
Todo. La historia y la leyenda. Todo empezó con la foto de una campesina colgada en la vidriera de un estudio fotográfico en la Quinta Avenida. De Nueva York, claro.
La foto, en blanco y negro, no revelaba los ojos de la mujer: verdes como el trigo verde, y el verde, verde limón, como escribió Federico (García Lorca, sí).
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Pero en su caso y por cuanto sucedería en adelante, verdes como las esmeraldas. Aquellas tan caras y tantas, que ni siquiera recordaba cuántas había perdido después de una noche de juerga. De las mil noches y una noche de fandango, palmas, taconeo, gin, vodka y sexo en aquella España negra de los 50, del aterrador Generalísimo de voz de pito y menos piedad que una serpiente, de censura asfixiante, y de un Miguel de Unamuno que se murió de pena en una mazmorra por el pecado mortal de pensar… y decirlo. Pero vamos mucho más atrás…
Ahora estamos –imagínese– en una casucha de Brogden, Carolina del Norte, en la alta noche del 24 de diciembre de 1922. Nochebuena. Pero nada buena para los Garder (Jonas y Molly), porque acaba de llegarles su sexto hijo (a), y sembrar algodón y tabaco de sol a sol apenas llena los platos… Bautista Molly, católico Jonas, llaman Ava a la recién nacida. Ava Lavinia Gardner.
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Que no tiene un pan debajo del brazo, sino preludio de más penurias. Perdida la granja para siempre, Jonas se emplea en un aserradero, Molly torna a cocinera y ama de llaves, y más tarde, a sus 13 años y con un padre que acaba de morir, empieza a tomar clases de Secretariado. Porque no puede ni se permite otro rol: para una campesina en ruinas, demasiado…
En 1940, a sus 18 años y de una belleza “que no parece de este mundo”, como tantos famosos dirían de ella a lo largo de sus vidas, viaja a Nueva York para visitar a una hermana, casada con un fotógrafo. Serendipity. Casualidad feliz. El hombre la enfoca, hace clic, y cuelga esa imagen en su display. Una más, sí. Pero Ava. Y en una avenida por la que ambulan millones de almas por día…
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Una de ellas, Barnard Duhan. Oficio: cazatalentos de la Metro Goldwyn Mayer. Algo así como un embajador del Paraíso Terrenal… Que pregunta quién es esa chica, la encuentra, la cita, y Ava sale de allí… ¡con un contrato de siete años!

Pero primero, clases de arte dramático y de dicción, porque su acento del sureste norteamericano y la pantalla de plata son enemigos irreconciliables. En su filmografía –50 películas en 44 años de carrera–, tímida, ignota, aparece la primera: Joe Smith, American, 1942. Año en que no es más que una partiquina con una ficha que dice “Ava Lavinia Gardner, un metro setenta, 92–50–92″. Todavía faltaba mucho para que un periodista del show business llevara a letras de molde la célebre definición: “Es el animal más hermoso del mundo”.
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Pero pronto, a la mejor manera de Hollywood, dos matrimonios. Con Mickey Rooney –que sería un ícono: actuó desde niño casi hasta los 94 años que vivió–, y con el rey del clarinete Artie Shaw.
Parejas fugaces: un año cada una. Pero un lustro más tarde, en 1951, boda con el hombre de su vida. Para bien. Para mal. Para desatar tormentas atronadoras y escándalos récord. Para amarse, odiarse, volver a amarse, no olvidarse jamás.
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Boda con Frank Sinatra. Ninguno de los dos volvió a repetir una pasión tan brutal. De ríos de alcohol. De sexo irrepetible, según ambos. Pero imposible de sostenerse en el tiempo. Frank fue exacto en explicarlo: –No podíamos seguir porque somos demasiado parecidos. Le faltó completar la definición: “en la locura”. El territorio definitivo (cielo e infierno) fue España.
Ava llegó allá para filmar Pandora y el Holandés Errante. Lugar: Tossa de Mar, en la Costa Brava. Y el país se metió en su sangre como "un dulce veneno": tres palabras dignas de una novelita de Corín Tellado…
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Bares infinitos (Chicote, un templo). Tablados gitanos. Noches corridas hasta que apuntaba el sol. ¡Los toros! Pero más (mucho más), los toreros. Como Mario Cabré primero y Luis Miguel Dominguín después. Sin secretos. A la vista. En toda la prensa. Con palabras de sinceridad brutal: –Me encanta España porque se parece a mí. Es violenta, rural, caprichosa…
Por supuesto, las noticias de sus correrías nocturnas, sus amantes, su desenfreno, llegan a las entrañas de Sinatra –cuya vida no era la de un monje cartujo, aclaremos–, que llega por primera vez a España en 1950 para encontrarse con Ava, ciego de ira y de celos, con seis cajas de Coca Cola y un collar de esmeraldas. Y es leyenda su amenaza: –Si te vuelvo a oír hablar de ese tipo, ¡los mataré a los dos!
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“Ese tipo” era Mario Cabré, que le dedicaba cada toro que mataba, como el Juan Gallardo de la novela Sangre y Arena a Doña Sol. En la película, Tyrone Power y Rita Hayworth.
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Humphrey Bogart, que filmó con ella La condesa descalza, le dijo: –No entiendo como una mujer semejante… ¡anda con un tipo que viste medias de seda y zapatillas de bailarina! Una tarde, antes de lanzarse a la parranda nocturna y beberse “todo el alcohol de cada barra” (frase de un biógrafo), recibió a un periodista: –¿Cómo una mujer como usted puede amar a un hombre como Sinatra, que pesa cincuenta kilos? –Porque siete son de carne, y cuarenta y tres de pene… Y se fue, como siempre, a emborracharse, a torear autos en el Paseo de la Castellana, a volver a su casa en el camión de la basura…

Por fin, en 1957, luego de seis años salvajes, se divorciaron. Pero nunca se olvidaron. Ni siquiera para el sarcasmo. Cuando ella se enteró de la boda de él con Mia Farrow, dijo: –Siempre supe que Frank acabaría en la cama con un muchachito…
Ava no fue una gran actriz (como Bette Davis, por ejemplo), pero tampoco lo necesitó: la belleza y el magnetismo bastaban. Pero además, a pesar de que jamás abandonó su desaforada vida, tenía una fuerza titánica. Según un famoso director, “aunque haya dormido una hora, es capaz de filmar durante diez, sin desmayo, y repitiendo exactamente sus líneas”. Ella lo explicaba así: –Son mis genes de campesina.
Pasaron por su cama varios de los grandes mitos del cine: Burt Lancaster, Clark Gable, Robert Taylor, Gregory Peck, Robert Mitchum. Etcétera. La tevé pasa raramente alguna de sus películas: una injusticia. Y las hay: Mogambo, dirigida por John Ford (¡nada menos!), en La noche de la iguana, by John Huston, Siete días de mayo, La condesa descalza, Las nieves del Kilimanjaro…
Quizá así se comprenda profundamente aquello del animal más hermoso del mundo. Que no fue, a juzgar por sus confesiones, el animal más feliz. Recordemos… “Siempre amé demasiado bien, pero nunca sabiamente”. “Llega un momento en que te has convertido en un viejo putón”. “Bebí todo el alcohol del mundo, pero no lo disfruté. Lo hacía para superar mi timidez”. “Actuando no valgo una mierda”. “Admiro a Greta Garbo. Cuando empezó su crepúsculo tuvo el valor de retirarse con dignidad” “En el fondo, Hollywood no era más que un barrio de Los Ángeles, con palmeras marchitas, edificios despintados, tiendas baratas y cines llamativos”. “Me duele que la vida me haya privado de la alegría de ser madre” “Quiero vivir hasta los 150 años, pero el día en que muera, que sea con un cigarrillo en una mano y un whisky en la otra”.

Pero vale la pena, por sobre ese libro de citas que nunca se publicó, recordar el mayor homenaje al hombre que realmente amó: "Frank Sinatra tenía algo en su voz que sólo oí en dos personas: Judy Garland y María Callas. Una calidad que me hace llorar de felicidad, como un atardecer hermoso o un coro de niños cantando villancicos"
Se fue temprano del mundo: en Londres, el 25 de enero de 1990, a sus 67 años. La mató una neumonía. Fumaba desde los 8 años. Eso y el alcohol no ayudaron… Lo último que le oyó decir su ama de llaves fue “estoy cansada”. Sinatra murió ocho años después. El cuerpo de Ava yace en el Sunset Memorial Park de Smithfield, Carolina del Norte. La misma tierra en que nació.
(Esta nota de Alfredo Serra se publicó en Infobae en 2018)
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