
Un hombre viudo, padre de cuatro hijos a los que cría en soledad y sin ayuda, como puede. Podría ser la fachada perfecta que esconde la sombra de un monstruo siniestro. Una oscuridad bajo la cual se despliega la red de Donald Dean Studey donde sus jóvenes víctimas van quedando atrapadas, una a una. Como libélulas inquietas que van adhiriéndose al entramado de hilos de seda y ya no pueden volar, solo encontrarse cara a cara con la muerte.
Ese sería, más o menos, el meollo de la tragedia que cuenta Lucy McKiddy, la hija del supuesto ogro asesino norteamericano.
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Dentro de un pozo infinito
El pasado mes de abril Paramount+ estrenó la miniserie documental Mi padre el asesino: los crímenes de The Green Hollow. En 130 minutos repartidos en tres capítulos, Lucy McKiddy (hoy 57 años, casada, con un hijo llamado David y con domicilio en la ciudad de Council Bluffs, Iowa, Estados Unidos), habla con crudeza de su infancia y del horror que vivió junto a su padre. Para ir directo al hueso: según ella, casi todas las mujeres jóvenes a las que Studey se acercaba, desaparecían. Algo terrible pasaba siempre con ellas. Lucy sostiene en su testimonio haber visto demasiado e, incluso, haber sido una colaboradora obligada de su padre homicida.
Despertarse por la noche con un grito; vivir bajo una permanente sensación de peligro; mirar por la cerradura para ver -una vez más- a una mujer siendo arrastrada por los pelos y atacada por su padre. Son detalles macabros de lo que dice fue su vida. El espanto de su infancia le quedó estampado en el cuerpo bajo un manto de silencio sepulcral. De eso no se habla, hay que seguir viviendo. Como sea.
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Con la excusa de que precisaba ayuda con sus hijos, su padre llevaba a mujeres vulnerables a casa, una extensa propiedad en un área rural cerca del pueblo de Thurman, en el estado de Iowa. Eran trabajadoras sexuales o jóvenes en situación de calle. Personas que nadie iba a reclamar porque estaban de antemano invisibilizadas en la sociedad. Abusaba sexualmente de ellas y las golpeaba sin piedad. La mayoría de las veces, las terminaba matando. A tiros o a cuchillo.
Lucy dice haber tenido solamente cuatro años la primera vez que vio a su padre atar a una mujer a la cama, agredirla sexualmente y matarla frente a sus ojos. No fue la única vez, asegura, siguió pasando con relativa frecuencia.
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Una vez que las mujeres estaban muertas, él se deshacía de muchas de ellas arrojándolas a pozos profundos de agua ubicados en la misma propiedad. A otras las enterraba en tumbas superficiales, a los lados de los senderos del bosque de esa región a la que se conoce como Green Hollow. Trasladar los cuerpos por largos trechos no era tarea fácil. Studey usaba una carretilla y se hacía ayudar por sus hijos para acarrearlos hasta la zona de los pozos. Tenían treinta metros de profundidad y algunos contenían agua, pero el que usaban estaba seco. Una vez que el cadáver caía en el fondo, Studey tiraba cal viva encima para acelerar la descomposición y disipar los malos olores. Si el asesinato se producía durante los meses de invierno, Studey recurría a otra técnica: una especie de tobogán por el que se ayudaban para deslizar el cuerpo sobre la nieve con mayor facilidad.
Todo estaba bien calculado. Un día su padre le explicó que si los hongos del bosque eran tan grandes era gracias al abono por la cantidad de cuerpos que dejaba allí. Lucy sabía que él guardaba también objetos de las mujeres que había asesinado y los dientes de oro, que la cal viva no disuelve.
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El número de víctimas que podrían haber caído en manos de su padre, según Lucy, podría llegar a entre 50 y 70 personas. En esa lista mortal incluye a su propia madre, a su madrastra y a una novia de su padre, cuyas muertes fueron catalogadas oficialmente como suicidios. A la revista Newsweek le reveló que la mayoría de las víctimas eran blancas, de entre 20 y 30 años, y tenían pelo oscuro. Aunque admitió que algunas eran pelirrojas o de pelo rubio apagado y muy corto. Ante sus hijos el hombre decía que se merecían su final, que eran “putas”.
El testimonio de Lucy McKiddy es detallado y bastante consistente en el tiempo. Sin embargo, Susan Olberding (59), otra de las hijas de Donald Studey y dos años mayor que Lucy, insiste en que su padre no fue el asesino serial que su hermana ha inventado. Aunque tuvo que admitir que una vez ella misma tuvo que salir en defensa de su madrastra Charlotte porque Studey la estaba golpeando de manera furiosa. Dice Susan:“Golpeaba a todos los que podía. No era un ángel. Pero no hay cuerpos en esas colinas. No fue un asesino” y agregó enojada que Lucy había “destruido a mi padre”.
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Otros familiares de las hermanas alegan que, si bien Studey era un sujeto violento que abusaba de sus esposas e hijos, no creen que haya sido el homicida en serie que pintan.

Una denuncia tardía y tres “suicidios”
Lucy afirma que comenzó a denunciar el infierno en el que vivía siendo adolescente. Primero lo hizo ante sus maestras, a quienes les contó que su padre llevaba mujeres a su casa y que ocurrían cosas violentas. Luego, a sacerdotes, a los que incluso les mencionó el pozo siniestro. Pero nadie habría tomado lo que dijo -no hay testimonios de quienes habrían escuchado sus dichos- como una denuncia real: habrían creído que eran meras fantasías infantiles o simples exageraciones de alguien con una imaginación perturbada.
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El problema fue que, según cuenta, sus dichos llegaron a oídos de Studey. Fue entonces que su padre, directamente, la amenazó de muerte.
El terror que le provocó la situación y la ausencia de reacción de los adultos en los que había confiado, logró acallar la voz de su conciencia por mucho tiempo.
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A Newsweek le relató en una entrevista exclusiva: “Cuando nos decía que teníamos que ir al pozo, yo sabía lo que significaba. Cada vez que iba allí o a las colinas, pensaba que no iba a regresar. Pensaba que me mataría porque no mantendría mi boca cerrada”.
Donald Studey murió en Iowa en 2013 a los 75 años sin ser acusado de nada. Por nadie.
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Lucy tomó coraje con el tiempo y llegó la primera denuncia formal en diciembre de 2022. Finalmente, la policía escuchó la pesada carga que acarreaba Lucy. Pocos días después, las autoridades realizaron una búsqueda preliminar en la propiedad con un radar de penetración terrestre con el que detectan algunas anomalías en el suelo. La investigación continuó con el FBI junto a la División de Investigación Criminal de Iowa. Rastrearon las 170 hectáreas del área que ya no pertenecía más a la familia Studey.
Para decepción de Lucy no hallaron prueba alguna de restos humanos.

Pero no se puede argüir que el caso respondía solamente a la imaginación alucinada de una mujer. Lucy señaló algo sumamente inquietante en el pasado de su padre que es hasta hoy imposible de negar: tres de sus cinco parejas (la madre de Lucy incluida) se quitaron la vida. Por lo menos, esa fue la causa oficial que se escribió en los papeles. Lucy está convencida de que él las mató: “Tuvo dos esposas y una novia por las que él mismo llamó a la policía para reportar sus muertes… ¿no es rarísimo? ¡Es más fácil ganar la lotería a que te pase algo semejante!”.
Revisemos entonces el oscuro pasado de Donald Studey.
El 17 de enero de 1970 Lucy Studey, madre de Lucy, apareció ahorcada dentro de un pequeño ropero, junto a la cocina, en la casa familiar en las afueras de Denver. Si bien su muerte fue catalogada como suicidio, en la escena había detalles extraños que los investigadores dejaron asentados: signos de lucha y restos sangre más compatibles con una golpiza que con un ahorcamiento voluntario. Un familiar reveló, además, que el ropero era tan chico que las rodillas de Lucy tocaban el piso del placard. Estrafalario el suicidio, pero nadie hizo nada y Studey salió victorioso. Según Lucy su padre le admitió años después haber asfixiado a su madre “de manera accidental”: le había apretado el cuello demasiado fuerte por demasiado tiempo.
Catorce años después de esa muerte en el ropero, el 8 de febrero de 1984, Charlotte Studey (la siguiente esposa de Donald), también se “suicidó”. La pareja se había separado en malos términos y ella se había mudado con sus hijas a la cercana ciudad de Omaha, en Nebraska. El día anterior a morir fue a buscar su ropa a la casa de su ex quien rabioso terminó persiguiéndola con su auto. A la mañana siguiente, la mujer de 42 años, fue hallada muerta con un disparo de arma de fuego, dentro del auto de Studey, frente al departamento al que se había mudado. Otra vez consiguió que el caso se catalogara como suicidio. Vale aclarar que Susan no recuerda las cosas de la misma manera que Lucy: dice que Charlotte estaba borracha y que amenazó con quitarse la vida y asegura que esa noche vio a su padre durmiendo en su cama. Quién recuerda qué, esa es la cuestión.

Más adelante en el tiempo, otra novia de Donald Studey, Anna Tordoff, optó por “terminar con su vida”. Corría el mes de julio de 2006. La causa oficial fue muerte por intoxicación por sobredosis de medicación. Antes de morir Anna le había advertido a Lucy: “Si me pasa algo, fue Donnie. No será suicidio”.
Dan Tordoff, hijo de Anna, reveló que su madre jamás le había contado que su novio fuera violento, pero sí dijo haberle notado un ojo negro. Cuando le preguntó al respecto, Anna se negó a hablar del tema. La violencia que ejercía Studey parece haber mantenido disciplinada a su tropa de víctimas.
Otra de las hijas de Studey, Marilyn Hill, cuya madre no fue esposa formal de Studey, habló con el medio de prensa Missoulian. Declaró que él abusaba sexualmente de su madre Barbara Hill y la golpeaba: “Era un hombre que metía miedo. Yo lo sentía como la personificación del diablo”. Una vez, estando embarazada, su madre había logrado escapar de él corriendo descalza por la calle. Studey la persiguió con el auto e intentó pasarle por encima. En otra oportunidad, la apuntó con un arma mientras que la amenazaba.
Barbara se salvó. Tuvo suerte o carácter.
Para cerrar el tema: que tres de sus cinco mujeres se suicidaran y otra fuera brutalmente agredida, no parece en absoluto una coincidencia del azar.
Quizá, después de todo, Lucy no esté tan equivocada en sus creencias.

612 páginas y el limbo
Para la patóloga forense Erin Linde, los resultados originales de la autopsia en el caso de Charlotte no cerraban. El rifle que había usado era un Marlin calibre .22 que tenía unos 61 centímetros de longitud y alguien con la contextura de Charlotte no podría haberse disparado a sí misma. Además, Charlotte tenía marcas rojas de pólvora en la parte interna del codo, no en la externa. Eso resulta muy raro en un suicidio, más bien sería biomecánicamente imposible. Lo más llamativo era la posición del cuerpo dentro del centro del habitáculo del auto, no en un asiento. Nada cuadraba.
Con todos estos datos, el 10 de agosto de 2023, se exhumó el cadáver de Charlotte Studey. La autopsia fue pagada por los productores del documental. El resultado que arrojó no fue concluyente: “causa de muerte: indeterminada”. Esto fue debido a varias inconsistencias: posibles heridas defensivas en la víctima, falta de fotografías de la escena del crimen y antecedentes de violencia doméstica.
Lucy contó algunas cosas más que valen la pena destacar. Su padre no solo habría asesinado mujeres, también habría ultimado a un par de hombres. Ella misma dice haber sido testigo. Un día, cuando lo ayudó a descartar un cuerpo, observó dentro del lugar el cadáver de un hombre de unos 20 años. En otra oportunidad, encontró a su padre con unos sujetos con los que sacó un cuerpo del baúl de un auto. Ese último recuerdo la hace sospechar que él pudiera tener vínculos con el nivel más bajo del crimen organizado.
Financiados por la productora del documental, entre el 19 y el 23 de mayo de 2025, el equipo de antropología forense de la Universidad de Nebraska excavó en el área de Thurman con el permiso del propietario actual.
Estuvieron en el lugar cinco días completos. Usaron perros detectores de restos cadavéricos, un radar de penetración del suelo y, además, hicieron varias excavaciones manuales. Los animales marcaron varias zonas y el radar detectó algo en un sitio. Excavaron, sin encontrar algo concluyente. La movida podría haber costado unos 300 mil dólares. Al terminar anunciaron: “No hallamos nada, pero eso no significa que no haya algo en otros lugares en los que no buscamos”.
Lucy está convencida de que buscaron en el área equivocada. Dice que ese agujero en el que solían arrojar los cuerpos era el que estaba seco, quizá buscaron en otros. Es difícil bucear en el mapa de sus recuerdos de hace décadas los sitios exactos.

Hubo también un testigo clave llamado Robert Masson, quien admitió haber ayudado a Studey a cargar con un cadáver hacia el bosque en 1975. Contó que se conocieron en un bar de la zona y que Studey le ofreció cien dólares para mover algo dentro de su propiedad. Fueron hasta el lugar, cada uno en su auto. Cuando llegaron Studey levantó la lona de su camioneta y Robert vio que lo que tenía que mover era un cuerpo desmembrado y envuelto en una lona blanca, entró en estado de paranoia. Pensó que si se negaba a hacerlo ese hombre lo mataría ahí mismo. Simuló que se disponía a ayudar. El cadáver era de una mujer que llevaba puestas unas zapatillas Converse negras. A Robert le tocaba llevar el torso. Antes de terminar la tarea y de recibir su pago, encontró la manera de huir. Lamentablemente, Robert no pudo identificar a la víctima.
Eso no es todo sobre el pasado violento de Studey. Su propia hermana, Marilyn Kepler, dio varias entrevistas y dejó antes de morir a su hija un diario personal de 188 páginas llamado The Hollow People, donde detalló años de crímenes y abusos cometidos por su hermano. Contó que una vez su hermano mató a un hombre que la había violado, y aseguró haber visto cómo él disponía del cuerpo. Una vez caminando con su hermano por las colinas de Green Hollow ella le dijo que el lugar parecía un cementerio y él le respondió: “Lo es”. Ella sí le creía a su sobrina y la respaldaba.
El caso, con 612 páginas de investigación, ha quedado en un limbo. A fines de abril se confirmó este archivo que sigue bajo revisión y no ha sido liberado al público. Hay quienes sospechan algo más retorcido: que Studey haya sido informante del FBI y que por eso este dossier no se da a conocer.
Si no aparecen restos y nadie reclama a las personas desaparecidas, no hay mucho más que hacer.
Para Lucy el documental fue su último esfuerzo para conseguir justicia y desentrañar lo que asegura que pasó.
Algunas familias de jóvenes desaparecidas hace tiempo se contactaron con Lucy y hasta le enviaron fotos y carteles de búsqueda para ver si las podía reconocer. No pudo identificar a ninguna.
¿Habrá cuerpos en algún pozo de la propiedad que podrían confirmar las versiones de Lucy? Quién sabe. Studey ya no está para pagar por sus posibles crímenes.
Es cierto que ha pasado demasiado tiempo. Es cierto que si se usó cal viva podría no quedar nada para analizar. También queda claro que si este hombre pudo “suicidar” a tres de sus mujeres sin consecuencias y salir impune, ¿por qué no podría efectivamente haber asesinado, tal como alega Lucy, a decenas de mujeres más?
Claro que podría. En tiempo potencial. Todos sabemos que sin cuerpos, no hay delitos. El que mejor sabía de esto era el propio dueño de los pozos, Donald Dean Studey.
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