
Un grupo de científicos de la Universidad de Leeds, del Reino Unido, investigó los riesgos cardíacos específicos en deportistas mayores de 50 años, sin dejar de reconocer los beneficios generales de la actividad física.
Pero puso la lupa en que las personas que practican deportes como ciclismo o triatlón deben tomar precauciones.
Su estudio fue publicado en la revista European Journal of Preventive Cardiology. Consistió en el seguimiento de 106 hombres que entrenan más de 10 horas semanales desde hace al menos 15 años.

Con el apoyo de la Fundación Británica del Corazón, los investigadores detectaron que los deportistas mayores con “cicatrices” en el corazón tienen más riesgo de sufrir arritmias peligrosas cuando entrenan.
Las llamadas “cicatrices” cardíacas, conocidas en términos médicos como fibrosis miocárdica, son zonas del corazón donde el tejido se volvió más duro y menos flexible.
Esto puede ocurrir tras un infarto, enfermedades previas o, según sugieren los investigadores, posiblemente por el impacto acumulado de muchos años de entrenamiento intenso, aunque la causa exacta aún se estudia en atletas.
La fibrosis funciona como una marca o parche que altera la forma en que el corazón manda las señales eléctricas que controlan el ritmo de los latidos.

Según el doctor Wasim Javed, autor principal del trabajo, “el ejercicio solo aumenta el riesgo de ritmos cardíacos anormales en personas que ya presentan cicatrices en el corazón”.
Esto significa que la actividad física no causa el problema, pero puede actuar como disparador en quienes tienen esta condición.
Los investigadores siguieron a los atletas durante más de dos años, utilizando monitores implantados bajo la piel y tecnología vestible para registrar cualquier alteración en el ritmo cardíaco y comparar esos datos con la cantidad, intensidad y tipo de ejercicio realizado.
A lo largo del seguimiento, un 23,5% de los participantes presentó algún episodio de arritmia ventricular, es decir, un ritmo cardíaco rápido e irregular que puede resultar peligroso.
De ese grupo, el 76% tenía signos de fibrosis en la resonancia magnética. En cambio, solo el 38% de los que no tuvo arritmias presentaba estas cicatrices.

Un dato relevante: todas las arritmias más graves, conocidas como taquicardia ventricular sostenida, ocurrieron durante el ejercicio y siempre en atletas con fibrosis.
Los investigadores aclararon que no hubo diferencias en la cantidad ni en la intensidad del ejercicio entre quienes sufrieron arritmias y quienes no.
Según Javed, “los atletas que desarrollaron arritmias no entrenaban más ni más fuerte que el resto”. Esto refuerza la idea de que la presencia de cicatrices es el factor clave y que el esfuerzo físico puede actuar como el gatillo en un corazón ya marcado.
Para detectar estos episodios, los deportistas usaron monitores cardíacos implantados y relojes inteligentes que permitieron registrar el momento exacto y la relación con la actividad física.
“Los tres atletas que sufrieron arritmias peligrosas detectaron picos repentinos en sus dispositivos, lo que les avisó que algo no marchaba bien”, señalaron los científicos.

Recomendaron a quienes entrenan de forma intensa y tienen más de 50 años que no ignoren esos avisos y consulten si aparecen síntomas como palpitaciones, mareos o dolor en el pecho.
También sugirieron que los chequeos cardíacos regulares y el uso de dispositivos que se llevan puestos como accesorios o integrados en la ropa pueden ayudar a prevenir complicaciones.
“El ejercicio tiene muchísimos beneficios y es seguro para casi todos, pero quienes forman parte de este grupo deberían controlarse para entrenar de la forma más saludable posible”, remarcó Javed.
La investigación señala que la presencia de marcas en el corazón puede pasar desapercibida hasta que una situación de esfuerzo revela el problema.

En total, los 106 atletas incluidos en el estudio eran hombres mayores de 50 años, ciclistas o triatletas, sin enfermedades cardíacas diagnosticadas y con un largo historial de entrenamiento intenso.
La investigación muestra que la arritmia grave aparece casi exclusivamente en quienes tienen fibrosis, sin relación con el tipo, la cantidad ni la intensidad del ejercicio.
En diálogo con Infobae, el médico cardiólogo y electrofisiólogo Mario Fitz Maurice, director médico de INADEA y jefe del Servicio de Cardiología del Hospital Rivadavia en Buenos Aires, explicó: “Durante décadas repetimos, con razón, que el ejercicio físico es una de las mejores herramientas para prevenir la enfermedad cardiovascular y lo sigue siendo. Sin embargo, la medicina del deporte moderna empieza a mostrar que, en ciertos grupos muy específicos, el corazón entrenado durante años puede desarrollar cambios que no siempre son inocentes”.
El nuevo estudio publicado en la revista European Journal of Preventive Cardiology “utilizó una metodología poco habitual pero extremadamente valiosa. Cada participante tuvo un registrador de ritmo implantado bajo la piel durante más de dos años, y además se analizaron en detalle todos sus entrenamientos mediante dispositivos electrónicos. Esto permitió correlacionar, con una precisión inédita, cuándo ocurrían las arritmias y en qué contexto de ejercicio”, comentó.

El resultado merece atención: casi uno de cada cuatro atletas presentó episodios de arritmias ventriculares. En la mayoría de los casos fueron breves y sin síntomas, pero en algunos se detectaron arritmias más prolongadas y potencialmente peligrosas.
Para el experto, es destacable que “no hubo diferencias en la cantidad, intensidad ni tipo de entrenamiento entre quienes tuvieron arritmias y quienes no. La diferencia estuvo adentro del corazón”.
Los atletas que desarrollaron arritmias presentaban con mucha mayor frecuencia fibrosis miocárdica, es decir, pequeñas zonas de cicatriz dentro del músculo cardíaco, detectadas por resonancia magnética.
“Esto sugiere un concepto clave que es importante transmitir con claridad: el ejercicio intenso no sería la causa primaria del problema, sino el desencadenante de una arritmia en un corazón que ya tiene una base vulnerable. El esfuerzo actúa como gatillo sobre un sustrato eléctrico anormal que muchas veces no da síntomas en la vida cotidiana”, subrayó Fitz Maurice.

“Otro hallazgo clínicamente muy útil es que estos atletas de mayor riesgo ya mostraban señales durante la evaluación: latidos ventriculares anormales durante la prueba de esfuerzo, a veces con características que en cardiología consideramos atípicas. Además, en todos los casos con arritmias más peligrosas, previamente habían aparecido episodios más breves. Es decir, la arritmia no apareció de la nada: dio avisos”, dijo.
Los resultados del estudio indican que “en deportistas veteranos que entrenan en forma muy exigente no alcanza con sentirse bien ni con rendir bien. Hay alteraciones que no producen síntomas y que solo se detectan con estudios adecuados”.
La prevención no termina en el control médico. “Si las arritmias graves tienden a aparecer durante el esfuerzo, entonces la presencia de desfibriladores automáticos y personal entrenado en RCP en espacios deportivos no es un lujo. Es una necesidad sanitaria básica. La sobrevida depende, literalmente, de los primeros minutos”, destacó.
Con la evidencia actual, la fibrosis miocárdica establecida no se considera reversible en sentido estricto. La fibrosis implica el reemplazo del tejido muscular por colágeno; una vez que ese tejido se forma, no vuelve a ser miocardio contráctil ni eléctricamente homogéneo.
“Con lo que se sabe hoy, cuando la fibrosis está presente, el enfoque es estratificar el riesgo y reducir los disparadores, no “curar” la cicatriz", dijo el especialista.
“Probablemente exista susceptibilidad individual. Dos atletas con el mismo entrenamiento pueden tener respuestas miocárdicas distintas: microinflamación repetida, estrés mecánico del ventrículo derecho, posibles factores genéticos no detectados. Todo esto puede favorecer la fibrosis en algunos y no en otros”, comentó.

No hay evidencia de que “entrenar un poco menos” evite la fibrosis si ya existe predisposición. “Por eso, no podemos hoy recomendar umbrales seguros de horas o intensidad para evitar fibrosis”, acotó.
Los chequeos habituales en deportistas veteranos suelen incluir historia clínica, ECG en reposo, prueba de esfuerzo y a veces ecocardiograma. El problema es que muchos de esos atletas están asintomáticos. El ECG en reposo puede ser completamente normal. El ecocardiograma puede no detectar fibrosis. “En este estudio, el hallazgo que más se asoció a arritmias fue la fibrosis en la resonancia cardíaca, un estudio que no forma parte del tamizaje estándar”, señaló.
Además, las arritmias peligrosas fueron precedidas por episodios breves y asintomáticos. Algunas ocurrieron fuera del ejercicio, incluso durante el sueño. Esto cuestiona la idea de que si la prueba de esfuerzo es normal, el riesgo es bajo.
“Desde una mirada electrofisiológica, este nuevo trabajo refuerza algunos conceptos. La prueba de esfuerzo sigue siendo clave, pero no solo para la isquemia. La resonancia cardíaca debería considerarse en subgrupos seleccionados.

“El uso del Holter convencional puede quedarse corto”, advirtió. “Las arritmias en este estudio se detectaron con monitoreo continuo por más de dos años. Eso explica en parte la alta incidencia observada. No es realista implantar grabadores de bucles a deportistas sanos, pero la investigación sí deja en claro que un Holter de 24-48 horas tiene sensibilidad muy limitada y que episodios nocturnos o esporádicos pueden pasar desapercibidos”.
En conclusión, sostuvo el experto, “este trabajo no justifica alarmismo ni restricciones generales al deporte. Pero sí deja un mensaje incómodo para nuestra práctica: hay atletas mayores, muy entrenados, con corazones aparentemente sanos, que desarrollan cicatrices miocárdicas silenciosas capaces de generar arritmias graves, especialmente bajo esfuerzo”.
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