
Era similar a un castillo de naipes, y solo bastaba una simple brisa para derrumbarlo. Así se presentaba el andamiaje político en 1819 en las Provincias Unidas. Es que los caudillos que asomaban en el interior, empeñados en terminar con la política centralista de Buenos Aires, habían dicho basta.
En julio de 1816 habíamos declarado la independencia, pero muchas cuestiones quedaron pendientes, como la forma de gobierno a adoptar. A comienzos del año siguiente el congreso se trasladó a Buenos Aires y se transformó en el brazo legislativo del Directorio, la forma de gobierno creada por la Asamblea del Año XIII.
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El detonante fue la sanción, en 1819 de una constitución de corte unitaria, pro monárquica, que rechazaba las autonomías provinciales y que se arrogaba el derecho de nombrar gobernadores, contenido que fue rechazado de plano por las provincias.

El hueso duro de roer para Buenos Aires fue el litoral, que desde 1815, batallaba codo a codo junto a José Gervasio de Artigas en la Liga Federal. El caudillo oriental se desdoblaba por combatir los intentos portugueses de apoderarse con la Banda Oriental y las aviesas intenciones de los doctores de Buenos Aires.
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Los gobernadores de Santa Fe, Estanislao López y de Entre Ríos, Francisco Ramírez, en acuerdo con Artigas, decidieron marchar sobre Buenos Aires para hacer sentir su poder y descontento. Además, querían cortar con supuestas negociaciones que incluían la coronación del Príncipe de Lucca -pariente de Fernando VII y con vinculaciones con las monarquías francesa y austríaca- como rey de las Provincias Unidas, tal como se rumoreaba entonces, y que incluían una garantía de España de no enviar un ejército a hacer escarmentar a los que en 1810 y 1816 se habían levantado contra la madre patria.
José Rondeau, nombrado por unanimidad Director Supremo luego de que Pueyrredón presentase su renuncia tres veces, no le quedó más remedio que hacerse cargo del caos, porque cuando fue designado quiso dimitir, pero no le dieron opción. Era un militar de 46 años, veterano de las invasiones inglesas y como jefe del Ejército del Norte.
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Cuando supo de los preparativos militares de los dos gobernadores, Rondeau le avisó a los congresistas que se pondría al frente de un ejército para salirles al encuentro antes de que llegasen a la ciudad. Lo reemplazó en el gobierno Juan Pedro Aguirre, alcalde de primer voto.
El general llamó al Ejército del Norte, unidad seriamente golpeada luego de la dura derrota de Sipe-Sipe, en la que se perdió definitivamente el Alto Perú. En Tucumán había quedado una guarnición y el grueso de los hombres habían sido destinados a disciplinar a los díscolos del interior. Sin embargo, en su marcha hacia Buenos Aires, el 7 de enero se sublevó en la posta santafesina de Arequito, porque no deseaban involucrarse en una guerra civil y manifestaron su intención de regresar al norte.
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Para colmo, se sumó a los rebeldes de Arequito otras unidades. Tal era el efecto contagio, que San Martín le ordenó a Alvarado, en Mendoza, que con sus hombres cruzasen los Andes para evitar una posible adhesión.

Rondeau sabía que contaba con las de perder: enfrentaría a los caudillos con tropas sin experiencia y con mucha milicia, carentes del entusiasmo que desbordaba en el enemigo provinciano.
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El director supremo eligió la Cañada de Cepeda para hacerle frente a los caudillos. El arroyo Cepeda es un afluente del Arroyo del Medio, límite natural de las provincias de Santa Fe y Buenos Aires. Ambos ejércitos chocarían a unos treinta kilómetros de la ciudad de Pergamino y a cinco kilómetros al este del pueblo de Mariano Benítez, donde actualmente funciona un museo que recuerda esta batalla y la de 1859.
Ramírez y López, quienes se habían reunido en Coronda para planear la estrategia, estaban al frente de unos 1700 hombres, entrerrianos y santafesinos, más algunos centenares de indígenas del Chaco austral. Las fuerzas de Buenos Aires estaban compuestas de un millar de hombres de caballería y unos 900 de infantería, entre ellos muchos voluntarios.
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Rondeau plantó sus fuerzas en la margen sur del arroyo, con una disposición clásica. La infantería y la artillería al centro y la caballería a los flancos. Por las dudas, su retaguardia la cubrió con una formación de carretas.

Las fuerzas provinciales quedaron al mando del entrerriano Ramírez, quien peleaba con una caballería disciplinada e instruida, era famoso por su capacidad de conducción y de táctica militar.
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Al ver la formación dispuesta por Rondeau, la rodeó y la atacó por la retaguardia, sin darle tiempo a dar vuelta la artillería.
El combate duró minutos porque en un santiamén la caballería porteña fue desbandada. La que resistió fue la infantería que, formada en cuadro, contuvo algunos embates, dando tiempo a Juan Ramón Balcarce a dirigir el resto del ejército hacia San Nicolás de los Arroyos, donde embarcaron hacia Buenos Aires.
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Rondeau, desprestigiado, entró tres días después a la ciudad sin que nadie lo viera y se encerró en su casa. Cuando renunció, dijo hacerlo como prenda de paz. El general Miguel Soler asumió el mando de las fuerzas y pidió disolver el congreso, cosa que los diputados debieron aceptar, a regañadientes.
Esto provocó la caída del Directorio y asumió como gobernador provisorio Manuel de Sarratea. Los caudillos y éste suscribieron, el 23 de febrero el Tratado del Pilar, uno de los “pactos preexistentes” mencionados en la Constitución, el primero en reconocer el sistema federal, y que obligaba a Buenos Aires a organizarse como una provincia en igualdad de condiciones con las demás.
Dos días después, Ramírez y López horrorizaron a los porteños -los llamaban “los anarquistas”- cuando llegaron a la ciudad y ataron sus caballos a la reja que rodeaba a la Pirámide de Mayo.
Fue condición de los caudillos de que Buenos Aires se organizase como provincia: hasta entonces mantenía un status similar a la de gobernación-intendencia, como en la época virreinal. Así surgió una Junta de Representantes, integrada por diputados de la ciudad y más tarde de la campaña.
Todo lo que se había empezado a construir en 1810 parecía irremediablemente perdido. Hubo suerte: el ejército español que iba a ser enviado a América para reprimir el movimiento independentista se había sublevado el 1 de enero.
Sin embargo, vendrían meses de caos institucional en ese maltratado país que peleaba contra sus propios fantasmas.
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