
Cambiar una rutina, aprender a usar una nueva aplicación en el celular, adaptarse a un cambio de horarios o reorganizar una actividad cotidiana puede resultar sencillo para algunas personas y mucho más desafiante para otras. Con el paso de los años, muchas personas notan que estas adaptaciones requieren más esfuerzo mental, más tiempo y generan mayor frustración. La ciencia empieza a explicar por qué ocurre este fenómeno.
Un estudio liderado por investigadores de la University of Arkansas, publicado por la Society for Neuroscience en la revista eNeuro, reveló que la disminución de la capacidad de adaptación en la adultez mayor está vinculada a cambios estructurales en el cerebro, especialmente en la mielina, una sustancia clave para el funcionamiento eficiente de las conexiones neuronales. Estos cambios afectan la llamada flexibilidad cognitiva, una habilidad fundamental para ajustar la conducta frente a nuevas situaciones.

En términos simples, el trabajo muestra que el cerebro envejece no solo por la pérdida de neuronas, sino también por alteraciones en la calidad de las “rutas internas” que permiten que la información circule con rapidez y precisión.
Qué es la materia blanca y por qué importa la mielina
El cerebro está formado por dos grandes componentes: la materia gris, donde se procesan las señales, y la materia blanca, que funciona como una red de cables que conecta distintas regiones cerebrales entre sí. Esa materia blanca está recubierta por la mielina, una sustancia que actúa como aislante eléctrico y permite que los impulsos nerviosos viajen de manera rápida y ordenada.
Es como una red de autopistas: cuando las rutas están bien asfaltadas y señalizadas, los autos circulan con fluidez; cuando se deterioran, aparecen demoras, desvíos y errores. Algo similar ocurre cuando la mielina se deteriora: la transmisión de la información se vuelve menos eficiente.

La flexibilidad cognitiva depende justamente de que estas conexiones funcionen bien. Es la capacidad de cambiar de estrategia, alternar tareas, corregir errores y adaptarse a nuevas reglas. Por ejemplo, cuando una persona aprende un nuevo sistema de pago digital o modifica una costumbre arraigada, está poniendo en juego esta habilidad.
Cómo se realizó el estudio
El equipo dirigido por Tatiana Wolfe analizó imágenes cerebrales provenientes de dos grandes bases de datos internacionales: el Human Connectome Project y el UK Biobank. Estas plataformas reúnen estudios de resonancia magnética de miles de personas de distintas edades.
A través de técnicas avanzadas de neuroimagen y metaanálisis, los investigadores identificaron qué regiones y qué trayectos de materia blanca están más vinculados con la flexibilidad cognitiva. Luego evaluaron cómo esas estructuras cambian entre la adultez joven y la adultez mayor.

Los resultados mostraron que, en adultos jóvenes, los tractos cerebrales asociados a la adaptación mantienen características relativamente homogéneas, es decir, funcionan de manera pareja y coordinada. En cambio, con el envejecimiento aparece una mayor diferenciación: algunas rutas conservan mejor su funcionamiento, mientras que otras se deterioran más rápido.
Esta pérdida de homogeneidad se asocia al deterioro de la mielina.
Qué ocurre en el cerebro al envejecer
En las personas mayores, los investigadores observaron que las propiedades biológicas de la materia blanca pierden uniformidad. Esto implica que la comunicación entre distintas áreas del cerebro se vuelve menos eficiente, lo que repercute directamente en la capacidad de adaptarse a cambios.
Las estructuras implicadas en tareas como cambiar de una actividad a otra, actualizar información o inhibir respuestas automáticas muestran una relación más estrecha con el comportamiento adaptativo en la vejez que en la juventud. Es decir, cuando estas conexiones se deterioran, el impacto funcional se vuelve más evidente.

En la vida diaria, este fenómeno se manifiesta de forma muy clara: una persona mayor puede tardar más en adaptarse a un nuevo recorrido de transporte o confundirse más fácilmente cuando cambian las reglas de un trámite digital. No se trata de falta de voluntad, sino de un procesamiento cerebral que requiere mayor esfuerzo debido a la pérdida de eficiencia en las conexiones internas.
La investigación confirma que los cambios en la materia blanca cerebral explican parte de las diferencias individuales en la capacidad de afrontar desafíos, reorganizar rutinas o aprender nuevas habilidades con la edad. Estas transformaciones pueden impactar en funciones clave para la autonomía, como la toma de decisiones, la planificación y la resolución de problemas.
A medida que la flexibilidad cognitiva disminuye, algunas personas pueden experimentar mayor dependencia, menor iniciativa o dificultades para adaptarse a entornos cambiantes, algo especialmente relevante en una sociedad cada vez más digitalizada.
Implicancias para la salud y el futuro
Wolfe y su equipo señalan que uno de los aportes más importantes del estudio es la posibilidad de utilizar indicadores biológicos, como el análisis de la mielina, para detectar de forma temprana señales de deterioro cognitivo. Esto podría permitir diseñar estrategias preventivas antes de que las dificultades sean evidentes en la vida diaria.

A largo plazo, estos hallazgos podrían contribuir al desarrollo de intervenciones orientadas a preservar la plasticidad cerebral, ya sea mediante estimulación cognitiva, actividad física, hábitos saludables o futuras terapias dirigidas al mantenimiento de la materia blanca.
Comprender cómo evoluciona el cerebro con el envejecimiento no solo ayuda a explicar los cambios normales de la edad, sino también a mejorar la calidad de vida, promover la independencia y anticipar posibles dificultades funcionales.
El estudio aporta evidencia de que la capacidad de adaptarse al entorno no depende únicamente de la experiencia o la motivación, sino también del estado biológico de las conexiones cerebrales que sostienen el pensamiento flexible.
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