Teté Coustarot, reconocida conductora, periodista y modelo argentina, ha construido su vida y carrera bajo el signo de la independencia y la autogestión.
Su historia personal y profesional se caracteriza por el coraje para asumir nuevos desafíos, la decisión de no depender de representantes y una visión de la libertad que excluye las culpas. A lo largo de los años, Coustarot ha reflexionado sobre el paso del tiempo, el valor del humor y la gratitud, y la calma como pilares de su forma de vivir.
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Desde su infancia en General Roca, Río Negro, Teté se destacó por su autonomía y curiosidad: “Yo terminé la secundaria muy chica, terminé con quince años y medio.”.
La influencia de su madre, maestra de profesión, resultó determinante: “Mamá era maestra y me llevaba con ella y empecé como oyente. Esa era la categoría. Yo estaba en primer grado, oyente, y aprendí todo.”

Esta temprana exposición al mundo del conocimiento y la responsabilidad la llevó a recibirse de maestra y, poco después, a mudarse a La Plata para estudiar periodismo en la universidad: “Me gustaba mucho estudiar. O sea, no sé si estudiar, porque en primer grado no estudiás, pero me gustaba eso de recibir conocimiento, aplicarlo y todo.”
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El trabajo llegó pronto a su vida. Su primer empleo en La Plata, repartiendo bebidas en el palco oficial de Estudiantes de La Plata, le permitió ganar en dos días lo que su padre enviaba para un mes. “Ese fue mi primer trabajo”, relata, y añade que la experiencia de la autonomía económica la marcó desde entonces.
El salto al modelaje llegó casi por azar, sostenido por su apertura a lo nuevo y por la falta de miedo al rechazo. “Nunca aparece el no en mi vocabulario. Viste que hay mucha gente que le decís: ‘Vamos al cine...’ No. Digo: contestame que sí, después me decís que no podés, pero el sí tiene que estar en tu vida”, afirma. Con esa lógica, después de desfilar en La Plata y ganar el concurso Miss Siete Días en Mar del Plata, su carrera comenzó a tomar forma. “Me sorprendió y, como en general nunca aparece el no en mi vocabulario, en ese momento dije que sí también”, recuerda sobre aquellos primeros pasos.
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La experiencia internacional llegó temprano, cuando fue seleccionada para representar a Argentina en el concurso Miss Young International en Japón: “Fue mi primer viaje al exterior.”
Allí, Coustarot negoció su propio contrato y vivió dos meses en el país nipón, trabajando para una campaña de tintura de cabello: “Tuve que arreglar el caché, tuve que hacer todo.” Y destaca la autogestión que caracterizó su carrera desde el principio. La confianza de sus padres fue clave: “Siempre tuvieron una mirada de confianza, nunca tuvieron miedo ni me transmitieron miedos de lo que podía pasar”.

La independencia profesional y económica es, para Teté, la base de la libertad: “La única forma de ser libre es ser independiente económicamente. Pero no libre porque soy mujer, sino un hombre también. Si vos tenés tu independencia económica, vos decidís las cosas, vos tenés capacidad de elección, de decir no esto, sí esto.”
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“Nunca tuve representante, nunca tuve nada de todo eso. No llego a un lugar y tengo secretaria, representante”, cuenta.
Esa forma de trabajar, nacida en parte por la ausencia de agencias en sus comienzos, se afianzó con el ejemplo de su madre: “Mi mamá trabajó toda la vida. Mamá era maestra y yo vi todo eso. La vi, la acompañé cuando se fue a comprar el primer auto, por ejemplo. Ella decidió.”
La autovaloración y la relación con el dinero también forman parte de su reflexión sobre la independencia femenina: “Las mujeres, en general, en la relación con el dinero somos culposas”.
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Para Coustarot, el miedo atraviesa casi todas las decisiones y suele aparecer disfrazado de excusas o silencios que desvían lo esencial. Lo piensa como una presencia constante, capaz de nublar lo que debe decirse o hacerse. En ese terreno, la valentía no es arrojo ciego, sino la lucidez de reconocer el miedo, mirarlo de frente y no permitir que se convierta en la frontera que define hasta dónde llegar.
El paso del tiempo es un tema que Coustarot aborda con una mezcla de franqueza y humor. Dice que hace tiempo entendió que “es una guerra perdida”, que el reloj avanza sin pedir permiso y que lo mejor es tratarse “con un poco de cariño y con humor”.
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Aceptar las marcas de los años, cuenta, también implica una actitud: mirar lo que cambia sin dramatismo. En esa línea, sostiene que el autocuidado no debe convertirse en obsesión. “No tengo excesivos tratamientos ni cuidados. No me obsesiono para nada”, afirma, y agrega que muchas veces lo que uno percibe como un defecto pasa inadvertido para los demás: “Cuando te sale un granito creés que todo el mundo te mira… A nadie le importa”.
La gratitud ocupa un lugar central en su vida. Le cuesta pensar en algo que falte cuando —como confiesa— siente que tiene mucho para agradecer.
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La clave, dice, está en enfocarse en el presente y en las relaciones que acompañan ese recorrido. “Cuando hacés bien lo que te toca hacer hoy, lo que viene también va a ser bueno”, reflexiona. Y advierte que distraerse con la idea de merecer más o de estar para otra cosa sólo desdibuja lo que se hace en el día a día.
Su mirada sobre el amor también se aparta de los moldes tradicionales. Lo define como una sensación luminosa, un espacio de compañía y paridad. “Es fantástico vivirlo, tener un par”, dice sobre la relación que la hace feliz. Para ella, cada persona construye su propia idea del amor: “Los poetas, los músicos, la literatura han intentado definirlo y cada uno tiene su interpretación. Mientras no sea violento ni abusivo y sea amoroso con el otro, todo bien”.
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Con el tiempo, Coustarot aprendió a convivir con la calma y la paciencia. Asegura que los tiempos de la vida rara vez coinciden con los propios deseos: “A veces te ponés ansiosa y decís: ‘¿Cuándo va a llegar esto?’ Y va a llegar, pero en el momento que tiene que llegar”. Esa aceptación, dice, ayuda a avanzar sin forzar lo que no está listo.
Su trayectoria demuestra que la libertad y la independencia no son estados dados, sino un trabajo cotidiano que exige coraje para enfrentar los miedos y determinación para elegir, una y otra vez, el propio camino.
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