
Algo que antes parecía una excepción hoy va camino a convertirse en habitual. Seniors que ya tienen hijos seniors. Personas de la generación plateada cuyos padres viven aún.
Ante esto, más allá del tema del cuidado, que varía según el grado de autonomía de esos padres ancianos, más allá de las consideraciones de salud y atención que estos adultos mayores requieren de sus hijos también mayores, hay otro universo de cosas en las que se debería pensar. Cosas a tener en cuenta para aprovechar mejor esta coexistencia y también —cabe decirlo— para prepararnos mejor en esta etapa ante la inevitable partida de los que nos preceden.
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Seguramente van a quedar muchas tareas irresueltas, pero por qué no pensar en aquellas que podemos encarar para no lamentar no haberlas hecho cuando todavía estábamos a tiempo.
Una de estas es el registro de la historia familiar. Cuántos de nosotros hemos guardado fotos de nuestros padres cuando eran más jóvenes. Existe la posibilidad de digitalizar esos recuerdos y tener álbumes virtuales, o de imprimirlos y ponerlos en un lugar destacado de la casa? Pero no hay que pensar sólo en el registro fotográfico: podemos pedirles que nos cuenten su historia y grabar esos recuerdos, o ayudarlos a reconstruir la de sus propios padres y abuelos, si la conocen. Son muchos los adultos mayores que emprenden esta tarea.
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Compartir esto con los más jóvenes de la familia, además, contribuirá a que no se pierda la memoria colectiva.

¿Sabemos cómo se conocieron nuestros padres? Este puede ser también un punto de partida de una conversación que quizás no tuvimos cuando ellos y nosotros estábamos muy ocupados en los quehaceres de la vida activa. Qué soñaban ser, pudieron concretar sus deseos, se arrepienten de algo, también estas pueden ser preguntas disparadoras de una profunda conversación que haya quedado pendiente.
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Además, podemos pensar en qué cosas nos gustaría hacer con ellos y que seguramente fuimos postergando. Ir a un lugar especial, hacer un viaje, si todavía se puede, compartir una actividad que a ellos les guste en particular.
Darles una sorpresa. No siempre va a ser necesario salir: podemos compartir el cocinar juntos, aprender quizás esa receta familiar que todavía no nos transmitieron. Y si a esta actividad podemos sumar a los jóvenes, mejor aún. Ellos van a poder atesorar estos momentos compartidos y nosotros seremos el puente que lo habrá hecho posible.
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La intergeneracionalidad es una fuente de beneficios para grandes y chicos.
Podemos ver juntos su película favorita. No importa si ya la vieron muchas veces, compartir este momento con nosotros es un regalo que les hacemos y nos hacemos. Y escuchar juntos su música. Esa que probablemente no apreciábamos tanto cuando éramos jóvenes.
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Y, por qué no, podemos compartir con ellos lo que es nuestro mundo ahora. Muchas veces, incluso sin proponérnoslo, excluimos a nuestros padres de nuestra vida, nuestros intereses, nuestras ocupaciones. Ya somos “grandes” nosotros también, pero estamos en otro momento de la vida. Contarles qué nos gusta hacer, de qué disfrutamos, qué cambios se han producido en nuestro entorno, e incluso presentarles a nuestros amigos; todo eso es también una manera de hacerles sentir que todavía cuentan, que son importantes para nosotros, y que los queremos.

Justamente, ya que estamos, ¿cuántas veces les dijimos que los queremos? ¿Nos cuesta expresarlo con palabras, en directo? ¿Y si les escribimos una carta, para que la lean cuando no estamos presentes?
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Uno de los privilegios de tener padres longevos es que, a medida que maduramos, nos resulta más facil ponernos en su lugar, entenderlos. El tiempo es generoso con nosotros porque nos da la oportunidad de reparar el vínculo, si hiciera falta o, simplemente, de reforzarlo.
El tiempo compartido nos da la oportunidad de expresarles nuestro agradecimiento por todo lo que nos dieron, nuestro pedido de perdón, por aquello que no supimos entender en su momento, nuestros reproches también, si fuese el caso. Y no hace falta ponerlo en palabras, muchas veces alcanza con los gestos.
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