
Las calles rebosaban algarabía y ornamentas punzó el 13 de abril de 1835: ese día, Juan Manuel de Rosas se consagraba nuevamente como gobernador de Buenos Aires. Sin embargo, con los años aquel entusiasmo se fue diluyendo aunque el Restaurador supo mantenerse al frente haciendo uso de ciertos mecanismos que vale la pena repasar.
Desde el principio, Rosas mantuvo un férreo control sobre la prensa. Además, todo documento oficial era encabezado por la frase "Viva la Santa Federación. Mueran los salvajes unitarios". E inmediatamente aparecieron listas negras de opositores: quienes figuraban allí podían terminar en el exilio o en una fosa común. Sus bienes eran siempre confiscados.

A lo largo de los años su poder se extendió fuera de los límites de su distrito. Las provincias fueron otorgándole a Rosas diversas potestades, principalmente a través de pactos. El caudillo manejó así las relaciones exteriores -es decir, sólo él representaba a todos en el exterior- y el derecho a intervención. Aunque según el Pacto Federal (1831)- base de estas relaciones – antes de inmiscuirse en alguna provincia Rosas debía reunirse con el resto y tomar una decisión conjunta, en los hechos sólo consultó con el Estanislao López, gobernador de Santa Fe.
Al morir López en 1838 nadie limitó a Rosas, quien intervino localidades a su antojo. Se podría afirmar que fue un presidente de hecho pues, a lo ya detallado, sumó el poder de juzgar crímenes políticos contra la nación, el derecho a resolver sobre cuestiones de límites provinciales, el ejercicio del patronato nacional, el derecho a dar indultos, el control sobre el tráfico fluvial de los ríos, la concesión de permisos para entrar al país y la jefatura de los ejércitos federales en todo el territorio.

Con Rosas al mando no solo se debía ser oficialista, además tenía que demostrarse. Por ejemplo, llevar bigote acompañado por patillas era símbolo de federalismo. En caso de no tenerlo, hubo varios que optaron por usar un postizo mientras que otros llegaron a pintarlos con corcho quemado.
Intrépidamente el Restaurador buscó integrar sus distintivos al ritual patrio por lo que ser rosista se convirtió, con el tiempo, en sinónimo de ser argentino. Es por eso que la característica divisa punzó debía llevarse "junto al corazón" por decreto.

Además, existieron todo tipo de accesorios rojos -color que identificaba al bando federal- y estampados con imágenes de la familia Rosas o frases oficialistas, como si se tratase de un monarca.
Domingo Faustino Sarmiento escribió al respecto: "Rosas (…) reviste, al fin, la ciudad de colorado: casas, puertas, empapelados, vajillas, tapices, colgaduras, etc., etc. Últimamente, consigna este color oficialmente, y lo impone como una medida de Estado". Entre estos objetos había guantes, pañuelos, abanicos, chalecos, corbatas, moños, libros, etcétera.
Astutamente el gobernador de Buenos Aires se valió del único medio que existía entonces para llegar a todos: la Iglesia católica. En los templos llegó a sustituirse el celeste de la Inmaculada Concepción por el rojo. Algunos sacerdotes iniciaban las misas exclamando: "Si hay entre nosotros algún salvaje unitario, que reviente". Tras la celebración siempre se daba un sermón contra los enemigos de la Santa Federación.

La imagen del líder se encontraba por todas partes, en las paredes de los santuarios, en los despachos políticos y hasta en el forro de los sombreros. Muchos artistas lo apoyaron y representaron ejecuciones de unitarios sobre las tablas.
Por otra parte, Rosas sumó adeptos con el uso político de los muertos, con lo que inauguró una tradición aún vigente. El caudillo comenzó por hacer desenterrar a Manuel Dorrego y homenajearlo. Se mostró entonces como un federal convencido y continuador del fallecido, ante una sociedad aún conmocionada por su fusilamiento. Así fue empoderándose de prestigios ajenos y, a través de los años, realizó ceremonias similares con los restos de Cornelio Saavedra, Feliciano Chiclana, Miguel Matheu, Gregorio Funes, Gregorio Perdriel, Marcos Balcarce y Juan José Paso.
Además de estos métodos de adoctrinamiento, Rosas utilizó el terror para controlar, disciplinar y eliminar. En mayor o menor medida ese instrumento fue siempre parte de su sistema, por el que estableció un verdadero "Estado homicida". Contaba para esto con la Sociedad Popular Restauradora -que identificaba opositores- y su brazo armado: la Mazorca.
Temerosa, la elite porteña comenzó a incorporarse a estos espacios para demostrar apoyo. En cuanto a los mazorqueros, en su mayoría se trató de policías y criminales que terminaron fusilados arbitrariamente después de la caída de Rosas, casi todos sin juicio previo ni oportunidad de defenderse.

Entre 1839 y 1842, con la inestabilidad política aumentó la paranoia. En este período se asaltaron hogares a medianoche y se degollaron a padres de familia delante de sus mujeres e hijos. A uno de ellos, cuenta un testigo, después de degollarlo, se lo colgó desnudo, pero con medias rojas en la actual esquina de Cerrito y Corrientes, en pleno centro porteño.
Estas fuerzas no siempre llegaban al asesinato, pero golpeaban a las mujeres y se llevaban a los hombres para azotarlos. Robaban todo lo que podían y lo que no podían llevarse era destruido.
El historiador Vicente Quesada relató muchas historias que conoció entonces, siendo un niño. Entre ellas la de José María Salvadores quien, al saberse buscado por la Mazorca, se escondió en el sótano de su casa durante doce años. Sobrevivió gracias a su esposa y salió pocos días después de la Batalla de Caseros, en 1852.
Según se pudo reconstruir, la Mazorca actuaba con cierta independencia. No todo el tiempo Rosas señalaba a quiénes debían atacar. Sin embargo, el Restaurador siempre consintió su accionar y cuando le pareció oportuno ordenó que los asesinatos cesaran.
Las familias no podían estar tranquilas nunca: una empleada doméstica que delataba a sus patrones unitarios obtenía la libertad si era esclava y recompensas cuantiosas en caso de ser libre.

La saña de la Mazorca no finalizaba tras la muerte. En muchos casos tomaban partes de los cadáveres de las víctimas y las disecaban, como trofeos bestiales. En su sala, sobre el piano, Rosas expuso durante años las orejas del coronel Facundo Borda. También le llegaban cabezas enemigas de distintas partes del país.
De este modo, combinando adoctrinamiento y terror, Rosas sometió al país durante décadas, con lo que se convirtió en un paradigma para algunos y un modelo a combatir para otros.
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