La feroz golpiza que la policía de Los Ángeles le dio a un afroamericano y la filmación casera que encendió la mecha

La madrugada del 3 de marzo de 1991, varios patrulleros acorralaron a Rodney King, un ex convicto que manejaba alcoholizado y a alta velocidad por la ciudad. Cuando bajó del auto, lo propinaron 56 golpes hasta casi matarlo. El violento episodio – filmado por un vecino que se había comprado una cámara nueva – puso en evidencia el racismo de la policía y la antesala de una protesta al año siguiente que terminó con más de cincuenta muertos y miles de heridos

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La paliza de la policía de Los Angeles a Rodney King del 3 de marzo de 1991

La golpiza – brutal, despiadada – pudo pasar inadvertida, como una más entre las decenas de ataques violentos contra afroamericanos que acostumbraba a perpetrar cotidianamente la policía de Los Ángeles a fines de los ‘80 y principios de los ‘90. Si no fue así se debió a que la madrugada del domingo 3 de marzo de 1991, poco antes de la una de la mañana, las sirenas y los ruidos despertaron a George Holliday, un hombre blanco que acaba de comprarse un chiche nuevo, una Sony Handycam, y tenía ganas de usarla. Por eso, al escuchar los gritos y los ruidos, antes de asomarse al balcón manoteó la cámara para registrar eso, lo que fuera que estuviera ocurriendo en la calle. Sus ojos y la lente de la cámara registraron a cinco policías que disparaban sus pistolas eléctricas taser, pateaban y golpeaban con sus palos de abollar ideologías – diría nuestra Mafalda - a un hombre negro que, acurrucado sobre el asfalto, ya no tenía fuerzas ni para gritar de dolor y mucho menos para pedir auxilio. Los cinco le estaban dando para que tenga, guarde y archive, mientras otros uniformados contemplaban la escena sin intervenir. En poco más de 80 segundos, Holliday alcanzó a grabar 56 golpes de los policías contra el hombre indefenso. Después diría que creyó que le iban a seguir pegando hasta dejarlo muerto. “¡Vamos a matarte, negro!”, escuchó gritar. “Nigger”, lo llamaron, que es una manera de decir negro con desprecio o, para que se entienda: negro de mierda.

El ciudadano Holliday no sabía quiénes eran esos policías ni tampoco que el hombre negro al que estaban masacrando en el piso se llamaba Rodney King, un ex convicto por robo, de 25 años, que estaba en libertad condicional. El hombre de la cámara contó después que al día siguiente llamó a la policía para saber qué había pasado con el hombre golpeado y que le contestaron que no daban ese tipo de información. Se quedó sin saber si estaba vivo o muerto, es decir, si lo habían matado a golpes o logrado sobrevivir. Al ciudadano Holliday no le gustó la respuesta de la policía y dos días más tarde, después de conversarlo con su mujer, fue con el casete al canal de televisión KTLA. Allí tampoco le prestaron mucha atención: un empleado le recibió la grabación y le pidió el número de teléfono. Le prometió que lo verían y, si la cosa lo ameritaba, se comunicarían con él. Cuando Holliday llegó a su casa, ya lo habían llamado y un rato más tarde un periodista y un camarógrafo llegaron a su puerta. Esa misma noche, KTLA pasó una entrevista al camarógrafo aficionado y, por supuesto, la grabación completa con la golpiza que los policías le habían propinado a King.

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Rodney King
En lugar de ser detenido, Rodney King fue salvajemente golpeado por la policía

La noticia local se convirtió en un caso nacional ese mismo día, cuando la CNN reprodujo para todo el país las imágenes que Holliday había grabado con su máquina casera. También se comenzó a investigar – no la policía, el periodismo – quiénes eran los policías, quién el hombre golpeado y cómo se había llegado a esa acción brutal que acababan de ver millones de estadounidenses.

Para entonces, Rodney King estaba internado en un hospital, llevado por los mismos policías que lo habían golpeado. El hombre estaba cubierto de sangre y casi inconsciente, pero - según testimonió después una enfermera - los policías no paraban de burlarse de él. Los médicos comprobaron que tenía varias fracturas de cráneo, un tobillo roto, hemorragias internas y traumatismos múltiples. Además, un golpe en el hueso orbital amenazaba con hacerle perder la visión del ojo derecho. Sus agresores no habían dejado ninguna parte del cuerpo sin golpear.

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Un caso (más) de racismo policial

Ante la evidencia de los hechos, la justicia californiana que solía hacer la vista gorda en casos como ese, no tuvo más remedio que intervenir y llevar el caso a juicio. Allí, uno de los argumentos que esgrimieron los abogados defensores de los policías golpeadores fue que Rodney Glen King – ese era su nombre completo – no era precisamente lo que se dice trigo limpio, como si eso justificara que lo golpearan así. Repasaron a fondo su prontuario y mostraron que estaba en libertad condicional después de cumplir un año entre rejas por asaltar un mercado armado con una barra de hierro. También lo describieron como un padre que había abandonado a su hija y un tipo que no tenía límites a la hora de beber.

George Holliday (centro), quien grabó en vídeo la paliza al afroamericano Rodney King a manos de agentes de la policía de Los Ángeles, atendió a la prensa junto a su abogado James Jordan en Los Ángeles, estado de California, Estados Unidos, el 22 de marzo de 1991. REUTERS/Lee Celano
George Holliday (centro), quien grabó en vídeo la paliza al afroamericano Rodney King a manos de agentes de la policía de Los Ángeles, atendió a la prensa junto a su abogado James Jordan en Los Ángeles, estado de California, Estados Unidos, el 22 de marzo de 1991. REUTERS/Lee Celano

Rodney King había bebido –mucho – y fumado algunos porros la noche del sábado mientras miraba en la tele con unos amigos un partido de la NBA. Era ya la madrugada del domingo cuando, en ese estado, se puso al volante de su auto, un Hyundai blanco, para volver a su casa. No solo eso, también se ofreció a llevar a sus amigos Bryant Allen y Freddie Helms, que estaban en las mismas condiciones que él.

Con sus dos pasajeros a bordo y la música a todo volumen, King subió a la autopista y lanzó su Hyundai a 140 kilómetros por hora, pisando cada vez más el acelerador. El auto iba a 170 cuando lo empezó a perseguir la policía. Lejos de detenerse, aceleró todavía más, mientras otros patrulleros y dos helicópteros policiales se sumaban a la persecución. Jugado por jugado, en un primer momento King decidió no detenerse: borracho, drogado y violando todas las normas de tránsito, su libertad condicional se haría humo. Debería volver a la cárcel a cumplir el resto de la condena, o quizás más. Buscó la primera salida de la autopista y quiso perder a sus perseguidores en las calles de la ciudad. Solo detuvo el auto cuando un patrullero logró cortarle el paso.

En cuestión de segundos, el auto detenido quedó rodeado de vehículos policiales y agentes de la policía de Los Ángeles. Algunos policías sacaron sus armas. Allen y Helms bajaron del Hyundai blanco con los brazos en alto, igual que en las películas, pero King se quedó aferrado al volante, tal vez con la ilusión de que todo fuera una pesadilla. Tardó en abrir la puerta y bajar, pero borracho como estaba, en lugar de levantar los brazos como sus amigos, se puso a saludar a uno de los helicópteros con un gesto que a los policías les pareció burlón. Después se dio vuelta y, riendo, se agarró las nalgas con las manos, como diciendo “me cago en ustedes”.

Ninguno de esos gestos provocadores, ni nada en el mundo, podía sin embargo justificar lo que siguió. Le dispararon con las taser, lo tiraron al suelo y, en lugar de reducirlo y esposarlo como marcaba el protocolo, lo patearon y lo molieron a palos. Ya lo estaban haciendo cuando el ciudadano Holliday salió al balcón y alcanzó a grabar la escena con su cámara: allí quedaron registrados 56 golpes salvajes. Fueron muchos más.

El juicio y el estallido

Si la difusión de las imágenes grabadas por Holliday con su videocámara casera provocaron indignación, el resultado del juicio al que fueron sometidos los policías que lo golpearon provocó un verdadero incendio, que literalmente puso a Los Ángeles y otros lugares del país en llamas. De todos los agentes que estuvieron en la escena, solo cinco fueron procesados: Theodore Briseno, Laurence Powell, Timothy Wind y Stacey Koon, acusados de por cargos de agresión con arma mortal y uso excesivo de la fuerza.

Rodney King
Rodney King debió ser operado por la ruptura de la cavidad ocular

Para evitar disturbios, el fiscal de distrito de Los Ángeles pidió que el juicio se realizara en un juzgado de Simi Valley, una zona habitada predominantemente por blancos de la ciudad de Ventura County. Fue una movida complicada, porque ninguno de los jurados era de Simi Valley, sino que ya habían sido elegidos en el Valle de San Fernando, también un lugar “blanco”. Entre 450 candidatos para integrarlo, fueron designados diez blancos, un latino y un hombre de ascendencia asiática.

De nada sirvió la grabación de Holliday, ni su propio testimonio, ni las declaraciones de otras personas que presenciaron la brutal golpiza de los policías. Después de varios meses de juicio y siete días de deliberaciones, el 29 de abril de 1992 los doce miembros del jurado llegaron a un fallo unánime: los cuatro uniformados eran inocentes, o “no culpables”, como se define en los Estados Unidos con las mismas consecuencias. A una policía conocida por sus prejuicios y acciones racistas la había juzgado un jurado que representaba a una población donde el sentido común estaba teñido de racismo. Como frutilla del postre, el presidente George H. Bush elogió al jurado y su decisión: “El sistema del jurado ha funcionado. Lo que hace falta ahora es respeto por la ley”, dijo por televisión con cara de piedra.

El fallo también hizo estallar una bomba que hacía mucho tiempo anidaba en el corazón de la población negra – y también de un buen sector de la blanca – de Los Ángeles. La misma noche del 29, miles de manifestantes salieron a las calles. Hubo quienes se manifestaron pacíficamente; otros lanzaron bombas molotov, quemaron vehículos, rompieron vidrieras y saquearon comercios. La represión fue brutal. Los enfrentamientos duraron días, durante los cuales el mundo entero pudo ver por televisión las imágenes de una ciudad en llamas.

El saldo se midió en sangre y dinero: más de 50 muertos, más de dos mil heridos, unos siete mil incendios, centenares de detenidos y unos mil millones de dólares de pérdidas materiales.

Rodney King, después

A pesar del fallo desfavorable en el juicio penal, Rodney King demandó civilmente a la ciudad de Los Ángeles y recibió 3.800.000 dólares como compensación por los daños sufridos en la golpiza. En 2008 participó en el reality show de VH1 Celebrity Rehab. También publicó unas memorias, “The Riot Within”, donde describió su infancia difícil, su vida antes y después de la paliza que le propinaron los policías y reflexionó – sin demasiado sentido – sobre las revueltas en la ciudad luego de que se conociera el fallo del juicio.

Rodney King murió el domingo 17 de junio de 2012 en su casa de Rialto, California, a los 47 años. Su novia, Cynthia Kelly, llamó a la policía a las 5.25 de la mañana y, al llegar al lugar, lo encontraron en el fondo de la pileta. Lo sacaron e intentaron revivirlo, sin resultado. Lo declararon muerto poco después en el hospital local. Por las dudas, el capitán Randy Anda, vocero de la policía, se apresuró a declarar: “No hay indicios de drogas ni alcohol en su sistema en el momento de su fallecimiento. Tampoco hay señales de asesinato, ni se vieron heridas en el cuerpo de King”.

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