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Muchas ciudades son como personas, y tienen rasgos distintivos, inconfundibles. Aunque en el caso de las metrópolis no sean faciales sino arquitectónicos. Así, como París tiene su torre Eiffel y su Arco de Triunfo, New York su Estatua de la Libertad, su Central Park y su puente de Brooklyn, Moscú su Kremlin y su Plaza Roja, Londres el Big Ben, el Puente de la Torre y la Millenium Wheel, La Habana tiene su Malecón.

Hay quien habla de la Plaza de la Catedral, o de la de la Revolución… pero sería imposible imaginar a la capital de Cuba sin su paseo junto a las olas. Una avenida que resume la contradictoria relación del país con las aguas que la envuelven.

Con su acera y su muro limítrofe, el malecón se extiende ininterrumpidamente de túnel a túnel, como dicen los habaneros: desde el que, al este, pasa por debajo de la entrada de la bahía, hasta el que lo hace por debajo del río Almendares, al oeste. Son más de ocho kilómetros y, como muchos capitalinos, puedo ufanarme de conocerlos cada metro. Con el aval extra que, en mi caso, concede el que desde hace casi cuatro décadas, varias veces a la semana, los recorro trotando, ida y vuelta, en shorts, zapatillas deportivas y a torso descubierto.

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Cuesta incluso pensar que, del medio milenio que este mismo año cumplirá La Habana, casi las cuatro quintas partes de ese lapso las pasó sin esa frontera vial entre mar y tierra. Pero, en efecto, durante los cuatro siglos de dominación española sólo el "diente de perro" —como llamamos en la isla a los accidentados arrecifes de roca caliza típicos de buena parte de su litoral— fue la única demarcación de la costa. Incluso hasta finales del siglo XVIII estaba prohibido talar el espeso bosque que en algunas zonas lo cubría (veto del que surgiría el nombre del barrio de El Vedado, por ejemplo), para no facilitar a los piratas el acceso a la entonces amurallada ciudad colonial.

Perla del dominio ibérico en el Nuevo Mundo: en su maravilloso puerto natural se reunían cada año los galeones provenientes de los diversos enclaves de Tierra Firme, para luego partir, en una sola y enorme flota, cargados del oro, la plata y mil otros tesoros de América que sostenían la corona de los Borbones.

Cierto: en algunas partes de la pétrea orilla se habían ya cavado pocetas que permitían a la población refrescarse con los baños marinos. Pero habría que esperar a 1901, ya expulsada España de sus últimas posesiones a este lado del Atlántico, Cuba y Puerto Rico, para ver iniciarse las obras de construcción del primer tramo del Malecón. Los trabajos comenzaron bajo el gobierno interventor y provisional del general norteamericano Leonard Wood, y discurrieron en cuatro etapas bien definidas, de las que puede cualquier interesado informarse en detalle con sólo consultar la providencial Wikipedia. En total se extendería por medio siglo, hasta culminar en 1952.

El atardecer de la isla desde el Malecón
El atardecer de la isla desde el Malecón

A la altura del parque Maceo, minimizado por la estatua ecuestre del general mambí, héroe de la lucha contra España, apodado "El Titán de Bronce" por su valor y condición de mulato, completa el panorama de fortificaciones coloniales el incluso más diminuto torreón de San Lázaro.

Por muchos años las efigies sobre broncíneos corceles de otros dos generales de las gestas cubanas de independencia jalonaron asimismo el malecón. Si bien hoy, además de la de Antonio Maceo, sólo queda la de Máximo Gómez, el dominicano que fuera máximo jefe militar de la epopeya, que se alza casi frente al castillo de La Punta. Pues las constantes penetraciones del mar decidieron el año pasado a la administración de La Habana a trasladar hasta la amplia Quinta Avenida, bien lejos de su emplazamiento original, la estatua ecuestre de Calixto García. Otro insigne general mambí que pudo haber sido el primer presidente de Cuba si no hubiera muerto de una repentina y sospechosa enfermedad durante su visita a los Estados Unidos en 1898, para las conversaciones sobre el destino de la isla.

La gran águila imperial de bronce que remataba el complejo fue derribada en 1961 por el propio Fidel Castro, dejando vacío el espacio en lo alto de las dos columnas… quizás esperando la paloma metálica de la paz que prometió enviar para sustituirla Pablo Picasso

Insoslayable es el monumento al crucero acorazado norteamericano Maine que, erigido en 1926 casi frente a la loma de Taganana, conmemora la misteriosa explosión de dicho buque de guerra en 1895. Aunque la gran águila imperial de bronce que remataba el complejo fue derribada en 1961 por el propio Fidel Castro, dejando vacío el espacio en lo alto de las dos columnas… quizás esperando la paloma metálica de la paz que prometió enviar para sustituirla Pablo Picasso, promesa que luego el artista malagueño jamás recordó.

En 1930, sobre esa loma se construyó el todavía hoy emblemático Hotel Nacional, que en sus casi 90 años de existencia ha alojado a personalidades como Winston Churchill, Ava Gardner, Nat King Cole, Yuri Gagarin y Johnny Weissmuller, entre otras decenas de famosos. Pero el sitio parecía marcado por el signo de la pólvora, pues pocos años después, en 1933, un grupo de altos oficiales del ejército allí refugiados durante la llamada Conspiración de los Sargentos fue reducido a tiro limpio. Aún pueden verse algunos agujeros de bala en los muros.

Música en el malecón (Shutterstock.com)
Música en el malecón (Shutterstock.com)

Y luego, en 1962, durante la Crisis de los Misiles, que los cubanos conocemos como Crisis de Octubre, en la cueva de Taganana, con una hermosa vista sobre el Malecón, se ubicó uno de los cuarteles generales desde el cual los líderes de la revolución aguardaban tensos si Kennedy daría o no la orden de usar armas nucleares contra la isla.

El Malecón habanero es mucho más que una avenida de cuatro carriles con monumentos y edificios a un lado y el mar al otro. Es escenario, museo al aire libre, pista deportiva, pasarela.

El Malecón habanero es mucho más que una avenida de cuatro carriles con monumentos y edificios a un lado y el mar al otro. Es escenario, museo al aire libre, pista deportiva, pasarela. Casi desierta durante las horas diurnas y más calurosas, a excepción de algún que otro turista distraído que desafía la insolación, al caer la tarde se convierte en uno de los sitios favoritos de los cubanos.

Se llena entonces su muro, de metro o metro y medio de alto a lo sumo, de pescadores con vara o con carrete. Es una raza especial: optimistas a prueba de bomba que perseveran durante horas, cuchicheando sobre esta o aquella carnada y disfrutando de la brisa de la tarde, mientras piropean a las muchachas que pasean a sus perros o se ríen de los fanáticos del footing que sudan en una u otra dirección. El piropo, tradición cubana que resiste todas las campañas contra el acoso sexual, florece entonces. Ellos les silban a ellas, les dicen cosas, lindas o no tanto. Y ellas sonríen, se molestan o a veces responden con la misma moneda.

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El muro sirve para mucho más que para pescar: es camino elevado por el que transitan encantados los niños, solos o del brazo de sus padres. Y el diván, sofá o banco más grande del mundo, según los habaneros, en el que se sientan las parejas o los grupos, a mirar el mar hasta que se pone el sol, y luego a darle la espalda, más pendientes de los transeúntes y vendedores que de las olas.

Es en la noche cuando el malecón alcanza su máxima actividad. Mirando a algún corredor trasnochado que aprovecha la profusa iluminación pública con LEDs recientemente instalada a lo largo del paseo costero, las familias salen a disfrutar del fresco nocturno.

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Los grupos de jóvenes estudiantes salen a reírse, beber y menearse al ritmo del último reguetón que atruena desde sus reproductores digitales. Los vendedores de rositas de maíz, dulces y cuanta chuchería o comida chatarra pueda imaginarse —y hasta algunas inimaginables—, a vocear su mercancía. Los músicos callejeros, victrolas humanas, guitarra en mano —aunque también se ven pequeños conjuntos con percusión e incluso trompetas y trombones—, buscan cubanos o extranjeros amantes de la música que les paguen unas monedas por tocar una canción. Lo mismo "Chanchán" de Compay Segundo que "Hasta siempre, comandante", de Carlos Puebla, sin olvidar la infaltable "Guantanamera". Pero también las de Juan Gabriel, José José y Roberto Carlos, los románticos latinos de siempre.

De noche, aunque las recientes y repetidas penetraciones del mar durante los últimos ciclones hayan arrancado buena parte del otrora liso revestimiento de la acera, convirtiéndola en un auténtico campo de obstáculos letal para cualquier zapato de tacón, las parejas y los grupos pasean a lo largo de la avenida. Conversando y bromeando de mil temas distintos, pero sobre todo viendo y dejándose ver.

El piropo, tradición cubana que resiste estoica todas las campañas contra el acoso sexual que han tratado recientemente de desterrarlo, florece entonces. Ellos les silban a ellas, les dicen cosas, lindas o no tanto. Y ellas sonríen, se molestan o a veces responden con la misma moneda.

El Malecón en la noche es el reino de la socialización. Hay zonas privilegiadas: la intersección con la avenida 23 ha sido por muchos años la principal: "Cayo Pluma" o "Chernobil", llegaron a llamarle, en referencia a la radiactividad y a la cherna, gran pez caribeño que nace macho y se vuelve hembra al crecer: clara alusión a la cantidad de homosexuales que se reunían allí, sobre todo las noches de viernes y sábados.

Sentarse de noche en el muro del Malecón habanero, a mirar el mar y de espaldas a la calle, como muy pocos cubanos hacen, es una experiencia extraña. Se requiere concentración. Hay que pasar por alto las latas, botellas y envoltorios vacíos de comida que despreocupadamente, o porque los depósitos de basura están muy lejos, tira la gente al arrecife. Ignorar a los acróbatas de la micción que, ante la falta de baños públicos, descienden el muro para dejar su ofrenda en las olas. Y no mirar a las ratas que se dan un festín con los restos dejados por los humanos.

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Así, al rato, se entra en comunión con lo único imposible de ignorar: el mar. Ese movimiento oscuro y líquido, que adormece con su rítmico vaivén. A la distancia se ven las luces de los pescadores, casi todos en balsas de trozos de espuma de poliestireno. Hay muy pocas auténticas embarcaciones. En Cuba tener un bote es mucho más complicado que un auto, que ya no es fácil. El gobierno, por 60 años siempre preocupado porque sus ciudadanos no abandonen ilegalmente su paraíso socialista, aventurándose a cruzar las 90 millas del impredecible estrecho de La Florida en balsas o canoas rústicas para llegar a Miami, desestimula casi obsesivamente la posesión de embarcaciones a sus ciudadanos.

Pero abre los brazos a yates y cruceros de otras naciones: porque traen las valiosas divisas. Hasta hace poco, cuando el presidente Trump puso trabas legales casi infranqueables para los cruceros, los cubanos disfrutábamos ver entrar o salir los grandes barcos llenos de turistas, más ansiosos de mulatas, mojito y maracas que de conocer la verdad sobre la isla. Podíamos soñar con algún día subir a bordo de uno e esos barcos y viajar lejos. Desde hace semanas, ni eso.

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¿Qué queda, entonces, para los soñadores o los inconformes en la patria de Martí y Castro? Sentarnos en el Malecón, mirar las olas… Tal vez pensar que al otro lado está Miami, que muchos definen como una versión de La Habana con tarjetas de crédito y wifi. Y asumir con filosófica resignación que, como islas en el mar, como el Malecón y las olas, parecemos condenados a vivir siempre separados por lo que nos une, a la vez que unidos por lo que nos separa.

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*Yoss (José Miguel Sánchez Gómez) nació en La Habana en 1969. Escritor de más de 30 obras, entre novelas, nouvelles y cuentos, de ciencia ficción. Autor también de crónica y ensayo, es conocido en el mundo por las traducciones —al inglés, italiano, francés, alemán, ruso y chino, entre otros idiomas— de "Súper Extra Grande" y "Se alquila un planeta". Recibió premios en Cuba, España y Francia; fue incluido en antologías y es, a su vez, editor de otras. Es, posiblemente, el único heavy metal de Cuba, y como tal cantó en la banda Tenaz.

 

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