
La juventud es una búsqueda sin brújula. Se buscan amigos, ropa, lemas, goles, acordes, palabras para explicar lo que se siente. En 1988 nosotros buscábamos todo eso al mismo tiempo. Teníamos trece y cursábamos segundo año en la Escuela Nacional en Colón, una ciudad de la pampa bonaerense que apenas superaba los veinte mil habitantes.
La democracia era una experiencia reciente. En las clases de Educación Cívica se discutía de todo mientras en los recreos tratábamos de recuperar el estatuto mecanografiado del Centro de Estudiantes clausurado en la dictadura. Los años de plomo estaban demasiado cerca para ser historia y demasiado lejos para ser presente. Éramos pibes que empezábamos a entender que el mundo tenía capas. Y esas capas había que habitarlas. Hasta que un día descubrimos algo que fue más que un golpe de suerte.
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Todo descubrimiento empieza antes del momento en que creemos haber encontrado algo. Una tarde en la casa de Mariano Mortara, compañero del Bachiller, apareció el casete Un baión para el ojo idiota. Mariano era el menor de cuatro hermanos. Los otros tres estudiaban en Buenos Aires y regresaban cada tanto con libros, revistas, discos, historias y nombres desconocidos. Las novedades viajaban en bolsos y en Chevallier y ellos eran como los gitanos de García Márquez con los espejos. Y cuando sonó por primera vez en el doble casetera esa música de rock fuerte y puticlub no nos quedó otra que vernos reflejados. Los Mortara más grandes nos habían traído el mapa de nuestras juventudes.

Un baión empezó a caminar con nosotros. Lo llevábamos a todos lados, al gimnasio, a los asaltos, a las mateadas. En la radio todavía no sonaban Los Redondos y en las disquerías tampoco vendían sus discos. Muchos años después, un ricotero empedernido me dijo: “El blues es una música que viaja”. Literal y metafóricamente, Matías López me hablaba de la migración y la resistencia que el género tiene en sus raíces. Matías puso en palabras eso que estábamos empezando a hacer sin saberlo. Trasladar y trasladarnos con las canciones que queremos. Los Redondos hacen una música que viaja.
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En Colón, los sábados a la noche seguían un ritual parecido. Antes de ir a Onda Verde, pasábamos por la terminal de ómnibus, ubicada en pleno centro, sobre calle 47. En las galerías, los fotógrafos exhibían imágenes de casamientos, bautismos y cumpleaños de quince. Ahí nos enterábamos de los movimientos sociales y nos reíamos de los atuendos más ridículos. Luego, llegaba el paso por las dos disquerías: Mastership del Polaco Valla y La Guitarrita de Cuqui Bobet. Mirábamos las tapas. Leíamos los créditos. Tomábamos nota mental de nombres que no conocíamos. La búsqueda formaba parte de la experiencia.

Los primeros asaltos estaban en marcha en los patios y en los garajes de las chicas. Las canciones definían grupos, afinidades, pequeñas identidades. Nosotros habíamos bailado “Tirá para arriba” y “Nada personal” en el viaje de estudios a Carlos Paz en 1986, pero esos acordes ya no nos representaban. Escuchábamos lo que circulaba. Lo que llegaba. Y ahí estaba el inicio del recorrido.
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No había FM. Emisora Colón y Radio Impacto eran las dos emisoras de circuito cerrado. Radio por cable. Por las noches, cuando el aire ayudaba, podían captarse señales lejanas de Buenos Aires o Rosario. La televisión ofrecía dos opciones: Canal 3 y Canal 5 de Rosario. A veces aparecía el Canal 10 de Junín. El cable todavía no existía. La cultura viajaba despacio. O había que salir al encuentro. Todo el tiempo queríamos saber más de esa banda misteriosa. Ya habíamos conseguido Oktubre. Y de tanto buscar también aparecieron otras historias paralelas.
La historia de Tanguito había llegado antes que sus canciones. Habíamos leído sobre él, sobre Los Gatos, sobre La Balsa, sobre el bar de Once. Pero todavía no la habíamos escuchado. Nadie tenía el disco. Hasta que alguien mencionó al disc-jockey Polilla Di Plácito. Fuimos a buscarlo. Golpeamos la puerta. Esperamos. Cuando apareció, uno preguntó:
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—Polilla, ¿vos tenés el disco de Tanguito?
—Sí.
—¿Lo podemos escuchar?
Nos miró unos segundos y abrió la puerta. Entramos. Caminamos en fila. Buscó entre discos de muchas bandas que todavía no habíamos escuchado. Lo encontró y lo puso en la bandeja.
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Esa tarde escuchamos La Balsa por primera vez. No recuerdo cuánto tiempo nos quedamos. Lo suficiente para saber que a las canciones había que salir a encontrarlas.
Mientras tanto, Los Redondos crecían. Y nosotros con ellos. Nosotros no éramos los seguidores de la primera etapa. Demasiado niños para la militancia, para Cemento, para la juventud comprometida. Sí, éramos el primer eslabón joven de una década que estaba por llegar, ese futuro que el Indio Solari ya nos había advertido hace rato.
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Y entonces llegó diciembre de 1989. La hiperinflación había convertido la economía en una tómbola de precios. Los noticieros ya nos habían mostrado los saqueos, las renuncias anticipadas y los cambios de gobierno. Nosotros teníamos catorce y los raros peinados nuevos ya parecían viejos. Las canciones de Los Redondos eran como un oráculo. Nosotros queríamos más. Siempre más. Y un anuncio que fue un quiebre para la historia de la banda. Los Redondos iban a presentar ¡Bang Bang... Estás Liquidado! en Obras Sanitarias, la meca del rock.
La banda atravesaba una contradicción que había discutido durante años. Después de haber construido un recorrido independiente, lejos de los grandes escenarios del rock comercial, el crecimiento del público la había empujado hasta Obras. Los teatros, los boliches y los salones donde habían tocado ya no alcanzaban para contener a ‘las bandas’ que llegaban desde distintos puntos del país.
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No hubo discusión posible. Con Mariano decidimos que había que ir. No era un plan ni una posibilidad: era una necesidad. Teníamos catorce y sentíamos que todo lo que habíamos buscado durante los últimos meses nos estaba conduciendo hacia ese lugar.
La solución apareció en la figura de Gabriela Mortara, la hermana mayor de Mariano que estudiaba abogacía. Le preguntamos si podía acompañarnos y dijo que sí. Ella debía tener poco más de veinte pero la veíamos como una mujer grande, adulta, que vivía sola.
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El ferrocarril Mitre todavía conectaba Colón con la Capital. Faltaba un año para la privatización de los ferrocarriles y su posterior cierre en el gobierno de Carlos Menem. El viaje empezó en el andén, en la ansiedad compartida, en las conversaciones sobre canciones y discos. Después vino Retiro, de ahí seguimos hasta la zona de Congreso donde vivía Gabriela, dejamos los bolsos y finalmente emprendimos el último tramo hacia el estadio en el 60.
No recuerdo el recorrido. Sí recuerdo los colectivos llenos de banderas, los grupos caminando en la misma dirección, los cantos que aparecían en una esquina y continuaban en la siguiente. Parecía que toda la ciudad se estuviera desplazando hacia un único punto. Había algo futbolero en el clima, una energía colectiva que hasta entonces solo conocíamos de las transmisiones radiales de los domingos.
El 2 de diciembre de 1989, Los Redondos llegaron por primera vez a Obras Sanitarias, un escenario que durante años habían rechazado por considerarlo parte del circuito más comercial del rock. Dos años después, ese mismo estadio quedaría asociado a uno de los episodios más graves de violencia institucional: el asesinato de Walter Bulacio, el joven de diecisiete años detenido por la policía durante una razzia previa a un recital de la banda en abril de 1991.

Lo que permanece en mí es un cúmulo emocional. Es la guitarra de La Parabellum del buen psicópata y la fiesta de Ya nadie va a escuchar tu remera. Es la escala. Las camisetas al viento. Las banderas. La sensación de estar frente a algo inmenso. No solo era la primera vez que veía a Los Redondos. Era el primer recital de mi vida. Todo resultaba nuevo. Una transpiración colectiva de pasión compartida. Todo era fiesta.
La historia continuó en Rosario en julio de 1990 en el club Sportivo América. Solo había pasado un día del triunfo de Argentina contra Italia en los penales del Mundial, el día después del Goycochea héroe, del gol de Caniggia de cabeza, de la entrega de Olarticoechea, las puteadas de Maradona cuando los italianos silbaron el himno, de uno de los triunfos más épicos de la selección argentina.

Y nosotros, los adolescentes de la última década del milenio, saltábamos como locos entre el rock y el fútbol. En un club de barrio Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota estaban haciendo girar su ¡Bang, Bang! Teníamos conciencia plena de que éramos contemporáneos de una alegría desmesurada y de un presagio oracular y distópico.
Con los años entendí que la fascinación que sentimos aquella tarde en la casa de Mariano no se explicaba solamente por una banda. Lo que habíamos encontrado era otra cosa. Una manera de buscar. Una forma de relacionarnos con la cultura. La intuición de que detrás de cada canción existía un espejo gitano. Un prisma para mirar y mirarnos.
Cuando escucho a Los Redondos vuelvo al primer casete. A una habitación cualquiera de una casa de Colón en la previa de un sábado a la noche antes del boliche. A un grupo de pibes que intentan descifrar una canción encriptada. Es que algunas experiencias permanecen intactas. Una forma de mirar el mundo que todavía sigue ahí, escondida en algún lugar entre el ruido de un grabador, una cinta gastada y la certeza adolescente de que siempre vale la pena salir a buscar. Incluso lo que no sabemos que existe.

En memoria de César Mortara y Matías López.
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