
Cuando Delia Gelin atendió el teléfono, estaba cocinando. Del otro lado, este cronista le advirtió que la entrevista duraría alrededor de 15 minutos, una primera aproximación. Ella respondió rápido para evitar cualquier sospecha: “Nada se me va a quemar”.
Ahí, entre ollas, recetas y una cocina todavía habitada por recuerdos familiares, aparece el centro de una historia que tardó más de dos décadas en cerrarse. Delia tenía 75 años cuando defendió su tesina de Comunicación Social en la Universidad Nacional de Rosario. Había ingresado a la carrera en el 2000. Se recibió jubilada, con nueve nietos y después de haber trabajado toda la vida en escuelas primarias del sur santafesino.
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El día de la defensa hubo hijos, nietos, colegas, excompañeros y profesores jubilados que pidieron estar presentes en la mesa examinadora. También estuvieron los años suspendidos, las materias rendidas mientras dirigía escuelas, los viajes desde los pueblos de la provincia de Santa Fe, los cuadernos archivados, la sensación de que el tiempo universitario ya había terminado.
Pero la tesis pendiente siguió en su vida como quien deja una puerta entreabierta.
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—¿Cómo fue esa presentación, ese día tan especial?
—De los nervios que tenía, lo que más recuerdo es la emoción. Era un sueño mío. Siempre me pasa que escucho a los viejos que se reciben, que terminan la primaria, la secundaria, que hacen un curso, y esa alegría la reconozco porque eso sentí yo. Ya estaba jubilada, ya había decidido que no iba a estudiar más. Pero el día del trabajo final estuvo buenísimo, porque además le dimos una vuelta especial. Mi tesis era sobre la semiología de la comida, la comida de los inmigrantes, los recuerdos de mis abuelos, de los pueblos donde vivimos: Villada y Chañar Ladeado.
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—¿Por qué elegiste ese tema para la tesis?
—Porque son historias muy mías, muy de mi gente. Me parecía que tenía sentido cerrar mi carrera con algo que me atraviesa tanto. Mis recuerdos, la cocina, los pueblos, todo eso me marcó.
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—¿Siempre supiste que ibas a terminar la tesis con ese tema?
—No, para nada. De hecho, había empezado una tesis sobre nuevas tecnologías en la escuela donde trabajaba, pero me superó porque me jubilé y todo cambiaba muy rápido. Me cansé, lo dejé. Pero me quedó pendiente hasta que mi tutor, el profesor Hugo Marengo me dijo: “Delia, vos tenés que terminar ese trabajo”. Justo mi nuera me había hecho un compilado con cosas que publicaba en Facebook, cuentos y recuerdos. Ella me hizo un librito, “La cocina de Nenina”, que fue una sorpresa. Cuando Hugo lo vio, me insistió: “Con esto tenés que hacer la tesis”.
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Hugo cuenta que Delia ingresó al programa Regresar después de muchos años con la tesina pendiente. Al principio, no le tocó a él ser su tutor, sino a una compañera, pero Delia se encontraba con el problema de que nadie quería dirigir su trabajo y, además, no tenía muy claro qué tema abordar. Un día, como solía hacer cada vez que iba a la facultad, Delia pasó por su oficina a saludarlo.
Había sido su alumna durante la carrera, incluso en la materia de Comunicación y Discurso Político. Ese día, le contó angustiada que no conseguía director de tesis y que le daba mucha vergüenza pedirle a él que se hiciera cargo. Hugo le respondió que no había ningún problema, que para él era un placer poder dirigirla.
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Empezaron a charlar y él le recordó que siempre había sido una muy buena alumna, muy dedicada y muy compañera. Entonces le propuso que pensara la tesina de una manera práctica, que fuera algo que realmente pudiera disfrutar y no una carga. Conversaron sobre sus intereses y Hugo le dijo que recordaba que publicaba muchas recetas en Facebook, de comidas, dulces y tortas. Le preguntó si no le gustaría hacer algo que articulara la semiótica con la cocina. En ese momento, a Delia le brillaron los ojos y aceptó la propuesta.

—¿Y cómo fue ese proceso de transformar recuerdos en una tesis?
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—No fue fácil. Hablé con otro profesor, Paulo Ballan, que me dijo que haga una tesis de producción, no de investigación, así que me enfoqué en lo que tenía. Tuve mucha ayuda, sobre todo de Hugo, que no me dejaba pasar una y de varias compañeras. Cuando creía que tenía todo, Hugo volvía y me hacía agregar cosas de semántica. El resultado fue un libro de recetas con relatos de la infancia, de la primaria en Villada, inspirada también en los libros de los 100 años de cada pueblo.
Villada queda sobre la ruta 33, en el departamento Caseros. Un pueblo de poco más de mil habitantes atravesado por las vías del ferrocarril. El tren fue su origen. En 1888, cuando el Ferrocarril Oeste Santafesino inauguró el ramal hacia Melincué, apareció también la estación Villada. Los pueblos crecían cada cierta distancia porque las locomotoras necesitaban detenerse: cargar agua, revisar combustible, ajustar mecanismos. El mapa del sur santafesino todavía conserva esa lógica ferroviaria.
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Delia hizo allí la primaria. Había nacido en Chañar Ladeado, otro pueblo de la región, ligado a la inmigración piamontesa. Su infancia transcurrió entre ambos lugares: las visitas familiares, las tías solteras, las mesas largas, las conservas, los dulces y las recetas transmitidas sin medidas exactas. Mucho después, esa memoria doméstica terminaría convertida en una tesis universitaria.
Pero antes hubo otras vidas.
Fue maestra normal provincial, profesora de Castellano, Literatura y Latín. Trabajó décadas en escuelas. Fue directora, vicedirectora. Crió cuatro hijos: Diego, Javier, Martín y Julio César Pallaro. Intentó estudiar otras carreras. Empezó Agronomía. Pensó en Letras. Postergó casi todo.

—¿Cuántos nietos tenés?
—Nueve. Sofía, que tiene 30 y vive en Francia, es psicóloga. Florencia, profe de Educación Física. Alina, estudia Kinesiología. Después vienen los más chicos: Ignacio y Bruno, que terminan séptimo; Agustín, que está en sexto y pasa a séptimo. Matilde y Julieta, que están en cuarto. Y Bruno.
“Yo quería ser periodista”, dijo. “Pero mi papá me decía que para ser periodista había que estudiar profesorado de Literatura”. Era un tiempo donde el periodismo todavía no aparecía como carrera posible para alguien de un pueblo. Delia obedeció a medias. Hizo el profesorado en Venado Tuerto, trabajó y siguió estudiando cuando podía.

Pero a fines de los noventa ocurrió algo inesperado. Los profesores de la UNR Roberto Retamoso y Elizabeth Martínez de Aguirre llegaron a capacitar docentes en un proyecto educativo en diferentes localidades de la provincia de Santa Fe. Trabajaban comunicación y articulación entre escuelas. Delia escuchaba fascinada.
“¿Por qué no te anotás en Comunicación?”, le preguntaron.
En el año 2000 lo hizo. Delia tenía 50 años y un deseo inconcluso.
En la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la UNR coincidió con estudiantes que podían ser sus hijos. Incluso con su sobrina Cecilia, que empezó la misma carrera a los 18 años. Delia cursaba mientras trabajaba. Salía de dirigir escuelas y viajaba a Rosario. Rendía materias entre reuniones, actos escolares y carpetas administrativas. A veces se cansaba. Otras veces no entendía nada.
“Lenguajes I la tuve que recursar”, recordó entre risas. Venía de una formación estructuralista y sentía que la carrera la obligaba a desarmar todo lo aprendido. Pero seguía. No faltaba a clases. Escuchaba a los profesores, anotaba, se reunía, debatía, seguía rindiendo las asignaturas. En tercer año conoció a Diego, un compañero ciego que necesitaba ayuda para estudiar. El profesor les había pedido más lectura y en aquel momento no existían materiales accesibles digitalizados como hoy. Delia leía en voz alta.

“Diego, ¿querés estudiar conmigo?”, le dijo. Prepararon juntos Análisis del Discurso Político. Eligieron discursos del exgobernador Antonio Bonfatti y analizaron estructuras argumentativas, estrategias enunciativas, tonos de campaña. Ella ya estaba cansada de la facultad, pero encontró otra razón para quedarse. La universidad, para Delia, se convirtió en un espacio compartido.
Pasó el tiempo. La tesis original quedó abandonada. Era un trabajo sobre nuevas tecnologías en la escuela donde había trabajado. Pero el tema mutaba demasiado rápido. Los cambios tecnológicos corrían más veloz que ella. “Me superó”, dijo. Entonces, su pasión por la escritura se mudó a las redes y empezó a escribir en Facebook. Eran recuerdos breves. Escenas familiares. Comidas. Anécdotas de sus tías y de los pueblos. Los escribía directamente en el cuadro de texto, sin borradores ni correcciones.
Su nuera Gabriela reunió ese material y le armó un libro artesanal como regalo de cumpleaños cuando cumplió 70 años. Lo llamó La cocina de Nenina. Nenina era el apodo familiar de Delia. Ese libro doméstico terminó llegando a manos de Hugo Marengo, uno de los docentes que la acompañaban.
“Con esto tenés que hacer la tesis”, le dijo. La idea cambió el rumbo de todo.
El trabajo final se convirtió en una mezcla de ensayo, memoria familiar y producción editorial. Delia tomó recetas piamontesas y las vinculó con relatos sobre inmigración, pueblos ferroviarios y cultura alimentaria. Trabajó la dimensión semiótica de la comida: qué significan las recetas, cómo transmiten identidad, qué memoria guardan las cocinas familiares.
Leyó los libros del centenario de Villada y Chañar Ladeado para reconstruir el contexto histórico. Investigó el origen ferroviario de los pueblos. Recuperó historias familiares. Organizó el libro en tres partes: lo dulce, lo salado y “lo que no es ni dulce ni salado”, una categoría donde entraron panqueques y scones.
Las recetas aparecían acompañadas por relatos. La bagna càuda ocupaba un lugar central. “La bagna cauda de mi familia era con verduras, anchoa, ajo”, explicó. “Prohibido ravioles, prohibido milanesa”.

—¿Hugo, qué valor le ves a la tesis de Delia dentro del ámbito universitario?
—El valor es importantísimo porque articula memoria, comida, identidad, valores, raíces, recuerdos, sentimientos. Dentro de la facultad había un área de vacancia en ese tema, la posibilidad de articular semiótica y cocina, donde no hay mucha producción. Delia empezó a despuntar en ese campo, así que es interesante desde ese punto de vista.
—¿Creés que su trabajo puede servir de inspiración para otros estudiantes?
—Para las nuevas generaciones universitarias, Delia es un ejemplo. Muestra resiliencia dentro del ámbito universitario y demuestra que no importa la edad, que en cualquier momento de la vida podés retomar tus sueños, tus deseos, tus ansias y recibirse. Ella lo hizo después de jubilarse, después de haber terminado su trabajo, y pudo hacerlo posible. Para mí, es un ejemplo para los más jóvenes y, sobre todo, de sabiduría.
—¿Cómo fue para vos acompañarla como tutor?
—Delia es un personaje muy particular, porque todo transcurre entre su inocencia, su picardía y la sabiduría que la edad le da. Para mí, como tutor, fue un placer acompañarla. Los tutores tenemos una tarea enorme, porque no solo acompañamos en el trayecto de los trámites y en que puedan llevar adelante la tesina, ayudarlos a escribir y demás, sino que a veces, cuando se bajonean, también tenemos que levantarles el ánimo y decirles que es posible. Así que todo viene junto, pero es un placer tener resultados como los de Delia y tantas historias más.
La tesis es un viaje cultural al pasado en el presente. Aparece Piamonte en Santa Fe. Nombra al topinambur —una raíz similar al jengibre pero con gusto más cercano al nabo— como ingrediente habitual en las casas de sus tíos. El recuerdo de las mujeres cocinando dulces y conservas. Las pastas caseras hechas para reuniones familiares que parecían eternas. “Sin calabaza y esas cosas que le ponen ahora de relleno”, dice irónicamente. Con el tiempo, familiares y primos empezaron a mandarle más recetas. La tesis seguía creciendo incluso después de aprobada.

“Eso es inagotable”, dijo.
—El día de la presentación estuvo la profesora Olga Corna. Ella ya estaba jubilada y pidió especialmente estar en la mesa. También estuvo Huguito, y Eliana Tamerón, que fue mi profe y mi compañera. Para mí fue una alegría enorme verlos ahí, acompañándome en ese cierre tan importante.
El día del primer contacto, Delia estaba cocinando.
—Me gusta la cocina y ahora estaba cocinando.
—¿Qué es lo que más te gusta preparar?
—Depende el día, pero me encanta hacer comidas que me recuerden a mi familia, a los lugares donde viví.
—¿Te pasa seguido que cocinás y te vienen esos recuerdos?
—Sí, todo el tiempo. Sobre todo cuando hago recetas que aprendí de mis abuelos o de mis tías.

—Me queda claro que nada se te va a quemar.
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