
¿Está surgiendo un nuevo concepto en residencias para adultos mayores? Algunos especialistas y referentes del sector afirman que se está pasando “de lugar de cuidado a lugar de vida”. O, para ser más realistas, que la generalización de ese enfoque debería ser el objetivo a alcanzar.
Es innegable que la nueva longevidad, que se caracteriza por una extensión de la esperanza de vida pero también por grandes avances en salud y en atenuación de los efectos negativos del envejecimiento, está definiendo nuevas y mayores demandas en materia de hábitats adecuados para estas personas.
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El desafío es responder a ellas para lo cual serán necesarios cambios y adaptaciones desde lo público y lo privado.
Pero el desafío es también combinar cuidado con vida independiente: es lo que define una nueva concepción de la residencia. “Sí, y creo que ese es uno de los grandes desafíos —señala Diego Petracchi, CEO y cofundador de We Care - Residencia de Lujo para Personas Mayores, ante la consulta de Infobae—. Cuidar no debería significar anular la autonomía. Muchas veces, por miedo o por sobreprotección, se tiende a resolver todo por el adulto mayor, y eso puede acelerar la pérdida de independencia”.
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Dejar el hogar propio por una residencia no debería significar la pérdida total de autonomía. “El buen cuidado es el que acompaña sin invadir —agrega Petracchi— Hay personas que necesitan ayuda para algunas actividades, pero pueden decidir sobre muchas otras: qué hacer durante el día, con quién vincularse, cómo organizar su rutina o qué espacios habitar. Por otro lado, independencia no siempre significa hacer todo solo. Es poder seguir tomando decisiones, mantener vínculos, conservar hábitos y sentirse protagonista de la propia vida, aun cuando se necesita asistencia”.

“Una residencia es un lugar, un espacio amable, al que uno llega cuando necesita recibir apoyos, que pueden estar destinados a la vida diaria, apoyos afectivos, apoyos cognitivos —dice Blas Rimmaudo, director general y fundador del Grupo Montalto—. En una residencia la persona ingresa para que le brinden esos apoyos, para poder continuar con su proyecto de vida, tenga la patología que tenga. Puede tener trastornos cognitivos moderados o graves, o trastornos físicos, pero sea cual sea la patología, debe tener la posibilidad de continuar con su vida, con su identidad, seguir desplegando su personalidad”.
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Ante la consulta de Infobae, a Rimmaudo le parece necesario empezar por esta definición general de lo que debe ser una residencia. Resume las dos funciones que tiene que desempeñar: “Por un lado, cuidados, y por otro lado, que la persona continúe con su proyecto de vida”.
“Esto me parece fundamental —insiste—, porque engloba la concepción de lo que debe ser una residencia: tiene que ver con las buenas prácticas, tiene que ver con los derechos de la persona mayor”.
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Ha habido avances, dice Blas Rimmaudo, como que ya no se utilice la sujeción física: “En el mundo hace más de veinticinco años y en Argentina desde hace una década; aquí fuimos nosotros los pioneros en trabajar sin ataduras físicas. En el año 2015, nosotros empezamos esto acá. Esto tiene que ver con un modelo asilar, un lugar donde las personas iban solamente a recibir cuidados básicos. Y había otra serie de derechos de estas personas que no eran tenidas en cuenta.”
¿Cómo sería entonces este nuevo modelo de residencia? “El concepto fundamental —dice Rimmaudo— es que la residencia es un lugar para vivir. Es un lugar para seguir desplegando tus posibilidades, tu propio proyecto de vida. No es un lugar de muerte, no es un lugar para ir a morir, no es un depósito. Si se entra a una residencia que funciona con una concepción basada en las buenas prácticas, se encontrará un lugar lleno de vida, con actividades, movimiento, salidas, con numerosas iniciativas hacia el afuera de la residencia. Esto es muy importante: la residencia no termina en las paredes, sino que es una manera de pensar las relaciones humanas. Entre el afuera y el adentro tiene que haber vasos comunicantes, una continuidad”.
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En cuanto a cómo se ha ido gestando este modelo nuevo de residencias, Diego Petracchi, de We Care, explica: “Vivimos más años, pero no alcanza con vivir más; queremos vivir mejor. La expectativa de vida aumentó, las familias cambiaron, las casas ya no siempre están preparadas para acompañar determinadas necesidades, y al mismo tiempo los adultos mayores son cada vez más activos, exigentes y conscientes de cómo quieren transitar esta etapa".
También subraya que “durante mucho tiempo, el concepto de residencia geriátrica fue pensado casi exclusivamente desde la asistencia: cuidar, medicar, alimentar, contener”. Todo eso es fundamental, dice, pero hoy no alcanza. “El nuevo paradigma en residencias integra el cuidado profesional con calidad de vida, autonomía, actividades, bienestar físico y emocional, reforzando el disfrute y los vínculos entre pares”, sintetiza. La nueva residencia no debiera ser “un lugar al que una persona llega por resignación, sino como un espacio donde puede seguir viviendo con seguridad, compañía, atención médica y propuestas que le den sentido al día a día”.
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La diferencia con las residencias tradicionales no está sólo en la mirada sino también en la infraestructura, en opinión de Petracchi. “La residencia tradicional suele estar muy centrada en la enfermedad, la dependencia o la necesidad de asistencia —detalla—. Las nuevas residencias buscan poner en el centro a la persona, no solamente a su condición médica. En We Care, la infraestructura fue pensada específicamente para esta etapa de la vida: espacios más confortables, mayor privacidad, ambientes seguros, accesibilidad, sectores comunes agradables, propuestas de actividades, tecnología aplicada al cuidado y una experiencia más cercana a un entorno residencial que a una institución cerrada.”

Desde ya que estas modalidades no son accesibles para todos. Así lo admite Petracchi: “Hoy, este tipo de propuesta todavía está más concentrada en sectores de ingresos medios-altos y altos. Es una realidad. Brindar buen cuidado es trabajo intensivo, requiere de más personal e infraestructura, equipos profesionales, capacitación, alimentación de calidad, mantenimiento, tecnología y una gestión muy cuidadosa”. Se trata de otro “estándar hotelero”, dice. Confort, estética, dieta, entre otros, son elementos tenidos en cuenta.
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“El tema es que muchas veces se subestima el costo real de cuidar bien —sigue diciendo Petracchi—. Una residencia no es solamente una cama y comida. Es atención personalizada las 24 horas, enfermería, coordinación médica, asistencia en actividades de la vida diaria, prevención de caídas, seguimiento nutricional, contención familiar, higiene, seguridad, recreación y mucho más. La clave es que la residencia deje de ser vista como una institución y pase a ser un entorno de vida confortable, que evoca en la persona mayor el bienestar de su hogar, con excelencia médica y cuidados profesionales disponibles.”

En opinión de Blas Rimmaudo, el freno para que este nuevo concepto se expanda “no es tanto la cuestión económica”. Se explaya: “Se puede tener una residencia humilde, una cama limpia y un plato de comida; una residencia lo más básica que se pueda imaginar. Pero si la concepción es pensar en los derechos de las personas, en qué quieren, en su historia personal, sus gustos, sus hábitos, sus costumbres, si se respeta su historia de vida, y si se ejercen estas buenas prácticas, sin sujeciones por supuesto, y respetando quién es esa persona, eso ya es fundamental. Entonces, no es que, que para pensar una residencia en términos de cuidados dignos, ésta tenga que ser necesariamente una residencia cara, con una hotelería cara, Es antes que nada una cuestión de concepción”.
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Y reitera: “No es un tema de dinero, es una cuestión de cómo uno piensa y aborda la asistencia gerontológica de los adultos mayores en el ámbito de una residencia”.
Diego Petracchi reconoce que en Argentina este modelo es todavía incipiente: “Hay algunas experiencias que empiezan a incorporar esta mirada, pero estamos lejos de que sea el estándar general de la industria. En otros países, especialmente en Estados Unidos y Europa, el senior living está mucho más desarrollado y segmentado: hay modelos para personas independientes, asistidas, con deterioro cognitivo, comunidades con distintos niveles de cuidado, etc. En Argentina, históricamente el sector estuvo más asociado al geriátrico tradicional”.
Aun así, cree que la transformación ya empezó. “La demanda está cambiando —dice—. Las familias preguntan distinto, comparan más, buscan calidad, quieren saber qué actividades hay, cómo es el equipo médico, cómo se trabaja la nutrición, cómo se acompaña emocionalmente. Y los propios adultos mayores también tienen otra expectativa”.
¿Qué podría hacerse para que este modelo se extienda a todos? “El punto central es lograr escala —responde el CEO de We Care—. Y para lograr escala se necesitan inversiones muy importantes en infraestructura adecuada, tecnología y equipamiento. Argentina tiene una gran oportunidad para desarrollar este modelo a mayor escala. Para eso, sería muy importante seguir generando mejores condiciones de financiamiento de largo plazo, tasas más competitivas, menor riesgo país, mayor acceso al mercado de capitales y una estructura impositiva que favorezca la inversión en infraestructura de cuidado”.

Hay que tener en cuenta que esta es “una industria con un impacto muy positivo en la generación de empleo”, sigue diciendo, porque “requiere mucha mano de obra calificada y no calificada: cuidadores, enfermeros, médicos, kinesiólogos, nutricionistas, personal de cocina, limpieza, mantenimiento, administración y hotelería, entre otros”.
Sería importante “revisar la presión impositiva que recae sobre la industria, porque termina impactando sobre el costo final que pagan las familias”, agrega Petracchi. “Un ejemplo muy concreto es el IVA del 21%, que encarece significativamente el servicio. En otros rubros vinculados al cuidado de la salud existen alícuotas reducidas, por ejemplo del 10,5%, y sería razonable un tratamiento similar para esta actividad directamente relacionada con el cuidado de las personas”, sostiene. “Si queremos ampliar el acceso, necesitamos un marco que permita invertir, crecer y ofrecer servicios de calidad a precios más accesibles”, sostiene.
Blas Rimmaudo, por su parte, dice que “para que se extienda a todos este modelo hay que seguir trabajando, hay que difundir en todo el país estas buenas prácticas, basadas en el derecho de las personas”. En julio van a recorrer las provincias, con un especialista que viene de Barcelona, que trabaja sobre la empatía: “Vamos a recorrer diferentes residencias en varias provincias exponiendo este modelo asistencial y desarrollando talleres de empatía, con el auxilio de un traje que es como un simulador de envejecimiento, que las personas que trabajan en distintos aspectos del cuidado se ponen ese traje para experimentar lo que siente una persona mayor que tiene ochenta o noventa años, por ejemplo”.

Ambos reconocen que existe una “demanda insatisfecha” en la Argentina en materia de sitios de vida para adultos mayores.
“Claramente hay una demanda insatisfecha en cantidad y en calidad —dice Petracchi—. Muchas familias llegan a buscar una solución cuando ya están al límite: una caída, una internación, un deterioro cognitivo que avanza, un cuidador domiciliario que no alcanza, hijos que trabajan todo el día o viven lejos. Pero además hay una demanda insatisfecha de otro tipo: familias que no quieren ‘un geriátrico’ en el sentido tradicional, sino un lugar donde su padre o su madre estén cuidados, pero también bien tratados, estimulados, acompañados y respetados”.
Por eso no se trata simplemente de más camas disponibles, dice, sino de construir mejores lugares para envejecer. “La demanda existe y va a crecer. Las personas viven más años y eso aumenta la cantidad de adultos mayores que necesitan algún nivel de acompañamiento o cuidado. Al mismo tiempo, la menor tasa de natalidad implica una menor oferta de cuidado intrafamiliar”, señala.
Concluye entonces: “El desafío no es solamente médico o asistencial. Es también social y demográfico. Vamos hacia sociedades con más adultos mayores, menos familiares disponibles para sostener el cuidado cotidiano y una necesidad creciente de soluciones profesionales, humanas y bien diseñadas para acompañar esa etapa de la vida”.
[FOTOS: gentileza We Care y Grupo Montalto]
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