
La Navidad es un ritual en el que la familia sigue ocupando un lugar central, aunque con nuevas configuraciones y dinámicas que reflejan los cambios sociales y culturales del país.
Según la psicóloga Ileana Mateo (matrícula 2713), la celebración mantiene su capacidad de reunir a distintas generaciones, pero ya no se limita a la familia nuclear tradicional: hoy conviven en la mesa familias ensambladas, extendidas y grupos en los que los hijos alternan los festejos entre distintos hogares.
La disminución de la natalidad también ha reducido la presencia de niños, modificando el clima de las reuniones. En este contexto, Mateo observa que la Navidad ha dejado de ser un mero cumplimiento familiar para convertirse en un vínculo elegido, cuidado y consciente.
La familia sigue siendo el corazón del ritual, pero con formatos más flexibles y menos ceremoniales. “Hoy la mesa es más chica, más flexible y más austera. Los encuentros se organizan a último momento, las familias se desdoblan, se celebra en tandas”, explicó la especialista.
Además, la practicidad ha ganado terreno sobre la tradición, y en muchas casas el centro de la celebración ya no es la comida, sino el deseo de encuentro.
La psicóloga destaca que, aunque algunas tradiciones persisten —como la preparación de platos heredados de abuelas o recetas transmitidas de generación en generación—, cada vez más familias optan por formas de festejo que priorizan la sencillez y la practicidad.
En este sentido, señala que “de a poco las tradiciones van dando paso a nuevas formas más livianas y prácticas y tal vez se pasó más de lo impuesto a lo elegido”.
El espacio de los silver en la Noche Buena
Respecto de la generación silver, Mateo la define como el “nudo de la red familiar”, el punto donde convergen lo heredado y lo transmitido. Son quienes, en muchos casos, sostienen la mesa, los rituales y el clima de encuentro entre generaciones. Para numerosos adultos mayores, la Navidad reafirma su pertenencia a la trama familiar, aunque con necesidades distintas: menos ruido, tiempos más pausados y celebraciones menos intensas.

Algunos asumen un rol más contemplativo, mientras otros continúan siendo guardianes de los rituales y esperan que ese lugar sea reconocido. En ese marco, la psicóloga subraya la importancia de preguntarles cómo desean participar para que el encuentro también respete sus ritmos.
Mateo advierte que la cultura contemporánea, atravesada por la idealización de la juventud, tiende a desplazar a los adultos mayores y a desvalorizar su experiencia. En ese sentido, señala que la Navidad puede funcionar como un espacio para recuperar la escucha y habilitar la transmisión de la historia familiar.
Según su análisis, tras un período en el que la Navidad se asoció casi exclusivamente al consumo, actualmente se percibe una revalorización de los vínculos, fenómeno que atribuye en parte a un efecto pospandemia.
La practicidad y modelos más flexibles
Las dinámicas sociales actuales, marcadas por tiempos acelerados, distancias y migraciones internas, también han impactado en la forma de reunirse. Mateo recuerda que antes las abuelas comenzaban a cocinar varios días antes y la preparación de la comida era un motivo de reencuentro.
Hoy, la organización es más práctica y sencilla, y la tecnología permite que familiares separados geográficamente se conecten mediante videollamadas a partir de la medianoche, compartiendo aunque sea un breve momento.
La especialista subraya que la Navidad expone las formas de relación, comunicación y celebración de cada familia, así como sus conflictos y dificultades de integración. “Es como si ante ese evento se condensara la historia de cada familia, con sus luces y sombras”, afirmó.

Las diferencias generacionales se hacen evidentes: mientras los niños esperan la llegada de Papá Noel, los jóvenes aguardan la medianoche para reunirse con amigos y algunos adultos rememoran reuniones pasadas o se refugian en la tecnología, ya sea para evadirse o para registrar el momento en fotos.
Cómo afrontar un duelo
El dolor por la ausencia de familiares, ya sea por migraciones o rupturas, también se hace presente en muchas mesas. Mateo recomienda que, ante duelos recientes, se respete el proceso de cada persona: “Si no hay ánimo de festejo es esperable porque es el dolor lo que prima, acompañar, no exigir y se le puede preguntar a las personas qué necesitan para acompañar ese tiempo”.
Cuando el duelo ha avanzado, sugiere que un brindis o el recuerdo de anécdotas puede ayudar a integrar el dolor a la celebración.
En cuanto a los conflictos familiares, la psicóloga advierte que no pueden resolverse mágicamente en una noche. Recomienda que cada adulto reflexione sobre su disposición para el encuentro y reconozca la sensibilidad que estas fechas suelen despertar, ya que “ponen sobre la mesa todos los asuntos familiares: mandatos, fidelidades, favoritismos, diferencias en el reparto, exigencias, heridas actuales y otras que arrastramos de la infancia”.
Para Mateo, es fundamental crear estrategias personales que permitan vivir la noche como un espacio de paz y no de confrontación.
Los niños y la esperanza
El rol de los niños en la dinámica navideña es, para la especialista, central. “Creo que es una noche al año donde está bueno que como adultos le demos prioridad a los niños. Esas vivencias quedan grabadas en su memoria”, sostuvo. Su presencia introduce expectativa y emoción, y permite a los adultos reconectarse con la dimensión simbólica de la Navidad, asociada a la esperanza y la experiencia de la infancia.

Mateo señala que la Navidad conserva una impronta más familiar y emocional que el Año Nuevo, lo que se refleja en la frecuencia con la que los pacientes consultan sobre angustias y conflictos familiares en esta época: “Hoy los rituales se van reconfigurando para sostener la vida real y no ficciones de familia perfecta.”
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