
El tucumano Juan Bautista Alberdi lo hizo. Sabía que se había embarcado en una carrera contrarreloj. Como embajador plenipotenciario de la Confederación Argentina, nombrado por su presidente Justo José de Urquiza, realizó gestiones para que España reconociese a la Confederación Argentina y de paso demostrar que los grandes países del viejo continente negociaban con la Confederación y no con el Estado de Buenos Aires, que también tenía sus diplomáticos acreditados, buscando metas similares.
Luego de la caída de Juan Manuel de Rosas el 3 de febrero de 1852 y, como oposición al proyecto constitucional del vencedor Urquiza, el 11 de septiembre de 1852 hubo una revolución porteña que marcó la separación del Estado de Buenos Aires. El país había quedado partido al medio.
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Desde 1843, Alberdi vivía en la ciudad chilena de Valparaíso, donde se ganaba la vida como abogado. Al enterarse del cambio de régimen en nuestro país, solo demoró un par de semanas redactar las “Bases y puntos de partida para la organización política de la República Argentina”, y se lo mandó a Urquiza, quien le vino como anillo al dedo para el proyecto de constitución, que sería sancionado el 1 de mayo de 1853.
Alberdi embajador
Cuando Urquiza asumió la presidencia le ofreció la cartera de Hacienda, que Alberdi rechazó, pero sí aceptó ser embajador plenipotenciario en España, Francia y Gran Bretaña. El Estado de Buenos Aires había hecho lo propio y su ministro de relaciones exteriores comisionó a Mariano Balcarce y a Juan Thompson a contrarrestar a Alberdi.
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En abril de 1855 partió de Valparaíso con un encargo muy especial: debía lograr que los países europeos reconociesen a la Confederación Argentina antes de que lo hicieran con el Estado de Buenos Aires.

En viaje a Europa, realizó una escala de un mes en los Estados Unidos, donde indagó sobre algunas cuestiones de índole económica y comercial y estudió las facilidades que ese país daba para recibir inmigrantes europeos, entre otras cuestiones.
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La actividad de Alberdi en Europa
Durante su estadía europea, el 17 de octubre de 1857 fue a visitar a Rosas en Southampton. Por él supo que Urquiza era quien lo ayudaba monetariamente, y Alberdi le ofreció sus servicios cuando el ex gobernador le manifestó sus deseos de escribir sus memorias.
Reinaba España Isabel II, hija de Fernando VII, quien se había quedado con la sangre en el ojo al no poder recuperar sus dominios en América del Sur. La futura reina había nacido el 10 de octubre de 1830 y cuando su papá falleció el 29 de septiembre de 1833, su mamá María Cristina de Borbón se transformó en regente. Por cuestiones de la dinámica política, Isabel II asumió su reinado en 1843, con 13 años.
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Desde que Argentina había declarado la independencia, el 9 de julio de 1816, España no la había reconocido. El que había dado el puntapié inicial había sido Chile el 5 de febrero de 1819, luego Portugal el 16 de abril de 1821, siguiendo con Estados Unidos el 4 de mayo de 1822 y Gran Bretaña el último día de 1824, con el que se suscribió un importante tratado con amplios beneficios para ese país.
Fue el 22 de junio de 1860 que la monarca española finalmente reconoció la independencia, 44 años después de ser declarada. El tratado de reconocimiento, paz y amistad de 11 artículos establecía que “la República o Confederación Argentina” era una “nación libre, soberana e independiente”. España renunciaba para siempre a su soberanía.
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Fue una larga y durísima negociación, en la que se debatieron dos temas controvertidos: el tema de la nacionalidad y las deudas de la época del virreinato, antes y después del 25 de mayo de 1810. Con respecto al primero, España pretendía que los hijos de españoles nacidos en estas tierras conservasen la nacionalidad española, pero terminaría primando el criterio establecido en la ley 145, sancionada el 7 de octubre de 1857, que consignaba que eran argentinos los nacidos en territorio argentino y que los hijos de extranjeros podían optar por la nacionalidad de sus padres.

Por otra parte, la Confederación reconocería como propias las deudas contraídas antes del 25 de mayo de 1810 en lo que era el territorio argentino, excluyendo a Bolivia y Paraguay, entonces pertenecientes al virreinato.
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Alberdi cerró las complejas y arduas negociaciones con Saturnino Calderón Collantes, un aristócrata y político español de 61 años, quien ocuparía diversos ministerios a lo largo de sus años.
El tratado se firmó el 9 de julio de 1859, exactamente 43 años después de la declaración de la independencia. Fue ratificado por el Congreso el 25 de febrero de 1860 mediante la ley 228 y luego aprobado por la reina.
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Sin embargo, la cambiante dinámica de un país en formación sería nociva para Alberdi. Cuando el 17 de septiembre de 1861 se produjo el triunfo porteño en la batalla de Pavón y Bartolomé Mitre asumió la presidencia, con Buenos Aires integrada, su suerte cambió.

Mitre lo despojó de su cargo y los años de sueldos que le adeudaban quedaron en el limbo eterno. Su único ingreso fue un alquiler de una propiedad que poseía en Chile.
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Cuando estalló la guerra de la Triple Alianza, fue un férreo defensor del Paraguay. Algunos creyeron que su libro “El Crimen de la Guerra”, de 1870, fue un alegato contra este conflicto bélico. En realidad, el tucumano denunciaba que ninguna guerra era justa, alertaba sobre el negocio que se movía detrás y, como adelantado a su época, proponía la creación de tribunales arbitrales para la solución de conflictos.
Fue tal la oposición -fue tildado de traidor- que debió marchar nuevamente al exterior. Vivió en Francia y a su regreso ya estaba cansado, solo, con su carácter más melancólico que nunca. En 1879 obtuvo una candidatura a diputado nacional por Tucumán y se desempeñó como vicepresidente del cuerpo. “La omnipotencia del Estado es la negación de la libertad individual”, fue el texto que había preparado, y que un colaborador leyó el 24 de mayo de 1880, cuando fue homenajeado en la Facultad de Derecho y se le otorgó el honoris causa.
Mitre y Sarmiento contra Alberdi
Tanto Mitre como Sarmiento se habían ocupado de hacerle la vida imposible. El primero por su abierta oposición a la guerra del Paraguay y el segundo por la aguda polémica que ambos habían mantenido apenas caído Rosas y que quedó para la historia en las Cartas Quillotanas y Las Ciento y Una, aunque con el sanjuanino haría las paces.
Una úlcera gástrica lo tenía a maltraer. Hizo las valijas y partió nuevamente hacia Francia y en el viaje en barco, sufrió un ataque cerebro vascular que le inmovilizó un brazo y una pierna.
Acompañado por Angelina, su ama de llaves de siempre, ocupó un departamento en un segundo piso de la calle Richepanse. Aún conservaba gran parte de un característico pelo lacio, ya canoso. Caminaba con cierta dificultad, arrastrando la pierna y, tal como estaba de moda entonces, concurría a los baños termales.
No tardó en aparecer síntomas de senilidad y fue internado en un asilo de Neuilly-sur-Seine, donde solo lo visitaba su ama de llaves. No tenía a nadie en ese país, y nunca reconoció a un hijo que había nacido en Montevideo.
Sus “Obras completas” fueron editadas a instancias del presidente Roca quien, ya viviendo sus últimos días de vida, le otorgaría una pensión, de la que nunca se enteraría.
Murió el 19 de junio de 1884 y fue sepultado en el cementerio de Père Lachaise. El presidente Miguel Juárez Celman dispuso la repatriación de sus restos en 1889, los que llegaron a bordo del vapor Azopardo.
Llevado al cementerio de la Recoleta, hace algunos años, descansa en la casa de gobierno de su provincia natal, en un país donde había estado alejado por años. Demasiados.
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