
El porvenir es una preocupación del presente. Más aún: no se puede pensar en el mañana sin pensar el hoy. La pregunta filosófica por excelencia "¿Quiénes somos?" tiene, entonces, una respuesta posible a partir de otra conjugación verbal: "¿Quiénes seremos?"
Pero, ¿cómo se explora un territorio desconocido? Cualquier habitante del 1018 habría podido imaginar con cierto grado de certeza cómo sería el 1060. Para nosotros, en cambio, el 2060 es una incógnita sin resolución.
Un tiempo atrás, el antropólogo francés Marc Augé planteaba en un ensayo justamente llamado Futuro (Ed. Adriana Hidalgo, 2012) que, frente a los efectos de la globalización y los avances en ciencia y tecnología, ninguna categoría del pasado —en especial, las utopías del siglo XIX— podría ser una herramienta apta para interpretar la sociedad del siglo XXI.

Un museo de grandes novedades
"Muchos estudiosos intentan predecir qué aspecto tendrá el mundo en 2100 o 2200. Es una pérdida de tiempo", dice, en consonancia con Augé, el historiador israelí Yuval Noah Harari en Homo Deus (Debate). "Cualquier predicción que valga la pena debe tener en cuenta la capacidad de remodelar la menta humana, y esto es imposible".
Después de Sapiens (2011), un bestseller arrollador que vendió más de un millón de copias en 30 idiomas y consiguió grandes elogios de personalidades tales como Barack Obama y Bill Gates, Harari ha decidido con Homo Deus indagar el futuro.
Sapiens tenía una teoría provocadora: el hombre se constituyó en la especie dominante del planeta gracias a la "revolución cognitiva" que le dio la capacidad del lenguaje. El hecho de elaborar y transmitir mitos —Dios, el Estado, las empresas— hizo que millones de individuos se unieran en pos de un objetivo común y se organizaran en una comunidad que, de otra manera, habría sido imposible de sostener.
"No hay otro animal que pueda medirse con nosotros", dice ahora retomando aquella hipótesis, "no porque carezcan de alma o de mente, sino porque carecen de la imaginación necesaria. Los leones pueden correr, saltar, morder y desgarrar. Pero no pueden abrir una cuenta bancaria o poner un pleito. Y en el siglo XXI, un banquero que sepa poner un pleito es más poderoso que el más feroz de los leones de la sabana".
Homo Deus lleva al extremo la idea desarrollada en Sapiens de una manera bastante perturbadora: si lo que nos convirtió en reyes de la creación es el "relato" que fuimos capaces de construir, hoy es ese mismo relato lo que nos limita. Si pudiéramos desprendernos de las ideas sobre Dios, el Estado y el sistema liberal capitalista que regula el orden mundial, daríamos un paso hacia el porvenir. Con esta propuesta, ¿no se acerca demasiado al precipicio del relativismo social? Sí, por supuesto. Pero si todo relato es una construcción humana es, por lo tanto, relativo. Este no ya es el siglo de las verdades absolutas.

El tiempo no para
En la historia de la humanidad hay tres revoluciones que marcaron el rumbo del homo sapiens: la revolución cognitiva de hace 70.000 años, la revolución agraria de hace 12.000 —que nos hizo dejar de ser cazadores-recolectores a ser los amos de la tierra—, y la revolución científica de hace apenas 5 siglos. Hoy estamos a las puertas de una nueva revolución: la tecnológica. El humano del futuro, si cabe la palabra humano, tendrá un salto evolutivo mucho más notable que el que se dio entre el hombre de Neandertal y el homo sapiens. El hombre del futuro, para Harari, tendrá la gran oportunidad de convertirse en un hombre sin hambre, sin guerras, sin muerte.
El siguiente paso en la historia de la evolución es el ascenso del Homo Deus: un hombre mejorado tecnológicamente que podrá alcanzar la inmortalidad. En ese nuevo mundo: "¿Quiere saber el lector cómo los cyborgs superinteligentes podrían tratar a los humanos de carne y hueso corrientes? Será mejor que empiece investigando cómo los humanos tratan a sus primos animales menos inteligentes."
Para Harari la gran incógnita no es determinar si habrá un "Homo Deus" sino cuándo será. Mientras que la medicina del siglo XX aspiraba a curar a los enfermos, la del siglo XXI aspira cada vez más a mejorar a los sanos. Este cambio, reemplaza la medicina de masas por un darwinismo peligroso: "Mejorar a los sanos es un proyecto elitista", dice Harari, "porque rechaza la idea de un estándar universal aplicable a todos, y pretende conceder a algunos individuos ventajas sobre los demás". De eso se desprende que la revolución tecnológica provocará en los hombres del siglo XXI lo que la revolución industrial provocó en los hombres del 1700. "El problema crucial no es crear nuevos empleos", dice casi al final del libro. "El problema crucial es crear nuevos empleos en los que los humanos rindan mejor que los algoritmos".
No hay en el futuro de Harari escenarios de estepas áridas postnucleares ni luchas contra robots asesinos. Pero ese futuro que imagina —que tal vez no pase de los próximos 30 años— es terriblemente perturbador.
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