
En 1944, mientras el continente europeo vivía con incertidumbre vísperas del desembarco aliado, el autor Graham Greene comunicó su dimisión del MI6 a su jefe Kim Philby en el Café Royal de Regent Street en Londres. Este movimiento inesperado, ocurrido en pleno desarrollo de la Operación Overlord, marcó un punto de inflexión en la colaboración entre el escritor británico y el hombre que, desde el corazón del espionaje inglés, operaba secretamente al servicio de Moscú, y que se recupera en The Writer and the Traitor: Graham Greene, Kim Philby and the Great Betrayal de Robert Verkaik.
Un dato que distingue este episodio es que la renuncia de Greene ocurrió antes de que la traición de Philby fuera reconocida por las autoridades británicas. No sería hasta dos décadas después, en 1963, cuando los servicios de inteligencia del Reino Unido confirmaron la doble vida de Philby, quien finalmente desertó a la Unión Soviética y pasó sus últimos años en Moscú, alejado del ideal revolucionario que lo guiaba en juventud y obsesionado con detalles de la vida inglesa, como recibir mermelada y resultados de críquet.
Durante aquel almuerzo en el Café Royal, mientras la ciudad se preparaba para el Día D, Greene notificó a Philby —entonces jefe de la Sección V de contraespionaje— su decisión de abandonar el MI6. La escena no solo marcó el final de la colaboración entre ambos, sino que también levantó una incógnita persistente: Greene, descrito como un “sociólogo del pecado” por Verkaik, ¿captó señales de traición en su interlocutor en ese momento crucial?

Verkaik, autor de un reciente retrato dual sobre ambos personajes, plantea la pregunta pero rehúsa ofrecer una respuesta definitiva. Greene ya arrastraba desde la infancia un sentido de lealtades divididas entre la autoridad de su padre, director de la escuela de Berkhamsted, y el rechazo de sus compañeros. Su vida adulta se caracterizó por el riesgo y la identificación con causas dispares, frecuentando ambientes marginales de Londres durante el Blitz y recabando experiencias que más tarde alimentarían su literatura y su trabajo en inteligencia.
Kim Philby aparece esbozado por Verkaik como el prototipo de “clase dirigente británica”, aunque matiza que su entorno social siempre estuvo en la periferia de ese universo. Hijo de St John Philby, asesor del rey saudita y converso al islam, Kim se incorporó al MI6 amparado por la aparente garantía de que su militancia comunista era una fase juvenil. Sin ser un miembro pleno de la elite británica, el resentimiento y su experiencia universitaria habrían fortalecido su inclinación revolucionaria.
La frialdad de Philby contrastaba con la actitud performativa de Greene. Philby, cuyo primer idioma fue el punjabi debido a su nacimiento en la India, mantenía una vida sentimental turbulenta: cuatro matrimonios y múltiples aventuras, organizando la traición y la vida privada con igual aplomo.

Como señala Verkaik, Philby no solo traicionaba entregando detalles operativos y análisis estratégicos a Moscú, sino que también transmitió información esencial sobre el desembarco aliado. Su apuesta era que Stalin no traicionaría a los aliados occidentales. De haber procedido de otra manera el Kremlin, la costa de Normandía podría haberse convertido en una zona de masacre para las fuerzas aliadas.
Durante años, la naturaleza sospechosa de la renuncia de Greene permaneció abierta a la interpretación: ¿fue un acto motivado por el desengaño burocrático o por la percepción de la doble vida de Philby? Lo cierto es que la confirmación oficial del espionaje de Philby demoró dos décadas, hasta su huida y asilo en la Unión Soviética.
En Moscú, lejos de la vida opulenta o idealizada del agente mítico, Philby vivió reclamando pequeños recuerdos de Inglaterra. Los informes destacan que enviaba mensajes a sus contactos solicitando “mermelada inglesa y los últimos resultados del críquet”, mostrando un contraste irónico entre la trascendencia política de su traición y la trivialidad cotidiana de su exilio final.
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