Diego Staropoli es tatuador (Foto Diego Soldini/GENTE)
Diego Staropoli es tatuador (Foto Diego Soldini/GENTE)

"Sentía que me faltaba algo", cuenta el caballero nacido en Villa Pueyrredón, pero criado en el barrio de Villa Lugano, donde era vecino del Pity Alvarez, cantante de Viejas Locas. Hijo de Cristina y Hugo y el mayor de cinco hermanos de una familia humilde, Diego Staropoli (46) –de él hablamos– a los 14 años dejó el colegio secundario por un problema familiar y salió a trabajar.

Cadete en una agencia de autos, taxista, remisero, pintor, vendedor ambulante, fueron algunos de sus oficios. Hasta que a los 18 años, en una flor (vaya material para una poesía) –su primer dibujo a tinta en el cuerpo– encontró la vocación de su vida. Dos años después, en 1990, arrancó como tatuador dentro de un baño en el Mercado Central, el mismo lugar donde le habían impreso la flor sobre su piel.

"Los primeros clientes eran gente pesada de la villa. Muchas veces hasta quisieron pagarme con armas o drogas. ¡Justo a mí, que no tomo ni alcohol!", memora el dueño de Mandinga.

Diego Staropoli (Foto Diego Soldini/GENTE)
Diego Staropoli (Foto Diego Soldini/GENTE)

Tres años después, con la ayuda de su novia Elizabet –hoy su esposa y mamá de sus dos hijos, Iván (14) y Thiago (8)–, Diego alquiló un local de cien metros cuadrados en una galería en el centro de Lugano, y se puso a tatuar con su hermano, Mariano.

El negocio prosperó al punto que, dos años después y gracias al dinero que recaudó en una convención de tattoos en el hotel Bauen, se mudó a su local actual, también en Villa Lugano: una casona de cuatro pisos con 600 metros cuadrados cubiertos donde trabajan 23 personas.

Sin embargo, la felicidad para Diego no era completa…"Sentía que me faltaba algo –vuelve con la frase–. La vida había sido tan generosa conmigo que necesitaba devolver una parte", completa, recordando que en 2007, antes de otra convención de tatuadores –ahora organizada por él– en el Bauen, una colaboradora le preguntó: "Diego, ¿puedo colocar un cartel pidiendo ayuda para una escuela de Valle Fértil, en San Juan?".

Diego Staropoli en uno de sus viajes solidarios al centro y norte del país.
Diego Staropoli en uno de sus viajes solidarios al centro y norte del país.

Staropoli reflexiona: "Ese gesto, el de una empleada, que era ama de casa y juntaba lo que podía para chicos que ni conocía, avivó en mí la llama de la solidaridad. Y se me ocurrió subir un peso la entrada de la convención, para donarlo a las escuelas rurales. Así juntamos diez mil pesos, que nos sirvieron para comprar pinturas, rodillos, guardapolvos, libros y útiles. Cargamos una camioneta y salimos". Así arranca el relato sobre esta proeza, que ya lleva diez años y hoy ayuda a 300 chicos de cuatro escuelas en Jujuy y dos en Santa Fe.

–¿Cómo fue aquel primer viaje de 2007?

–Increíble, lleno de emociones. Viajamos cuatro personas apretadas, porque la traffic venía hasta el techo de donaciones. Salimos del barrio y estuvimos un día y medio en la ruta hasta llegar a la capital de San Juan. Cuando llegamos, nos dijeron que para alcanzar la escuela teníamos que hacer otros 230 kilómetros hasta Valle Fértil.

Diego Staropoli y su mujer Ivana.
Diego Staropoli y su mujer Ivana.

–¿Y el encuentro con los chicos?

–Emotivo e inolvidable. Habíamos llevado unos huevos de Pascua y no sabían qué eran. ¡Nunca habían visto uno! Les preguntaban a sus maestros si eran para patear: no entendían que se comían… Lo cuento y me emociono… O les mostrabas un caballo de madera y no sabían que eran para jugar… ¡porque esos chicos nunca habían tenido un juguete! A nosotros nos miraban como marcianos. Tampoco habían visto un tipo tatuado… El segundo día empezamos a pintar la escuela. Bajamos los juguetes y las cosas de la camioneta y se soltaron: se subían, tocaban la guitarra con nosotros, nos abrazaban… Aquella primera experiencia nos enseñó mucho. En lo personal, me enamoré de esas historias, de la posibilidad de dar, de acompañarlos, de que nos integren a sus afectos.

–Hoy ayudan a casi 300 chicos repartidos en seis escuelas. ¿Cómo se sumaron las otras?

–Cuando volvimos de aquel viaje nos comunicamos con la gente de la Asociación Civil Padrinos de Alumnos y Escuelas Rurales (APAER) para poder acompañar a una escuela. Entonces nos asignaron una al norte de Santa Fe y otra en Paraje Juella, Tilcara, Jujuy. Cuando llegamos nos recibieron como héroes. Fue maravilloso. Hoy ayudamos, en Santa Fe, a dos escuelas (la 421 de Colonia Alejandra y la de Paraje Los Jacintos) y un hospital (el Rural Nº 11 de Colonia Alejandra). Además de otras cuatro en Jujuy: a la de Tilcara sumale la de Paraje Los Chorrillos, la Escuela Aborigen de Humahuaca, y la del Paraje Rodero. Y pensar que sentía que me faltaba algo… Hoy puedo decirte que ser padrino de escuelas rurales le dio felicidad a mi vida.

–¿De qué otra forma ayudan, además de las donaciones?

Viajamos y tatuamos a la gente. En la Quebrada de Humahuaca, en San Salvador de Jujuy, donde sea. Hacemos un tour por los pueblos y la gente se acerca para que le tatuemos un dibujo o para cortarse el pelo. Con nosotros viaja la directora del establecimiento, quien se encarga de cobrar los tatuajes. Esa plata sirve para pagar algún sueldo o para comprar comida, pintura o lo que la escuela necesite.

Diego Staropoli tatuando a Julián Weich.
Diego Staropoli tatuando a Julián Weich.

–¿Y en el caso de Buenos Aires? ¿Cómo conseguís el dinero que convertirás en ayuda?

Cada seis meses organizamos un festival muy grande en el local de Villa Lugano y tatuamos a unas 300 personas. Ahí juntamos fondos para costear el viaje grande y comprar material deportivo, útiles, juguetes, instrumentos musicales, alimentos, pañales y agua. También paramos un camión en la puerta del local y recibimos donaciones de los vecinos.

–Mientras recorríamos el local vimos un cuarto al que bautizaste Tetas Felices. ¿De qué se trata?

–Es un lugar en el que tatúo en forma gratuita a las mujeres operadas de cáncer de mama. Ya les dibujé la aureola del pezón a 450 mujeres.

–¿Nunca pensaste en convertir tus servicios en una fundación?

–Jamás. No me gusta que alguien piense que lo hago para pagar menos impuestos o para que alguien se robe la plata. Yo viajo con mi gente, tatuamos, ellos cobran y nos vamos. Así todo es bien transparente.

–¿Palabra del tatuador solidario de la Argentina?

–No lo hago para que me llamen así. Sí puedo decirte que en mi mano uso un anillo que dice "Todo vuelve". Lo bueno y lo malo que hacés, la vida te lo recompensa o te lo cobra. Yo creo en eso.

–¿Seguís sintiendo que te falta algo?
–Ya no.

Por Sergio Oviedo