Imposible imaginar tanta furia desatada en el mar durante el tsunami que es recordado como el más devastador de la historia. Ocurrió un 26 de diciembre de 2004, luego de que un terremoto de 9.1 en la escala richter sacudiera la costa de la isla indonesia de Sumatra. Las olas rozaron los 50 metros de alto y golpearon lugares remotos hasta 7 horas más tarde. En por lo menos 12 países bañados por las aguas del Índico las consecuencias fueron dramáticas. Unas 275.000 personas murieron y otras miles desaparecieron entre las olas y los voluminosos escombros que entraban en las casas. La catástrofe natural obligó a millones de personas a ser desplazadas ya que muchos pueblos costeros quedaron bajo el agua.
Jannah tenía cuatro años y su hermano siete cuando fueron arrastrados por las gigantes olas que azotaron la provincia de Aceh, la más afectada. Ambos fueron arrancados de las manos de su madre Jamaliah, quien sobrevivió al desastre natural igual que su marido, Septi. La mujer durante diez años no volvió a saber nada de ellos y los dio por muertos.
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Miles de familias buscaron desesperadamente a sus seres queridos, como el caso de Jamaliah y su marido Septi Rangkuti, después de la catástrofe natural que arrasó con sus vidas. Trataron de identificar niños por medio de fotografías y programas informáticos. Muchos no pudieron volver a encontrarse.
La niña no había muerto. Ella y su hermano salvaron sus vidas aferrados a unas tablas de madera que los llevó hasta el archipiélago de Banyak, a 100 kilómetros aproximadamente de dónde vivían. En ese lugar fueron encontrados por una familia de pescadores, con los que vivieron un año. Después de ese lapso, uno de los pescadores decidió adoptar a la niña, porque no podía hacerse cargo de los dos. Y quedó bajo los cuidados de la madre de éste, es decir, su abuela adoptiva.
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Después del milagro de haber salvado sus vidas, ocurrió otro milagro. Un hermano de Jamaliah vio una nena en una aldea de la provincia de Aceh con un gran parecido a su sobrina Jannah. El hombre preguntó por ella y le contaron que era una víctima del tsunami. De manera que su hermana y cuñado viajaron de inmediato para confirmarlo. Apenas la vieron supieron que se trataba de su hija, le contaron a los medios de comunicación.
“Perdí a dos de mis hijos. Todo este tiempo me he estado preguntando dónde están. ¿Estarán vivos? El otro día uno de mis hijos volvió. Estoy muy feliz”, declaró Jamaliah a los medios.
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Después de 10 años de dar por muerta a su hija, y de tener grabado en la retina ese momento en que el mar se los llevaba, los padres tenían a Jannah frente a sus ojos. Tenía 14 años cuando volvieron a abrazarse. Cuando vieron su pequeña cicatriz en la ceja y un lunar en la cadera, no tuvieron ninguna duda de que era Jannah.

La mujer comprendió también que la adolescente tenía una madre adoptiva y que no debía romper ese vínculo tan importante para su hija, por lo que le propuso ir a vivir con ellos.
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Este encuentro milagroso le dio esperanza a la familia para dar con el paradero de su otro hijo, que presumían que se encontraba todavía en el remoto archipiélago al que habían llegado agarrados de una madera. Gracias al enorme interés mediático que generó el primer hallazgo de la hija de la familia pudieron encontrar al varón en una pequeña ciudad de la isla de Sumatra. Se supo que el adolescente, que ya tenía 17, había pasado años muy difíciles. Vivió durante años sin casa. Dormía en mercados y edificios abandonados. Sobrevivió a todos los retos desafiantes que le puso la vida.
“Recé cada noche, porque en mi corazón sabía que mi hijo estaba vivo”, le contó su madre a los periodistas.
Cuando las fotos empezaron a aparecer en programas de televisión, los dueños de un café en Payakumbuh, en la provincia de Sumatra Occidental, Lana Bestari y Windu Fajri se dieron cuenta que era el chico que estaban ayudando hacía meses. Solía dormir en la puerta del local y ellos le dieron comida y abrigo.
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Los huérfanos del tsunami
Después del tsunami, miles de niños quedaron huérfanos. No solo destruyó las viviendas y familias de locales, sino también de muchos turistas en hoteles enclavados a orillas del mar que disfrutaban de escenarios paradisíacos. Una de las tantas historias que dio vueltas al mundo fue la de los hermanos británicos Forkan, Rob, de 17 Paul, de 15, Matty, de 12 y Rosie, de 8, quienes llevaban una vida nómade. Después de pasar 4 años en India, celebraban en un hotel del sur de Sri Lanka, la Navidad junto a sus padres Kevin Forkan (54) y Sandra (40) para lo que sería su último día de aventura en Asia. Regresaban a Gran Bretaña porque la mayor de los hermanos se casaba.

La noche anterior a la tragedia sus padres se habían despedido con un ¡Feliz Navidad, chicos! Ellos narraron a los medios que Rob había intentado despertar a su hermano Paul porque había entrado agua sucia en el piso de la habitación del hotel. Quería avisarle para que no se le ensuciaran las cosas desparramadas en el piso, típico de cuarto de adolescentes. El hermano le contestó que lo dejara en paz. En ese momento, Paul vio que el agua se había empezado a retirar del cuarto, y que un viento sacudía las palmeras. De repente, el suelo empezó a temblar. Paul esta vez le gritó a su hermano para que se levantara. No hubo más tiempo. Las olas impactaron sin piedad contra el hotel. Sus padres murieron poniendo a salvo a los menores sobre un tejado. Todos los chicos sobrevivieron a la catástrofe y fueron adoptados por su hermana mayor. Escribieron un libro autobiográfico Tsunami kids (Los chicos del tsunami) sobre el infierno que vivieron en el paraíso.
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Las mafias al acecho
El desastre natural dio lugar a la aparición de mafias dedicadas al comercio de niños, aprovechando el caos. A las oficinas de Unicef de Malasia llegó un mensaje en el que se daba las claves para llegar a alguien que decía tener “300 niños huérfanos de Aceh en venta”. En ese momento, la Interpol estaba tras las pistas de un chico sueco y otro australiano que habían desaparecido de sus camas en un centro sanitario de Phuket. En Indonesia, una pareja había intentado apropiarse de un menor de 4 años que había sido registrado por ellos como herido para quedarse con una documentación acreditativa. Nadie tenía documentos, claramente.
No todos los chicos que desaparecieron se los tragó el mar. El padre de Fani Salsobila había pegado un cartel de “Se busca” en el Hospital Militar de Fahim, que ya se había convertido prácticamente en una morgue. Su hija de dos años y medio estaba con sus abuelos en la estación de micros intentando escapar hacia Kualasimpang donde se reunirían con los padres de la nena. El padre de Fani le dijo a ABC que en lo más profundo de su corazón sabe que la niña está viva y a salvo “con alguien de aquí que la tiene creyendo que hemos muerto o con alguien de afuera que se la ha llevado para siempre”. Se llegaron a calcular unos 35 mil chicos perdidos en este desastre, entre los robados y los criados por otras personas que pensaban que los chicos no tenían a nadie, como en el caso de Jannah.
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En los 17 campamentos que levantó Save the children en Yakarta, capital de Indonesia, detectaron a 43 chicos que se encontraban solos. La misión era encontrar primero con sus padres, parientes o alguien de su comunidad para recibirlos y en el último caso, darlos en adopción.
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