
En las redes sociales circulan muchas historias de personas mayores que encontraron este propósito de manera casi fortuita. Es el caso de Jean Pierre, un jubilado francés de 86 años, quien después de haber aceptado a regañadientes, después de una caída, tener ayuda a domicilio y de haber pasado unos días en un hogar, quiso volver a su casa de siempre, donde había vivido con su mujer, Madeleine. Todavía podía vivir solo, tenía algunas dificultades lógicas para su edad, pero era autoválido.
Un día, de manera totalmente casual, tomó contacto con su vecina del tercero, una mujer que vivía sola con su hijo de 4 años. Se la cruzó cuando ella, con el niño colgado de un brazo y sosteniendo una bolsa de compras con el otro, intentaba abrir la puerta. Jean Pierre la ayudó a abrirla, y ella le contó, como al pasar, que a veces tenía dificultades para llegar a tiempo a la guardería donde quedaba su pequeño Noé. No lo dijo como una queja, sino como una explicación. Entonces el jubilado le ofreció quedarse con el niño hasta que ella regresara.
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Dos días después, esta mujer, Inés, le preguntó si podía quedarse con Noé mientras ella iba a la farmacia, ya que el niño estaba durmiendo. Jean Pierre subió a su departamento y vigiló el sueño del niño. En su testimonio, dice que fue la primera vez que no pensó en la caída que había sufrido tiempo antes, ni en su soledad. Sentía que estaba allí haciendo algo útil. Tres meses después, Jean Pierre cuidaba a Noé dos veces por semana. Iban juntos al mercado, y el niño elegía las frutas que quería comer. Hace poco, Inés le habló de otra amiga que tiene en el edificio que también necesitaría que cuiden por un momento a su hijo. Jean Pierre no sabe cuánto tiempo le queda por delante para poder subir por escalera los pisos del edificio, pero sabe que tener esta tarea que cumplir, este propósito en su vida, lo hace sentir como la persona que supo ser.

Otra historia del mismo tipo es la de Catherine, quien también quería vivir sola y esperaba que nadie le dijera cómo. Tenía todavía sus rutinas, la casa, el jardín, la cocina, las compras. Pero no sentía entusiasmo por nada. Un día se cruzó con una madre desesperada, que no llegaba a tiempo para buscar a su hija en la escuela. Catherine se ofreció a hacerlo ella, ya que el lugar no le quedaba lejos. Buscaba a la pequeña, le hacía la merienda, y esperaban juntas que la madre volviera. La joven mujer no tardó en compensar la ayuda de Catherine. Primero le trajo una comida que había preparado y que le resultaba demasiado abundante para su familia. Luego fue una invitación a almorzar un fin de semana. La relación fue creciendo, y hoy Catherine tiene una nueva familia, con quien comparte momentos que la llenan de alegría.
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No siempre se trata de ayudar a un vecino, también hay historias de personas mayores que todavía se sienten útiles y que saben que pueden ayudar a los demás. Es el caso de los voluntarios de hospitales, por ejemplo, o de las abuelas (y abuelos) que colaboran en comedores populares, o que preparan viandas para la gente que está en la calle. Recientemente una actriz muy conocida en Argentina compartió el testimonio de Lily Margulles de Salomon, quien con más de 100 años trabaja ad honorem en el Hospital de Vicente López. Es parte del grupo de las Damas Rosadas, quienes brindan gratuitamente asistencia, ayuda y contención a los internados que lo necesitan.

A fines de los años 90, un banco al cual concurrían muchos jubilados ofrecía la posibilidad de trabajar gratuitamente en un programa destinado a ayudar a que la gente de los pequeños pueblos se quedara en su lugar de origen, dando cursos de distintas especialidades. Buscaban jubilados que tuvieran algún oficio que enseñar. El programa funcionó un tiempo solamente, como muchos proyectos que quedaron en el olvido, pero en algunos casos sirvió para que alguna persona que pensaba que ya no tenía utilidad para la sociedad redescubriera la alegría de transmitir sus conocimientos a otros. Fue el caso de Ángel Vicente, maestro mayor de obras ya retirado de su oficio, que fue a un pueblo de la provincia de Buenos Aires a dar un taller de electricidad. El agradecimiento de la gente de la comunidad y el reconocimiento por otros de su capacidad para transmitir conocimientos y experiencia le dieron una inyección de vitalidad, en un momento en el cual pensaba que ya nadie lo necesitaba de verdad.
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Apoyo escolar, trabajo voluntario en centros de atención comunitaria, ayuda en comedores, asistencia a un vecino o a un mero conocido, todo puede ser válido para sentir que uno tiene aún un propósito por el cual vivir, uno de los pilares de la plenitud en esta etapa de la vida.

Sería fundamental que, tanto a nivel privado como estatal, se fomente este tipo de solidaridad y complementariedad intergeneracional, como la experiencia de las Fiestas de los Vecinos que en Francia habilitaban a los residentes de un mismo inmueble a conocerse, socializar y, quién sabe, ayudarse, tanto de modo ocasional como periódico. Unos pueden hacer las compras por el que no tiene facilidad de desplazamiento, otros, cuidar a los niños de los que salen a trabajar. Además, las políticas púiblicas deberían apuntar al aprovechamiento del talento silver en programas como el mencionado más arriba que llevaban la formación y el conocimiento de modo voluntario a lugares del interior del país donde no resulta tan fácil acceder a estos aprendizajes.
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