento le pedían que repitiera el baile que había inmortalizado. En las discotecas, los DJs ponían la canción para que todos lo rodearan y lo observaran. La solución fue tan simple como insólita: pagarles para que no pasaran el tema.
Lejos de acomodarse en el rol de galán juvenil, buscó escapar de ese encasillamiento. En 1986 protagonizó la película Quicksilver, rodeada de expectativas que no se cumplieron. Luego llegaron otros proyectos sin demasiada trascendencia. Hasta que en 1991, después de un nuevo tropiezo con He Said, She Said, tomó una decisión radical: cambiar el rumbo y aceptar personajes más oscuros, incluso secundarios, con tal de recuperar cierta normalidad.
“No hay forma de describir la fama, ni toda esa atención, a alguien que no lo haya experimentado. No es solo el hecho de que todo el mundo te conozca, es algo distinto. Una pesadilla”, explicó alguna vez. Y sobre su alejamiento de las grandes producciones, fue igual de tajante: “Me rebelé contra aquello. Quizás no estaba preparado aún, aunque ya tenía 24 años cuando lo decidí. No me arrepiento de haberlo rechazado todo… Es parte del proceso, de todo se aprende”.
El nuevo milenio le ofreció una revancha. Volvió a destacarse con El hombre sin sombra en el año 2000 y consolidó su regreso tres años después con Río Místico. En 2004 se animó a uno de los desafíos más incómodos de su carrera: interpretar a un personaje perturbador, un hombre que acababa de salir de prisión tras cometer un delito aberrante. Incluso el productor le advirtió que podía ser “el beso de la muerte” para cualquier actor. Desoyó el consejo. La crítica, finalmente, respaldó su decisión.
Desde entonces, siguió transitando ese mismo camino: elegir roles complejos, incómodos, lejos del brillo fácil y más cerca del riesgo artístico.
Respuesta: el protagonista de esta historia es Kevin Bacon.
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