
¿Una novia de Jorge Luis Borges en las listas negras de la dictadura? ¿Es posible que el escritor -el que fue a comer con Jorge Rafael Videla, el antiperonista acérrimo, el que se autodefinía como un “anarquista conservador”- se hubiera enamorado de una mujer con ideas o acciones que explicaran que la hubieran clasificado como “Fórmula 4″?
Fórmula 4 era -según uno de los documentos de la dictadura que forma parte del conjunto que se ha desclasificado- quien tenía “antecedentes ideológicos marxistas”.
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La mujer que así había sido clasificada es una escritora: Estela Canto. Y sí, en 1956 se había afiliado al Partido Comunista.
Estela y Jorge Luis se habían conocido en 1944 en la casa de Adolfo Bioy Casares. Según cuenta ella misma en Borges a contraluz, la primera vez que se vieron no pasó nada. A ella, él le pareció menos atractivo aún de lo que esperaba. Y cuenta Canto:
“Yo no le impresioné a él ni bien ni mal. Cuando Adolfito nos presentó, me tendió la mano con aire desatento e inmediatamente dirigió sus grandes ojos celestes en otra dirección. Era casi descortés. E inesperado”
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Claro que era inesperado. Canto era atractiva, morena delgada de ojos negros. Y era, también, rebelde, con ansias de aventura y libertad sexual. Cuando se conocieron, él tenía 45 años y ella, 28.
Hizo falta otro encuentro y una larga caminata para que una chispa se prendiera. Sobre todo, en el corazón de él, que le dedicó su cuento El Aleph. Y que le escribía cosas como:
“Querida Estela:
Te debo las mejores y quizá las peores horas de mi vida y eso es un vínculo que no puede romperse. Además, te quiero mucho.
Estela, Estela, quiero estar contigo, quiero estar silenciosamente contigo. Ojalá no faltes hoy a Constitución.
Georgie."
Cómo siguió eso, ya se sabe. Él le propuso casamiento. Ella le dijo que antes se tenian que acostar. No se casaron.
Una mirada de izquierda
Canto había nacido en 1915 en una familia proveniente del Uruguay. Habían sido terratenientes pero para cuando ella se encontró con Borges eso era cosa del pasado. A fines de la década del 30, la joven había trabajado incluso como bailarina “por pieza” en locales bailables.
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Ella misma narraría: “Había llevado una vida agitada y me sentía atraída por la aventura. Además, pertenecía a un medio social que no era el de las mujeres que conocía Borges (…) yo era una mujer que había estado trabajando desde los veinte años. Había pasado por oficinas, había hecho un poco de publicidad, corretajes, había pasado brevemente por estudios de cine y estaciones de radio y me había ganado la vida, bastante mal, a decir verdad, pero esto me había dado cierta independencia”.
En 1950, le fue negada la visa de entrada a Estados Unidos debido a que había firmado el llamamiento a la paz de Estocolmo que impulsaba la Unión Soviética. Este acto, en plena Guerra Fría, profundizó su acercamiento hacia la izquierda. Como ella misma explicaría posteriormente: “Había firmado todos los petitorios, protestas, reclamos para detener el fascismo que veíamos avanzar. Yo era apasionadamente proaliada y detestaba al peronismo, al cual veía como una continuación del fascismo. Yo había admirado la heroica lucha del pueblo ruso contra el nazismo, aunque había muchas cosas en la URSS que no me gustaban”.
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Luego fue periodista y traductora. Con Juan Gelman y Andrés Rivera fue parte de “La hora”, un matutino del Partido Comunista. Esta experiencia la posicionaba directamente en el ojo de la represión política.
A través de su hermano Patricio, Canto trabajó también en la revista Sur, una publicación de elite fundada por Victoria Ocampo. La participación inicial de Estela en Sur permitía que su obra literaria circulara entre los lectores más refinados de la cultura argentina. Contribuyó con textos y colaboraciones en esta revista prestigiosa, y también realizó trabajos de traducción que se consideraban fundamentales para la vida cultural del país.
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La más notable de estas traducciones fue la de En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust, la monumental obra maestra de la literatura mundial que requería no solo dominio del idioma francés sino también una profunda comprensión de su prosa.
Sin embargo, la relación de Estela Canto con Sur y con el círculo intelectual que la revista representaba se fue deteriorando conforme sus posiciones políticas se tornaban más explícitamente de izquierda. Como ella misma lo articularía en retrospectiva, aunque Sur atendía teóricamente tan solo a la calidad literaria, la revista había sido hostil al fascismo durante las décadas de los treinta y cuarenta, lo que le permitía circular entre los nacionalistas como una publicación “rosada” (es decir, de izquierda moderada). Sin embargo, “10 años después, en tiempos de la guerra fría, Sur fue discreta pero efectivamente macartista”.
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La Fórmula 4
El sistema de clasificación implementado por el la dictadura militar utilizaba cuatro categorías o “fórmulas” que grduaban el nivel de “amenaza” que cada persona representaba para los objetivos del régimen. La “Fórmula 1” indicaba “sin antecedentes ideológicos marxistas”, y representaba a personas que no presentaban ningún problema desde la perspectiva del régimen. La “Fórmula 2” señalaba: “Los antecedentes no permiten calificarlo desfavorablemente desde el punto de vista ideológico marxista”, una categoría intermedia que permitía cierta ambigüedad. La “Fórmula 3” constituía una especie de zona gris donde se registraban “algunos antecedentes ideológicos marxistas, pero los mismos no son suficientes para que se constituyan en un elemento insalvable para su nombramiento, promoción, otorgamiento de beca, etc.”. Finalmente, la “Fórmula 4”, la categoría más severa, clasificaba a personas que registraban “antecedentes ideológicos marxistas que hacen aconsejable su no ingreso y/o permanencia en la administración pública, no se le proporcione colaboración, sea auspiciado por el Estado, etc.”

Quienes habían sido clasificados como “Fórmula 4” enfrentaban una prohibición prácticamente total de participar en la vida cultural, académica y profesional del país. Aunque el régimen afirmaba que la clasificación tenía efecto únicamente en la administración pública, la realidad demostraba que era difícil que alguien quisiera emplear a una persona con tal sello.
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Entre los 331 intelectuales, artistas, periodistas y personalidades culturales incluidos en la lista de “Fórmula 4”, se encontraban algunos de los nombres más emblemáticos de la cultura argentina del siglo veinte. La nómina incluía escritores como Julio Cortázar, Abelardo Castillo y Francisco Urondo; músicos como Mercedes Sosa, Osvaldo Pugliese, Atahualpa Yupanqui y María Elena Walsh; actores y actrices como Héctor Alterio, Norma Aleandro y Federico Luppi; cineastas como Leonardo Favio y Pino Solanas; y periodistas como Osvaldo Bayer, Tomás Eloy Martínez y Jacobo Timerman. En la cuarta página de este listado, con el número 56, aparecía el nombre de Estela Canto
Además de sus artículos y traducciones, Canto fue también una narradora consistente. Entre sus libros se encuentran El muro de mármol, El retrato y la imagen, Los espejos de la sombra, Los otros, las máscaras y Ronda nocturna. Murió en 1994 en la ciudad de Buenos Aires.
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