
La ciudad de Londres de la posguerra no parecía un escenario propicio para una revolución silenciosa en la medicina. Entre el racionamiento, la reconstrucción urbana y el inicio de la Guerra Fría, la prioridad sanitaria pasaba por contener enfermedades infecciosas y atender heridas recientes.
Sin embargo, fue allí donde Jeremiah Noah Morris observó algo que cambiaría para siempre la relación entre el cuerpo y la salud: las personas que se movían más morían menos por enfermedades cardiovasculares.
PUBLICIDAD
Morris, médico y epidemiólogo del Medical Research Council británico, no llegó a esa conclusión en un laboratorio. La encontró en la calle. Comparó a los conductores de los autobuses londinenses de dos pisos, que pasaban largas horas sentados, con los inspectores que subían y bajaban escaleras durante toda la jornada laboral.
Los resultados fueron contundentes: los trabajadores activos presentaban menor incidencia de enfermedad coronaria y mayor expectativa de vida. El estudio fue publicado en 1953 en The Lancet y marcó el inicio de la epidemiología de la actividad física.

Ese hallazgo, que con el tiempo llevó a que Morris fuera definido como “el hombre que descubrió el ejercicio”, tardó años en ser aceptado por la comunidad científica. La hipótesis parecía demasiado simple. No hablaba de medicamentos ni de intervenciones complejas, sino de algo cotidiano: moverse.
PUBLICIDAD
Siete décadas después, esa idea reaparece en otro registro, lejos del Londres industrial y cerca de una pileta de waterpolo. Carlos Vozzi, médico cardiólogo argentino jubilado, retoma el legado de Morris desde la práctica clínica y la experiencia corporal. Lo hace como investigador académico ya que estudia Filosofía, y como waterpolista senior que sigue compitiendo en torneos internacionales representando a la selección argentina.

Para Vozzi, ese punto de inflexión sigue siendo clave para entender la medicina actual. “Morris miró lo que pasaba en la vida real y entendió algo esencial: el que se mueve se enferma más tarde”, sintetiza.
PUBLICIDAD
En su lectura, el valor del hallazgo no estuvo solo en la comparación empírica, sino en el cambio de paradigma que propuso: “A partir de ahí se entendió que la actividad física no tiene que ser necesariamente un deporte competitivo ni una búsqueda de rendimiento. No se trata de ganar torneos ni de alimentar el narcisismo, sino de sostener el cuidado y el equilibrio del ser”.
Desde esa perspectiva, agrega, el movimiento “tiene que exigir un poco, pero no doler”, porque es en ese punto —advierte— donde el ejercicio deja de ser castigo y se convierte en una herramienta que prolonga la vida “no solo en cantidad, sino también en calidad”.
PUBLICIDAD
Vozzi sostiene que la actividad física no puede pensarse como un bloque homogéneo. Diferencia con claridad tres conceptos: actividad física, ejercicio y deporte. La primera incluye cualquier movimiento cotidiano.
El ejercicio supone planificación y repetición. El deporte incorpora reglas, competencia y entrenamiento. Esa distinción no es teórica: define riesgos, beneficios y modos de cuidado.
En su trabajo clínico, Vozzi insiste en que la práctica física debe diseñarse de manera individual. Cada cuerpo arrastra una historia: hábitos, lesiones, enfermedades previas, deseos y límites.

En los adultos mayores, advierte, esa distinción se vuelve central: “El deporte es más exigente después de los 50, de los 60 y, en mi caso, después de los 70. Hay que modelarlo al deportista de esta edad para que la capacidad de su cuerpo, de su mente y su integración a un espacio social generen beneficios y no sean perjudiciales”.
PUBLICIDAD
No se trata de aplicar esquemas generales, sino de ajustar la práctica a cada biografía corporal: “Es un diseño a medida, un traje a medida que hay que hacer con cada persona, y no una estandarización que desconozca la individualidad de quien decide practicar un deporte, como el waterpolo”.
Por eso rechaza programas estandarizados que no contemplan particularidades biológicas, psicológicas y sociales. El enfoque que propone se apoya en evaluaciones funcionales periódicas y en una lógica de acompañamiento médico continuo.

Esa mirada dialoga de forma directa con el descubrimiento de Morris. El epidemiólogo británico demostró que no era necesario el deporte competitivo para proteger el corazón. El movimiento habitual alcanzaba. Vozzi actualiza esa premisa en un contexto distinto, atravesado por el sedentarismo prolongado, la sobreexigencia física y la cultura del rendimiento.
PUBLICIDAD
Mientras Morris trabajó con grandes poblaciones y estadísticas, Vozzi lo hace con personas concretas. Donde uno midió riesgos relativos, el otro observa trayectorias vitales. Ambos coinciden en un punto central: el ejercicio no debe ser heroico ni doloroso para ser beneficioso. Debe ser sostenido, posible y cuidado.
La experiencia deportiva ocupa un lugar relevante en la vida de Vozzi. Como jugador de waterpolo en categorías máster, integró equipos argentinos y compitió en campeonatos internacionales. Hace algunos meses, luego de competir en el Campeonato Mundial de Singapur, contamos su historia en Infobae.
Esa práctica no aparece como un gesto nostálgico, sino como una forma activa de pensar su presente, tiene 74 años. En ese recorrido, el deporte deja de ser rivalidad y se transforma en integración social, identidad y continuidad vital.
PUBLICIDAD
Morris también mantuvo una vida activa hasta edades avanzadas. Caminaba, nadaba y entrenaba con regularidad. Sus últimos trabajos se centraron en actividad física y envejecimiento saludable. La coherencia entre teoría y práctica fue una constante en su trayectoria.
Es que Morris amplió su mirada y fue más allá del vínculo entre trabajo y enfermedad coronaria. En una época en la que el ejercicio solo se justificaba por su utilidad laboral, militar o deportiva, sostuvo que el movimiento debía pensarse como una herramienta central de salud pública.
También modificó sus propios hábitos, dejó de fumar tras conocer los estudios de Richard Doll sobre tabaquismo y cáncer de pulmón, y adoptó la caminata regular como práctica cotidiana hasta el final de su vida. Ya en las décadas de 1960 y 1970 advirtió que las sociedades occidentales se habían convertido, por primera vez en la historia, en poblaciones obligadas a “hacer ejercicio” para mantenerse sanas.
PUBLICIDAD
Caminaba largas distancias cuando aún era una rareza, defendía el valor psicológico y social del acto de caminar y llegó a definir al ejercicio como “la mejor inversión en salud pública”, una afirmación que recién décadas después comenzó a traducirse en políticas, hábitos y recomendaciones sistemáticas.

El cruce entre Morris y Vozzi no es solo académico, sino conceptual. Uno inaugura una evidencia científica. El otro la traduce en su vida cotidiana. Entre ambos se traza una misma línea: el cuerpo humano necesita movimiento, pero también cuidado. No se trata de sumar exigencias, sino de sostener una relación equilibrada con el propio cuerpo a lo largo del tiempo.
En un contexto donde la longevidad crece y las enfermedades crónicas siguen siendo un desafío, la observación de Morris y la práctica de Vozzi convergen en una misma advertencia: moverse importa, pero cómo se hace puede marcar la diferencia entre beneficio y daño.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
The Shift Report: la nueva longevidad impacta en el mundo laboral, pero la adaptación de las organizaciones está rezagada
La vida activa extendida requiere nuevas soluciones de aprendizaje y ajustes institucionales para acompañar trayectorias laborales más complejas

¿Tiene usted la salud suficiente para envejecer en su propio hogar?
Una revisión de las capacidades físicas, cognitivas y sociales permite anticipar qué apoyos y cambios pueden necesitarse para permanecer en una vivienda propia con seguridad

"El cuerpo responde a los patrones, no a los picos": la filosofía del médico que cambió urgencias por la longevidad
Eliopoulos fundó Longevity Health tras más de una década en el sistema sanitario convencional. Su meta es que este modelo de prevención personalizada llegue, algún día, a cualquier paciente en Estados Unidos.

Qué barreras financieras enfrentan los mayores de 60 años en Argentina y por qué podrían constituir discriminación institucional
Fraudes digitales dirigidos, límites de edad en hipotecas y créditos con costos superiores al 400% anual. Una abogada de la UBA explica qué derechos amparan a más de 7 millones de personas

La fruta que los neurólogos recomiendan para cuidar el cerebro después de los 50 años
Especialistas en neurología e investigaciones clínicas señalan a un fruto con alta concentración de polifenoles como el aliado más eficaz contra el deterioro cognitivo en la mediana edad, incluido el Alzheimer

