
La sufragista Emily Davison entendió que para luchar por un derecho era necesario poner el cuerpo y el 4 de junio de 1913 lo hizo hasta las últimas consecuencias. La ocasión era la ideal para el efecto político y propagandístico que buscaba. Ese jueves, como todos los años, en el Hipódromo de Epson se realizaba el tradicional Derby, la carrera de caballos que desde 1779 congregaba a lo más granado de la alta sociedad británica en un encuentro social al aire libre, donde como pocas veces se codeaba también con los plebeyos.
La atracción del día era la participación de Anmer, el caballo del rey Jorge V, montado por Herbert Jones, uno de los mejores jockeys del reino. Su Majestad siempre ponía a correr a uno de los caballos pura sangre que poblaban sus reales establos en el Derby y nunca se perdía la carrera. Después de todo, era una de las tantas actividades que el protocolo imponía a la realeza británica. Más allá de las variables alternativas de la competencia equina, el resto de las actividades se desarrollaba siempre con la elegante exactitud de los pasos de baile: intercambio de saludos entre los nobles, las small talks de rigor, las competitivas miradas de las damas sobre los sombreros –toda una tradición británica- y los vestidos de las otras, mientras los caballeros hacían agudas observaciones sobre las virtudes de los nobles brutos que participaban de la carrera.
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Todo muy protocolar, pero ese año, Davison y un grupo de mujeres llegaron dispuestas a dar una nota discordante y amenazar el tranquilo jolgorio que siempre imperaba en la fiesta. Eran las sufragistas del Sindicato Político y Social de las Mujeres (WPSM) que habían decidido utilizar el Derby para hacer sus uno más de sus insistentes reclamos por el derecho femenino al voto. Llegaron sin desplegar sus banderas, esperando el momento oportuno para manifestarse. Querían aprovechar la cobertura del acontecimiento para que la protesta fuera reflejada al día siguiente en todos los periódicos del Reino Unido.

El inicio de la carrera se realizó sin contratiempos, aunque para disgusto del rey Jorge su favorito Anmer, montado por Jones, quedó rápidamente rezagado. Como siempre, a medida que los caballos avanzaban por la pista, después de su paso los espectadores la invadían para ver mejor desde atrás. Al llegar a Tattenham Corner, la última curva antes de la recta final, Anmer iba irremediablemente último, tan lejos de los demás caballos que, cuando todos pasaron, le dio tiempo a una mujer para saltar a la pista y ponerse en su camino.
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Después se sabría que se llamaba Emily Wilding Davison, tenía 40 años, y era una de las más reconocidas dirigentes del WPSM. El jockey Jones no alcanzó a detener a Anmer. Pese a que tiró fuerte de las bridas, el caballo atropelló a la mujer y el jinete voló por los aires. Pisoteada por el noble bruto, Davison quedó inconsciente sobre la pista, mientras el caballo, ya sin jinete, siguió corriendo solo hacia la meta. La fiesta se convirtió así en tragedia a la que los diarios, al día siguiente, dieron mucha más cobertura que a la competencia.
Emily Davison no pudo leer esos artículos porque estaba agonizando en el Hospital Epsom Cottage, donde murió sin recuperar el conocimiento cuatro días después. Hasta ahí los hechos, pero no el final de un interrogante que surgió en el momento mismo en que la mujer se interpuso en el camino del caballo del rey: ¿Había querido manifestarse sin pensar en las consecuencias o lo había hecho para suicidarse? Pasó un siglo antes de que esa pregunta obtuviera una respuesta.
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Una feminista decidida
Cuando Davison se interpuso en el camino del caballo del rey Jorge, el movimiento sufragista de las mujeres británicas llevaba más de ochenta años de lucha, desde una fecha clave: el viernes 3 de agosto de 1832, cuando una dama llamada Mary Smith, de Stanford, presentó una petición en el Parlamento. Palabras más o menos, lo que dijo fue que como ella pagaba los mismos impuestos y estaba sujeta a las mismas leyes que cualquier hombre, debía tener el mismo derecho a elaborarlas mediante la elección de representantes y a aplicarlas en los tribunales de justicia. Esos derechos debían ser para todos.
En esos tiempos a las mujeres se les negaban los derechos civiles y políticos de los que disfrutaban los hombres, y aunque las solteras y las viudas gozaban de más libertades que las casadas –las cuales no podían tener propiedades, redactar testamentos, ni ostentar la custodia de sus hijos– también estaban sujetas a grandes restricciones. No podían ejercer profesiones como la medicina o el derecho, ni acceder a puestos de la administración. Y por supuesto, tampoco podían votar, que era cosa exclusiva de varones. Ochenta años después, eran muy pocas las cosas que habían cambiado, pero las luchas continuaban y estaban cobrando más fuerza. Había varias agrupaciones sufragistas y el WPSM, fundado en 1903 por Emmeline Pankhurst, era una de las más numerosas.
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Emily Davison se había afiliado en 1906 y no tardó en convertirse en una de sus representantes más notorias. Nacida el 11 de octubre de 1872 en Blackheath, tuvo una educación esmerada, pero tras la muerte de su padre, la situación económica familiar se deterioró y a los 19 años tuvo que abandonar sus estudios en el Royal Holloway College y a trabajar como institutriz. Sin embargo, no renunció a seguir estudiando y, con el dinero ahorrado de su trabajo, pudo pagarse un trimestre en St Hugh’s Hall, una universidad femenina recién fundada en Oxford, donde obtuvo una licenciatura con honores en Lengua y Literatura Inglesas. Después se inscribió en la Universidad de Londres, donde se graduó con uno de los mejores promedios.
“Era alta y esbelta, con brazos inusualmente largos, una cabeza pequeña y estrecha y cabello pelirrojo. Sus ilusorios y caprichosos ojos verdes y su boca delgada y medio sonriente a menudo mostraban la expresión burlona de la Mona Lisa. Tenía una fuerte pasión moral para acabar con las injusticias”, la describió Sylvia, una de las hijas de Pankhurst, la fundadora del WPSM.
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Poner el cuerpo
Lo de poner el cuerpo para exigir derechos fue algo de Davison hizo desde un principio, muchas veces sin reparar en las consecuencias que podía tener para ella. En 1909 fue arrestada cinco veces, una de ellas por atacar a piedrazos el vehículo donde viajaba David Lloyd George, futuro primer ministro británico. Encarcelada, inició una huelga de hambre trabando la puerta de su celda para impedir que le llevaran alimentos. Como respuesta a su protesta, las autoridades de la cárcel colocaron una manguera en la ventana de la celda y la empaparon con agua helada. Finalmente, derribaron la puerta y la alimentaron a la fuerza. “Pensaba que el momento del sacrificio, que todos hemos acordado que probablemente se exigirá, estaba cerca, y, aunque parezca extraño, no tenía miedo”, escribió después.
Apenas la liberaron, siguió insistiendo. En 1910 y 1911 logró entrar y esconderse en la Cámara de los Comunes, una vez en el pozo de aire caliente y dos veces en la cripta, para aparecer por sorpresa y protestar durante las sesiones. En diciembre de 1911 fue nuevamente detenida, esa vez por prender fuego a un buzón. En el juicio, explicó que lo había hecho en parte como protesta contra el trato vengativo recibido por una de sus compañeras de lucha, Mary Leigh, que acababa de ser condenada a trabajos forzados por la varonil justicia británica.
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A Emily también la condenaron y debió cumplir seis meses de cárcel en la prisión de Holloway, donde inició una nueva huelga de hambre y volvieron a alimentarla a la fuerza. Mientras estuvo detenida intentó suicidarse tres veces. Dos de ellas saltando desde el primer piso sobre el patio, pero en ambas ocasiones cayó sobre una valla metálica que amortiguó la caída; la tercera se arrojó sobre una escalera de hierro desde una altura de tres metros, lo que le produjo heridas en la cabeza y la fractura de dos vértebras.
Cuando fue liberada, declaró a la Pall Mall Gazette que había intentado suicidarse deliberadamente porque sentía que “solo con el sacrificio de una vida humana la nación se daría cuenta de la horrible tortura que sufren nuestras mujeres. Si lo hubiera logrado, estoy segura de que, en conciencia, no se habría vuelto a recurrir a la alimentación forzada”.
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“Murió por las mujeres”
La muerte de Emily Davison marcó un punto de inflexión en la lucha de las sufragistas. Más de cinco mil mujeres marcharon en el cortejo fúnebre que acompañó sus restos desde la iglesia de S. George hasta la estación King’s Cross para llevarlos en tren a Morpeth, donde fue fueron enterrados en el cementerio de St. Mary.
En la siguiente edición de The Suffragette, la revista oficial del WSPU, se le dedicó la portada. Ilustrada con el dibujo de un ángel con las alas desplegadas y los brazos en alto de pie frente a una de las barandillas del hipódromo y con un texto que decía: “En honor y en amorosa y reverente memoria de Emily Wilding Davison. Murió por las mujeres. Nadie tiene amor más grande que este: dar la vida por sus amigos”.
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Menos de cinco años después, en febrero de 1918, las sufragistas obtuvieron su primera gran victoria, cuando el Parlamento británico se aprobó la ley que concedía el sufragio a las mujeres mayores de 30 años y se extendía a todos los hombres de más de 21. Las campañas continuaron hasta que diez años después, en julio de 1928, se equiparó la edad de voto femenina a la masculina.

Tres películas y una verdad
Durante mucho tiempo se dio por cierto que Emily Davison había querido inmolarse cuando fue atropellada por el caballo del rey Jorge V en el Derby. Incluso una de sus mejores amigas, la fundadora del WSPM, Emmeline Pankhurst, escribió: “Emily Davison se aferró a su convicción de que una gran tragedia, el arrojar deliberadamente una vida humana a la brecha, pondría fin a la intolerable tortura de las mujeres. Y así se arrojó sobre el caballo del rey, a la vista del rey y de la reina y de una gran multitud de súbditos de sus majestades”.
Sin embargo, un siglo después un análisis detallado de las imágenes de las películas cinematográficas registradas con las cámaras utilizadas para filmar el Derby permitió establecer lo que realmente ocurrió esa tarde del 4 de junio de 1913 en el Hipódromo de Epsom. A pesar de que la tecnología del cine estaba en sus primeras etapas, los hechos fueron capturados en tres cámaras de noticieros y un nuevo estudio de las imágenes demostró que Emily Davison no pretendía pararse delante del caballo para que éste la atropellara, sino que en realidad intentaba atarle una bufanda a la brida. Simplemente calculó mal, pensando que el jockey lograría detener a Anmer, el noble bruto propiedad del rey Jorge.
El análisis, realizado en 2013 por un equipo de investigadores para un documental, confirma los argumentos de quienes durante un siglo sostuvieron que Emily Davison no tenía intenciones de suicidarse al invadir la pista, porque ella y otras sufragistas habían sido vistas poco antes practicando capturas de caballos en un parque y que luego habían sorteado quién debía interceptar al caballo del rey para colgarle la bandera. Existía también una prueba material de que Emily no pretendía en morir en el Derby: entre sus ropas se encontró un pasaje de regreso desde Epsom a Londres.
El nombre de Emily Davison es hoy un símbolo de la lucha por los derechos de las mujeres en Gran Bretaña. En la lápida que señala su tumba en el cementerio de St. Mary está tallada una frase que solía repetir y que resume su pasión por la acción directa en la lucha: “Hechos, no palabras”.
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