
La tarde del 2 de marzo de 1978 el teléfono sonó en la residencia donde había vivido Charles Chaplin en Consier-sur-Vevey, en Suiza y una voz con marcado acento extranjero pidió hablar con Oona O’Neill, su viuda. Cuando la mujer atendió, recibió un pedido insólito: debía entregar 600.000 dólares si quería recuperar el cadáver de su marido. Todavía estaba de duelo. Charles Spencer Chaplin había muerto hacía poco más de dos meses, pero muerto el hombre, el nombre del artista seguía brillando en lo más alto del cielo del cine mundial, no sólo por la creación de “Charlot” (Carlitos), el personaje icónico del cine mudo, sino también por películas de culto como El Gran Dictador, Candilejas, El Circo y tantas otras consideradas verdaderos hitos de la cinematografía. En los obituarios publicados en los diarios de todo el planeta se lo había descripto como un verdadero genio, que además de “inventar” una manera de hacer cine, dirigirlo y protagonizarlo, se había destacado como productor, compositor musical, guionista, escritor y editor. Ningún secreto del cine le había sido ajeno.
Luego de escuchar ese increíble pedido de rescate, Oona pensó apenas quince segundos antes de contestar con un tajante “No”. Tres meses después, cuando un periodista un periodista le preguntó por qué se había negado a pagar el rescate, su respuesta fue tan breve como contundente: “Porque a Charlie todo esto le habría parecido ridículo”, dijo. Podría haber contestado que los hechos que se encadenaron después de esa llamada telefónica bien podrían haber sido el guion de una de las desopilantes películas mudas protagonizadas por Charlot, con gags encadenados uno detrás del otro hasta llegar a un final lleno de efecto.
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El final de un genio
Charles Chaplin murió a las 4 de la madrigada del día de Navidad de 1977, con sus 88 años a cuestas y rodeado por su última y más duradera mujer y siete de sus ocho hijos. La que faltó, porque no llegó a tiempo, fue su heredera más famosa, la que había seguido sus pasos en el mundo del cine, Geraldine, que vivía en Madrid. El velatorio se hizo en la misma residencia de Consier-sur-Vevey, en la más estricta intimidad, lejos de la mirada inquisitiva de los curiosos y de los medios. Allí, casi sin vida pública, el director y protagonista de La Quimera del Oro y de Tiempos Modernos había pasado sus últimos años, desde que sus médicos le habían diagnosticado una demencia senil.
En los meses previos a su muerte salía muy poco de su residencia y cuando lo hacía se lo podía ver siempre acompañado por Oona, que empujaba su silla de ruedas en uno paseos que siempre llegaban a las orillas del lago Leman, donde se quedaba contemplando las aguas. Su última aparición pública databa de septiembre cuando, también con Oona, asistió a un espectáculo circense en Velvey, donde al finalizar los payasos se sacaron las narices rojas de sus disfraces y se las entregaron para demostrarle su admiración. Por entonces ya tenía dificultades para ver y oír, y se expresaba con dificultad. La mañana del 25 de diciembre, Oona difundió un comunicado donde informaba que Charles Chaplin había muerto “en el sueño, esta madrugada”.
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Poco antes, Oona y Chaplin habían celebrado, también en la mayor de las intimidades, sus 34 años de casados. El casamiento, en 1943 con la hija del celebrado dramaturgo Eugene O’Neill, había significado un absoluto en la vida amorosa de Chaplin, marcada por matrimonios fracasados y centenares de infidelidades.

La mujer de su vida
A la hora de repasar la vida del genio del cine, las revistas del corazón dedicaron también una amplia cobertura a la agitada vida amorosa que había llevado. Las crónicas hablaban de “dos mil amantes”. Muchas de ellas eran actrices famosas, como Hetty Kelly, Edna Purviance, Pola Negri, Marion Davies, Merna Kennedy, Georgia Hale, Louise Brooks y Joan Barry.
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Había tenido cuatro matrimonios y los tres primeros también fueron con actrices. A los 29 años, Charles Chaplin se casó con Mildred Harris y fue un casamiento de apuro con una de las actrices que lo acompañaban en sus películas mudas, de solo 16 años. En esa ocasión el “apuro” demostró estar de más, ya que Harris solo había creído estar embarazada. Cuando lo comprobaron, la pareja ya estaba casada. La boda se celebró en octubre de 1918 y al año siguiente Charles y Mildred tuvieron un hijo, Norman, que murió tres días después de nacer. El matrimonio duró menos de dos años y el divorcio, en 1920, fue un escándalo, con fuertes acusaciones de Mildred a Charles por sus infidelidades y sus maltratos verbales. La cuestión derivó en un proceso que se zanjó con el pago de cien mil dólares por parte de Chaplin para legalizar la separación y así evitar un juicio escandaloso.
La segunda esposa de Chaplin, Lita Grey, también era actriz y tenía 16 años. El director la conocía desde niña, cuando la eligió para el elenco de The Kid, en 1921. En 1924, Lita – bisnieta de un exgobernador de California – quedó embarazada y la pareja se casó en México. Tuvieron dos hijos: Charles Jr., quien nació en 1925, y Sydney, llamado así por el hermano del cómico, nacido el año siguiente. El matrimonio se separó en 1927, mediante un arreglo por el que Chaplin le pagó a Lita más de 200 mil dólares. En el juicio, Lita lo había acusado de “inhumano” y de obligarla a realizar tríos sexuales.
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La tercera, Paulette Goddard, tenía 22 años y era una actriz consagrada cuando conoció a Chaplin. Se casaron en 1933 y fue un matrimonio bastante duradero para los parámetros del actor y director, porque se extendió hasta principios de la década de los ’40. A diferencia de sus otras exesposas, Paulette jamás habló mal de Chaplin, bajo cuya dirección participó en Tiempos Modernos y El Gran Dictador.

Chaplin tenía más de 50 años cuando conoció a Oona, hija del dramaturgo y Premio Nobel Eugene O´Neill, en Nueva York. Ella había cumplido recién 17 años, pero había tenido dos relaciones amorosas importantes, una con el escritor J.D. Salinger, autor de “El guardián entre el centeno”, y con el actor y director Orson Welles. Se casaron sin que nadie lo supiera en Santa Bárbara el 16 de junio de 1943. No se separaron nunca y Oona lo acompañó en las buenas y en las malas: tanto en 1952 cuando Chaplin debió irse de los Estados Unidos por las acusaciones de “comunista”, como en 1971, cuando la reina Isabel II le otorgó el título de caballero. Tuvieron ocho hijos: Geraldine, Michael, Josephine, Victoria, Eugene Anthony, Jane, Anette y Christopher.
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“Secuestrado” y recuperado
Todos, menos Geraldine, estaban reunidos en la residencia suiza cuando Charles murió la madrugada del 25 de diciembre de 1977. No sabían que, después de muerto, su padre – o, mejor dicho: los restos de su padre – protagonizarían un episodio delictivo digno de una de sus películas. Cumpliendo los deseos de Chaplin, Oona organizó una ceremonia íntima para el entierro de sus restos en el pequeño cementerio de Corsier-sur-Vevey. Solo los familiares y algunos amigos muy cercanos pudieron participar. Cuando todo terminó, se alejaron tristes pero convencidos de que, después de una vida larga, productiva y ajetreada, Charles podría descansar en paz.
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Pero si los muertos realmente descansan, a Charles Chaplin ese descanso le duró muy poco. La noche del 1° al 2 de marzo de 1978, dos mecánicos extranjeros, el polaco Roman Wardas y el búlgaro Gandscho Ganev, se colaron en el cementerio en busca de una lápida blanca en la que se leyera “Charles Chaplin (1889-1977)”. Una vez que la encontraron, excavaron durante dos horas hasta que dieron con el ataúd de roble de unos 150 kilos, lo cargaron en una furgoneta y se lo llevaron sin rellenar el hueco que habían hecho en la tierra. Lo enterraron esa misma noche en un campo de maíz en Noville, cerca del lago y del cementerio. Después uno de ellos llamó a Oona O’Neill y le exigió 600.000 dólares para recuperar los restos de su marido.
La tajante negativa de la viuda sorprendió a los ladrones de tumbas, que ya creían tener el dinero en sus manos. Los días siguientes volvieron a llamar, bajando cada vez más la cifra del rescate. Una y otra vez recibieron la misma respuesta. Por eso volvieron a sorprenderse cuando el 15 de mayo – dos meses y medio después del robo del cadáver – Oona aceptó sus condiciones.
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Al día siguiente, un policía disfrazado de chofer se puso al volante del Rolls Royce de la familia Chaplin para entregar el supuesto rescate. Era la pieza visible de un vasto operativo policial para capturar a los secuestradores. No contaban con que el cartero del pueblo, al ver al Rolls Royce conducido por un desconocido, empezara a seguirlo en su bicicleta. La policía confundió al pobre hombre con uno de los delincuentes y lo detuvo. El operativo quedó desbaratado por esa confusión. El cartero les dijo que había seguido el auto porque, al ver a un conductor que no era el habitual, creyó que lo habían robado.
Al no recibir el rescate que debía entregar el chofer en un lugar desolado, los profanadores de la tumba de Chaplin volvieron a llamar por teléfono el 17 de mayo. Eso los perdió: la policía suiza había montado un operativo de vigilancia muy bien disimulado que abarcaba las 200 cabinas telefónicas que había en Vevey. Los atraparon a los dos juntos, pegados al teléfono. Ese mismo día indicaron dónde habían enterrado el cadáver de Chaplin y se lo pudo recuperar. En el juicio les dieron cinco años de cárcel a cada uno. Desde allí le escribieron una sentida carta a Oona pidiéndole perdón y confesando que lo habían hecho por necesidad, porque el dinero que ganaban no les alcanzaba siquiera para comer.
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Los restos de Charles Chaplin volvieron a ser depositados en su tumba original, pero el lugar del campo de maíz donde sus “secuestradores” lo mantuvieron oculto durante más de dos meses no quedó en el olvido. Alguien puso allí una lápida que hoy es el atractivo más curioso de Vevey. Sobre la piedra se puede leer una frase que bien podría tomarse como la última humorada del gran actor: “Aquí descansaron los restos de Charles Chaplin. Brevemente”, dice.
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