
Mi sobrina tiene 27 años y es actriz. Por eso, buscando un grupo de teatro, recurrí a ella. Su recomendación me descolocó: el flyer de un taller de “actuación 50+” y una frase rematada con un corazoncito: “Encontré este para vos, recomiendo mucho al profe”. ¿Por qué, entre todas las opciones que seguramente conocía, había buscado una para gente de mi edad?
Hasta ese momento yo no había considerado el factor edad como criterio de elección. Su mensaje, en cambio, lo volvió visible en toda su eficacia como tecnología de orden: una variable que, sin anunciarse, organiza afinidades, delimita pertenencias y sugiere, con una naturalidad asombrosa, dónde se supone que encaja cada quien.
Aplicamos, muchas veces de manera inconsciente, la edad como criterio de segregación. Ese reflejo, tan naturalizado que parece inocente, atenta contra la posibilidad de compartir de verdad con personas de otras generaciones. Revisarlo no es corrección política. Es una manera de relacionarnos mejor y de vivir una vida más interesante.
La intergeneracionalidad —la posibilidad de vincularnos, intercambiar y enriquecernos entre personas de distintas edades— debería ser lo más natural del mundo. Y, sin embargo, no lo es. Personas de distintas edades hay en todas partes: en la calle, en el subte, en la fila del supermercado, en el club, en la playa, en el trabajo, en la familia, en las clases de yoga. Lo que no sucede tan fácilmente es la mezcla. Porque una cosa es coexistir y otra es compartir.
Cuando se habla de intergeneracionalidad, muchas veces el foco se pone en lo que una generación puede aprender de la otra. Y sí, claro que las diferencias existen. Haber nacido en momentos históricos distintos deja marcas, modela lenguajes, aspiraciones, temores, ideas sobre el tiempo, la autoridad, el deseo o el futuro. Pero hoy me interesa complementar ese encuadre y proponer algo más: revisar cuánto de esa distancia que percibimos entre generaciones está compuesta, en realidad, de sesgo edadista.
Los vínculos no se construyen en el vacío. Cada espacio que habitamos —una familia, un taller, un grupo de amigos, una organización, una sobremesa— replica, en miniatura, la cultura de la sociedad en la que existe. Y la nuestra sigue siendo una sociedad edadista, en la que la edad todavía define quién tiene derecho a probar, a pertenecer, a ser escuchado, a circular con curiosidad, deseo o irreverencia. Por eso la intergeneracionalidad no puede dejarse librada a la espontaneidad. Hay que trabajarla. Hay que volverla intencional.
Comparto, entonces, cuatro claves que suelo usar para trabajar la convivencia entre generaciones en equipos de organizaciones, pero que resultan igual de fértiles para pensar la vida cotidiana.
1. La edad ordena el mundo antes de que conozcamos a las personas
La edad es uno de los primeros organizadores sociales de nuestra vida. Durante la infancia y la adolescencia aprendemos a compartir casi todo con personas de nuestra misma edad: el aula, el club, los grupos, los códigos, los rituales. Esa socialización tan prolija deja una huella persistente. Así se arma, casi sin que lo notemos, una lógica dicotómica: nosotros y los otros.

Por eso la edad no es un dato inocente. Organiza afinidades, pertenencias y distancias antes de que conozcamos a la persona que tenemos enfrente. A veces alcanza una mirada para ubicar a alguien en una casilla mental y empezar, desde ahí, a asignarle rasgos, límites, permisos o expectativas. Ahí aparece el sesgo. No en registrar la edad, sino en usarla como atajo y convertirla en frontera. Tal vez el primer gesto intergeneracional sea revisar qué estamos suponiendo sobre una persona antes de haber intercambiado una sola palabra.
2. La edad nunca viene sola
La edad importa, claro. Dice cosas. Orienta. Da pistas. Pero no explica todo. No existe una única manera de ser a los 20, 45 o 70 años, porque ninguna edad se experimenta en “estado puro”. Cada etapa de la vida está atravesada por variables biológicas y contextuales que la modelan y complejizan.
No es lo mismo ser adolescente en un contexto de vulnerabilidad que en uno de privilegio. No es lo mismo envejecer siendo mujer que siendo varón. No es lo mismo llegar a la adultez mayor con autonomía económica que sin ella. No es lo mismo estar a cargo del cuidado de hijos y padres en una gran ciudad que en un entorno rural. La edad se cruza, todo el tiempo, con la clase social, el género, la orientación sexual, el nivel educativo, el territorio, la historia familiar, el fenotipo, el capital cultural y el acceso a recursos.

Por eso, para pensar en modo intergeneracional, es también clave incorporar la noción interseccional, el entendimiento de que diferentes variables se cruzan y potencian. La edad nos atraviesa a todos, sí, pero no alcanza por sí sola para explicar la experiencia de quienes nacieron en cierto momento. Dos personas pueden ser de la misma generación y habitar biografías, sensibilidades y márgenes de posibilidad —o de desventaja estructural— radicalmente distintos.
Tal vez el desafío sea dejar de usar el dato etario como explicación y empezar a leer la trama completa de cada individuo desde su complejidad.
3. En realidad no somos tan diferentes como pensamos
Esta idea desordena —y enriquece— bastante la conversación. Porque cuando se aquieta el ruido de las etiquetas y dejamos de mirar al otro a través del prisma de su edad, aparece una evidencia tan sencilla como potente: las personas, de todas las edades, tenemos mucho más en común de lo que el prejuicio nos deja ver.
Todos queremos ser parte y no quedar excluidos por ser quienes somos. Todos buscamos seguridad psicológica: sentir que podemos asumir riesgos interpersonales —expresar ideas, plantear inquietudes, admitir errores— sin temor al rechazo. Queremos poder aportar en proyectos y conversaciones sin ser ignorados o subestimados, ser queridos, ser respetados, alcanzar objetivos, encontrar algún sentido en lo que hacemos y en lo que somos.
Pasan los años, cambian los códigos, las formas o los lenguajes. Lo que no varía tanto es el deseo de fondo. Varía, más bien, la manera en que cada generación traduce ciertos valores según el mundo en el que esos valores se consolidaron. Para unos, el respeto puede significar obedecer a una autoridad aunque no se esté de acuerdo. Para otros, puede significar tener margen para expresar la individualidad sin ser penalizados por eso. Para algunas personas, éxito puede haber significado comprar una casa, un auto y conquistar un puesto con visión de largo plazo.
Para otras —formadas en un mundo más precario, más incierto, menos lineal— puede significar disponer de tiempo para explorar pasiones en modo cortoplacista. Y ahí la conversación se vuelve verdaderamente fértil: cuando entendemos que muchos valores y deseos son compartidos, aunque la manifestación sea diferente, y que esa coincidencia puede ser un puente.
4. La mezcla entre edades no sucede sola: hay que habilitarla
Si todo queda librado a la inercia, solemos agruparnos con quienes sentimos que se nos parecen. Con quienes intuimos más legibles. Más “naturales” para nosotros: nuestros congéneres. Por eso la convivencia intergeneracional no sucede sola, ni por mera proximidad física ni por compartir un mismo espacio. Hay que habilitarla. A veces, incluso, hay que empujarla un poco.
Y esa construcción no se juega únicamente en grandes decisiones. Muchas veces se define en la microfísica de los vínculos: en quién siente que puede hablar y quién se autocensura; en quién es escuchado con atención y a quién se le responde con paciencia condescendiente; en a quién se le explica de más; en a quién se infantiliza o se deja de invitar a ser parte; en a quién, por el solo dato de su edad, se le retira autoridad, deseo, legitimidad o espesor.
Por eso las formas de vínculo intergeneracional en los trabajos, en los grupos o en las familias no se improvisan. Si se quiere que sucedan, tiene que haber decisión y acción. Se piensan, se trabajan, se afinan y se construyen fomentando encuentros a partir de lo que tenemos en común, para enriquecernos desde aquello que nos diferencia por haber transitado épocas distintas. La pregunta, entonces, es bastante concreta: ¿estamos facilitando el encuentro entre edades o simplemente reproduciendo, con modales más prolijos, la misma segregación silenciosa de siempre?

Cierre: revisar el sesgo para ensanchar la vida
Tal vez la pregunta no sea solo cómo convivir mejor con personas de otras edades. Tal vez la pregunta más incisiva sea otra: qué nos perdemos cuando no lo hacemos. Qué conversaciones ni siquiera llegan a ocurrir. Qué aprendizajes se frustran antes de empezar. Qué matices del mundo dejamos de percibir cuando nos replegamos, casi sin advertirlo, entre quienes se nos parecen demasiado.
Una sociedad más intergeneracional deja de leer a quien nació en otro momento como un extraño y empieza a reconocer en él o en ella a alguien que trae una experiencia del mundo distinta, valiosa, capaz de ampliar la propia. Y esa ampliación es una condición para construir sociedades más justas, más inteligentes y más preparadas para el tiempo que viene, en medio de una transición demográfica marcada por el aumento sostenido de la expectativa de vida y la baja constante de la natalidad.
La invitación, entonces, es concreta: revisar los propios sesgos. Detectar en qué momentos seguimos pensando en edades y no en personas. Animarnos a cruzar más, a mezclar más, a dejarnos desacomodar un poco más. Porque cuando logramos hackear el prejuicio que nos susurra que alguien de otra edad es un otro lejano, circula mejor la confianza, se expande la inteligencia colectiva y la vida, en lugar de angostarse entre parecidos, gana espesor, porosidad e interés.
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