Si, como muchas personas, pasas la mayor parte del día frente a una pantalla —alternando entre el correo electrónico laboral, TikTok, YouTube y chats grupales— es probable que alguna vez te hayas preguntado, aunque sea en tono de broma, si eres “adicto” a tu teléfono.
La inquietud es legítima, según determinó un jurado en Los Ángeles. En un caso que generó gran interés, el tribunal falló a favor de KGM, una demandante de 20 años que llevó a juicio a Meta y Google, aludiendo que funciones de diseño como el desplazamiento infinito, los filtros y la reproducción automática en Instagram, Facebook y YouTube la mantenían conectada hasta 16 horas diarias y agravaban su depresión, ansiedad, dismorfia corporal y autolesiones. (En el mismo proceso, TikTok y Snap llegaron a un acuerdo a principios de año).
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El veredicto podría abrir paso a miles de demandas similares e incluso limitar los alcances de las grandes tecnológicas en la competencia por captar la atención de los usuarios.
El avance de los litigios, sumado al crecimiento de investigaciones neurocientíficas y las alertas de organizaciones de salud, otorgan mayor urgencia a una cuestión debatida tanto a nivel académico como en la vida cotidiana: ¿existe realmente la “adicción a la tecnología”?
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Y si es así, ¿qué implica para el modelo de negocio que sostiene a las empresas más valiosas del mundo?
No existe una única respuesta. En un extremo está la “adicción” que la mayoría menciona en broma: revisar el correo antes de levantarse, desplazarse por TikTok en la fila del supermercado, actualizar Instagram por aburrimiento. En el otro extremo está un grupo mucho más reducido: personas como la demandante del caso y Sarah Hill, una joven entrevistada en un centro de tratamiento residencial para abuso digital en las afueras de Seattle.
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El uso compulsivo que Hill hacía de la aplicación de chatbot con IA Character AI llegó a absorberla tanto que abandonó la universidad y fue internada en reSTART, uno de los pocos centros especializados de este tipo en Estados Unidos y otros países.
En reSTART, los pacientes dejan los teléfonos inteligentes, los videojuegos, las redes sociales y otras tecnologías —a menudo durante meses— y dedican entre 24 y 30 horas semanales a terapia intensiva.
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El tratamiento cuesta, en promedio, USD 1.000 diarios, aunque en ocasiones el seguro puede cubrirlo si se asocia a diagnósticos como depresión o ansiedad.
Hill considera que el esfuerzo vale la pena. “Después de cometer tantos errores, finalmente me planto y digo: ‘Quiero salir de este ciclo sin fin’”, contó a Fortune. “Necesito hacer algo para mejorar como persona y mi vida”.
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Cosette Rae, cofundadora de reSTART, lleva casi 20 años tratando pacientes: jugadores que no salen de casa, adultos atrapados en la realidad virtual o la pornografía y, cada vez más, usuarios adictos a chatbots de inteligencia artificial.
La tecnología, afirma, está “en todas partes”, obligando a quienes están en recuperación a rechazar estímulos que nunca podrán evitar del todo.
Para Rae, los riesgos se agravan en la era de la IA. Advierte que los chatbots y compañeros virtuales, cada vez más sofisticados, pueden convertirse en figuras de apego sustitutas para los jóvenes, desplazando las relaciones reales. Advierte un inminente “tsunami” para familias que aún no comprenden el alcance de los riesgos ni cómo estos productos pueden transformar el futuro de sus hijos.
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La psiquiatra de Stanford Anna Lembke, autora de Dopamine Nation y perito citada por los demandantes en el juicio contra Meta y YouTube, sostiene que el uso compulsivo de la tecnología activa el circuito de recompensa cerebral de manera similar a la adicción a sustancias.
Cuando las personas actualizan sus redes o ganan en videojuegos, sus cerebros reciben descargas de dopamina que refuerzan la búsqueda reiterada de esa satisfacción. Con el tiempo, estas descargas pueden desensibilizar las vías de recompensa y debilitar la corteza prefrontal —la zona responsable de la planificación y el autocontrol—, dificultando resistir los impulsos incluso cuando el trabajo, los estudios o las relaciones personales sufren consecuencias.
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Estudios de neuroimagen en personas diagnosticadas con trastornos por videojuegos o redes sociales han evidenciado cambios estructurales y funcionales en estas regiones, similares a los observados en la ludopatía y otras adicciones conductuales.
La ciencia aún no ha llegado a un consenso, y las tecnológicas se apresuran a destacar que la adicción a la tecnología no está reconocida formalmente en el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM); este solo menciona el “trastorno por juego en internet” como una condición que requiere mayor investigación. Algunos expertos argumentan que etiquetar el uso intensivo de tecnología como “adicción” puede ser contraproducente.
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En una serie de encuestas, Ian Anderson, investigador del Instituto Tecnológico de California, y Wendy Wood, profesora de la Universidad del Sur de California, hallaron que quienes describían su uso de Instagram como una adicción “se sentían atrapados y menos capaces de cambiar”.
Ambos sostienen que las plataformas deben “modificar sus sistemas para que los usuarios recuperen el control de sus hábitos”, pero concluyen: “La verdad es que el uso intensivo no es necesariamente una adicción”.
En el caso de KGM, el director de Instagram, Adam Mosseri, declaró ante el tribunal que las redes sociales no son “clínicamente adictivas”. En un comunicado a Fortune, un portavoz de Meta señaló otros factores en la vida de la demandante como causa de sus problemas y añadió: “Las pruebas no respaldan la idea de reducir una vida entera de dificultades a un solo factor, y nuestro caso insistirá en ello”.
Un portavoz de Google, propietario de YouTube, calificó las acusaciones de “simplemente falsas”, citando los controles parentales, herramientas de seguridad para adolescentes y políticas pensadas para crear experiencias adecuadas a cada edad. (TikTok declinó comentar y Snap no respondió a las solicitudes de declaración).
¿Qué respuestas se barajan ante el problema?
Las autoridades evalúan diversas medidas, que van desde advertencias estatales y límites a la personalización de contenidos para menores, hasta prohibiciones totales de redes sociales para adolescentes en algunos países. Las plataformas han implementado opciones de seguridad, modos para adolescentes y recordatorios sobre el tiempo de pantalla.
Según el inversor tecnológico y autor Nir Eyal, exigir a las empresas que hagan sus productos menos atractivos puede resultar inviable. Para Eyal, parte de la preocupación por la adicción a la tecnología responde a un “pánico moral” y es excesivo responsabilizar a las tecnológicas por el uso excesivo que algunos hacen de sus productos.
“¿Dejar de hacer que el producto sea interesante? Eso es absurdo”, afirma. “Para eso usamos el producto. Eso se llama ‘entretener y atraer’”. Considera que el objetivo debe ser crear productos “mejores y más seguros”, no menos atractivos para el usuario.
(c) 2026, Fortune
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