
Dos niñas y un niño pastorcitos caminaban por la aldea portuguesa de Fátima cuando tuvieron una experiencia que cambiaría la historia del lugar y la de ellos. Era 1917 cuando Lucía dos Santos, de 10 años, y sus primos Francisco y Jacinta Marto, de 8 y 7, dijeron haber presenciado una serie de apariciones místicas desde el 13 de mayo, que se repitieron hasta octubre. Lo que inicialmente fue el relato de tres pequeños de una zona rural terminó convirtiéndose en uno de los episodios religiosos más conocidos del siglo XX: los llamados “tres secretos de Fátima”.
Según contaron las niñas y su primo, la Virgen María les transmitió mensajes vinculados a la guerra, la oración y el futuro de la Iglesia. Hablaban de advertencias sobre un nuevo conflicto a nivel mundial y referencias a Rusia, en un contexto marcado por la Revolución rusa de 1917. Décadas más tarde, la atención se concentró especialmente en una supuesta visión relacionada con un atentado contra un papa, que años después el Vaticano interpretó como una referencia al ataque sufrido por Juan Pablo II el 13 de mayo de 1981, coincidiendo con el aniversario de la primera aparición.
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La vida de los pastorcitos estuvo marcada por las consecuencias de su época. Francisco y Jacinta murieron pocos años después, víctimas de la gripe española que se expandió por Europa tras la Primera Guerra Mundial. Lucía ingresó en la vida religiosa y dedicó gran parte de su existencia a relatar y defender las apariciones de Fátima. Murió en 2005, a los 97 años, cuando el santuario construido en aquel antiguo lugar de pastoreo ya se había convertido en uno de los principales centros de peregrinación del catolicismo.

El año en que todo comenzó
A comienzos del siglo XX, la vida rural en Portugal transcurría entre campos, rebaños y caminos de tierra. En las pequeñas aldeas de Fátima y Aljustrel, los niños crecían acostumbrados al trabajo desde muy chiquitos. Tres de ellos, los primos Lucía Santos, Francisco y Jacinta Marto, pasaban largas horas cuidando ovejas en las colinas de la sierra, mientras intercalaban juegos infantiles y rezos improvisados. Nadie imaginaba que aquellos paisajes tranquilos y silenciosos terminarían ligados para siempre a uno de los hechos religiosos más discutidos y trascendentes del siglo XX.
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Todo comenzó en 1916, un año antes de las famosas apariciones de la Virgen. Mientras pastoreaban cerca de la Loca do Cabeço los tres niños vieron ante ellos una figura luminosa que se presentó como el “Ángel de la Paz”. Según el relato posterior de Lucía, ese “mensajero celestial” apareció envuelto en una luz intensa y les enseñó una oración de reparación y adoración. Quedaron profundamente impactados. La experiencia fue tan intensa que durante días apenas pudieron hablar sobre lo que habían vivido.
Las visitas del llamado Ángel de Portugal continuaron meses después. En una segunda aparición —según contaron—, el mensajero retó a los niños por distraerse en juegos y les pidió que ofrecieran sacrificios y oraciones por la conversión de los pecadores y por la paz. Europa estaba inmersa en la Primera Guerra Mundial y Portugal vivía un clima de fuerte inestabilidad política y social. Aunque los niños apenas entendían el conflicto, y las palabras del ángel parecían insertar esas experiencias dentro de un escenario mucho más amplio que el de su pequeña aldea.
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Inspirados por este llamado, los pastores comenzaron a interpretar el sacrificio no como un castigo, sino como una ofrenda de amor. Así, aceptaron con paciencia los rigores de su trabajo, como el sol que quemaba y la sed que pasaban mientras cuidaban a los animales. Y esa entrega pronto se volvió más activa y personal: renunciaban habitualmente a su merienda para dársela a niños más pobres que ellos, comían frutos amargos y llegaron a atarse cuerdas ásperas a la cintura para ofrecer ese malestar constante por la paz del mundo... Con estos gestos, lo cotidiano se transformaba en una herramienta espiritual, preparándolos para los eventos que estaban por venir.
La tercera aparición ocurrió hacia fines de ese año y sería la más impactante. Lucía relató que el ángel apareció sosteniendo un cáliz y una hostia suspendida en el aire, de la que caían gotas de sangre. Luego les enseñó nuevas oraciones y les dio la comunión. Aquella escena consolidó en los niños la idea de que estaban siendo preparados para una misión especial. Desde entonces comenzaron a practicar pequeños sacrificios cotidianos, ayunos y largas horas de oración, convencidos de que debían reparar las ofensas cometidas contra Dios, contarían después.
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Ocho meses más tarde, el 13 de mayo de 1917, ocurrió el episodio que transformaría para siempre la historia de Fátima. Mientras cuidaban sus ovejas en Cova da Iria, los niños afirmaron haber visto una intensa luz seguida de la aparición de una mujer vestida completamente de blanco. Lucía la describió como una figura resplandeciente “más brillante que el sol”. La mujer les pidió que regresaran al mismo lugar los días 13 de cada mes y les pidió rezar el rosario diariamente para alcanzar la paz y el fin de la guerra. A partir de ese momento, la vida de los tres niños cambió para siempre.

Secretos, persecuciones y profecías
Luego de esa primera aparición del 13 de mayo los niños intentaron mantener lo sucedido en secreto, pero la noticia comenzó a regarse por Aljustrel y Fátima. Jacinta, incapaz de contener la emoción, terminó contándoselo a su familia y allegados. Algunos vecinos creyeron en ellos, otros se burlaron y muchos pensaron que todo era una imaginación infantil. La madre de Lucía llegó a acusarla de mentirosa y blasfema, mientras el párroco local estudiaba los acontecimientos con mucha desconfianza, pensando que se trataba de una ilusión o, incluso, de una influencia demoníaca.
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A pesar de las críticas, el 13 de junio los niños regresaron a Cova da Iria y encontraron una pequeña multitud esperándolos. Según relataron, la aparición volvió a pedir el rezo diario del rosario y reveló que Francisco y Jacinta morirían jóvenes, mientras que Lucía permanecería más tiempo en la Tierra para difundir la devoción al Inmaculado Corazón de María. Durante aquella visión, Lucía aseguró haber visto un corazón rodeado de espinas, símbolo que luego se convertiría en uno de los elementos centrales del mensaje de Fátima.

Sin embargo, fue la aparición del 13 de julio la que marcó definitivamente la historia. Ese día, los niños afirmaron haber recibido el llamado “secreto de Fátima”, dividido posteriormente en tres partes. Primero, describieron una aterradora visión del infierno, poblado de almas y criaturas demoníacas. Luego, la Virgen les habría advertido sobre una nueva guerra aún peor si la humanidad no abandonaba el pecado. También habló sobre Rusia y la necesidad de su conversión, en un momento en que la Revolución Rusa todavía no había estallado oficialmente. Décadas más tarde, estas palabras serían interpretadas por muchos creyentes como una anticipación del avance del comunismo y de los grandes conflictos del siglo XX.
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Las apariciones empezaron a atraer cada vez a más personas y eso llamó la atención de las autoridades portuguesas, profundamente anticlericales. El 13 de agosto de 1917, el administrador del distrito, Arturo Santos, decidió intervenir. Engañó a los niños con la promesa de llevarlos hasta el lugar de la aparición y terminó secuestrándolos para interrogarlos. Fueron amenazados e incluso encerrados junto a presos comunes para obligarlos a revelar el supuesto secreto o retractarse públicamente. A pesar del miedo y de su corta edad, ninguno cambió su versión de los hechos.
Como los niños permanecieron detenidos el 13 de agosto, la aparición de ese mes ocurrió recién el día 19 en Valinhos, una zona cercana a Aljustrel. Allí, según relataron, la Virgen volvió a insistir en la necesidad de rezar y sacrificarse por la conversión de los pecadores. También prometió que en octubre realizaría un gran milagro visible para todos. Esa promesa comenzó a correr de boca en boca y transformó el fenómeno de Fátima en un acontecimiento nacional. Para septiembre, miles de personas acudían ya a Cova da Iria esperando presenciar algo extraordinario.
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El milagro del sol y el nacimiento de un símbolo mundial
El 13 de octubre de 1917 amaneció bajo una lluvia intensa. Desde la noche anterior, miles de peregrinos habían llegado a Fátima desde distintos puntos de Portugal. Campesinos, curiosos, periodistas, creyentes y escépticos se reunieron en Cova da Iria esperando el milagro prometido. Muchos observaban con ironía a los tres pequeños pastores, mientras otros rezaban convencidos de que asistirían a un acontecimiento sobrenatural. Cerca del mediodía, cuando la lluvia finalmente se detuvo, Lucía anunció que la Virgen había llegado.
Según el relato de los niños, la aparición se presentó una vez más como “Nuestra Señora del Rosario” y pidió la construcción de una capilla en aquel lugar. También insistió en la necesidad de la conversión y del arrepentimiento de la humanidad. Luego comenzó a elevarse lentamente mientras Lucía señalaba el cielo y gritaba a la multitud: “¡Miren el sol!”. Lo que ocurrió después quedó grabado como el episodio más famoso de Fátima.
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Miles de personas afirmaron haber visto al sol moverse de manera extraña en el cielo. Algunos dijeron que giraba sobre sí mismo como una rueda de fuego; otros aseguraron que cambiaba de colores o que parecía precipitarse hacia la Tierra. El fenómeno fue descrito incluso por periodistas de diarios anticlericales portugueses, que admitieron haber observado un comportamiento inusual del astro. Muchos presentes cayeron de rodillas aterrados, convencidos de que asistían al fin del mundo. Otros lloraban, rezaban o confesaban públicamente sus pecados en medio del barro.

Mientras la multitud observaba el llamado “milagro del sol”, los niños aseguraron haber visto nuevas visiones. Lucía relató apariciones de San José con el Niño Jesús y luego distintas imágenes de la Virgen. Para los creyentes, aquello confirmó el carácter sobrenatural de los acontecimientos. Para los escépticos, en cambio, el fenómeno podía explicarse por sugestión colectiva o efectos ópticos causados por mirar fijamente al sol. La controversia nunca desapareció y continúa hasta hoy.
Con el paso de las décadas, Fátima dejó de ser una pequeña aldea rural para convertirse en uno de los principales centros de peregrinación del mundo católico. Francisco y Jacinta murieron pocos años después, víctimas de la gripe española, tal como la Virgen había anticipado según los relatos. Lucía vivió hasta 2005 y dedicó gran parte de su vida religiosa a difundir el mensaje de Fátima.
Las revelaciones, especialmente el llamado “tercer secreto”, siguieron generando debates durante todo el siglo XX, incluyendo interpretaciones vinculadas al atentado contra Juan Pablo II en 1981. Más de un siglo después de aquellas visiones infantiles en las colinas portuguesas, Fátima continúa siendo un símbolo donde se cruzan fe, misterio e historia.

El diálogo que Lucía asegura haber tenido con la Virgen
El relato de Lucía dice: “Comenzamos a ir cuesta abajo llevando a las ovejas hacia el camino. Cuando estábamos en la mitad de la cuesta, cerca de un árbol de roble (el gran árbol que hoy en día está rodeado de una reja de hierro), vimos otro rayo, y después de dar unos cuantos pasos más vimos en un árbol de roble (uno más pequeño más abajo en la colina) a una señora vestida de blanco, que brillaba más fuerte que el sol, irradiando unos rayos de luz clara e intensa, como una copa de cristal llena de pura agua cuando el sol radiante pasa por ella. Nos detuvimos asombrados por la aparición. Estábamos tan cerca que quedamos en la luz que la rodeaba, o que ella irradiaba, casi a un metro y medio”.
Y transcribe el diálogo que asegura tuvieron con esa presencia:
—Por favor no temáis. No os voy a hacer daño.
—¿De dónde sois? —Lucía respondió por parte de los tres, como lo hizo durante todas las apariciones.
—Yo vengo del cielo.
La Señora vestía con un manto puramente blanco, con un borde de oro que caía hasta sus pies. En sus manos llevaba las cuentas del rosario que parecían estrellas, con un crucifijo que era la gema más radiante de todas. Quieta, Lucía no tenía miedo. La presencia de la Señora le producía solo felicidad y un gozo confiado.
—¿Qué queréis de mí? —preguntó Lucía.
—Quiero que regreses aquí los días trece de cada mes durante los próximos seis meses a la misma hora. Luego te diré quien soy, y qué es lo que más deseo. Y volveré aquí una séptima vez.

El llamado tercer secreto de Fátima fue divulgado durante la beatificación de Francisco y Jacinta, cuando el papa Juan Pablo II, a través del cardenal Ángelo Sodano, anunció la publicación del texto, con la hermana Lucía aún presente.
El mensaje describe una visión en la que el Santo Padre, junto a obispos, sacerdotes y fieles, asciende una montaña con una gran cruz en la cima, atravesando una ciudad en ruinas y rezando por los muertos, hasta ser asesinado junto a otros religiosos y laicos, mientras dos ángeles recogen la sangre de los mártires para irrigar a las almas que se acercan a Dios.
En 2017, el papa Francisco canonizó a los dos hermanos pastores el 13 de mayo. La ceremonia se realizó en el Santuario de Fátima, en Portugal, ante una multitud de aproximadamente 500.000 fieles. Este evento fue especialmente significativo porque coincidió con el centenario de las apariciones (1917-2017). Con este acto, Francisco y Jacinta Marto se convirtieron en los santos no mártires más jóvenes de la historia de la Iglesia Católica, habiendo fallecido a los 10 y 9 años, respectivamente.
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