
El triple crimen narco, la peor carnicería humana en la historia bonaerense reciente, un baño de sangre que se ideó en el Bajo Flores en el núcleo de una banda de traficantes peruanos con sus cómplices argentinos, y que luego se consumó entre La Matanza y Florencio Varela, está casi esclarecido.
No es una exageración decirlo, ni una temeridad. Hay 16 detenidos y seis prófugos internacionales que deberán responder por los asesinatos de Brenda del Castillo, Morena Verdi y Lara Gutiérrez. Entre ellos está, por ejemplo, Alex Ydone Castillo, peruano, el supuesto dueño de la droga de la banda y Tony Janzen Valverde, alias “Pequeño J”, señalado al comienzo en medio del caos mediático y político como el cerebro de la banda, y que luego resultó ser un mandadero; un tercera línea que está preso en la cárcel de Marcos Paz tras su fuga a Perú.
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La investigación -una causa histórica, que comenzaron los fiscales de la UFI de Homicidios de La Matanza y siguió con el Juzgado Federal N°2 de Morón con el juez Jorge Rodríguez y el secretario Ignacio Calvi, junto a la DDI matancera- continúa. Hay nuevos detenidos, entre ellos, David Godoy, un delincuente del Bajo Flores sospechado de ser el conductor de la Chevrolet Tracker que llevó a las víctimas a la casa en Villa Vaettone donde fueron mutiladas. Hay 44 cuerpos, de cerca de 200 fojas cada uno. En total casi nueve mil páginas de expediente.
Y así y todo, falta algo: nadie sabe por qué las mataron. Ningún investigador lo dice a ciencia cierta. Así de simple.

“Nadie lo sabe, nadie lo dice”, se sincera una alta fuente del caso. El dato no figura en ninguna pericia. Infobae se lo preguntó directamente a “Pequeño J”, el primer medio en entrevistarlo. Janzen Valverde dijo, escueto: “No lo sé”.
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Hay un testimonio en la causa que podría explicarlo. En octubre de 2025, Celeste Magalí González Guerrero, una de las detenidas del caso, declaró con pretensiones de arrepentida ante el fiscal Carlos Arribas de la UFI de Homicidios de La Matanza. Aseveró que las víctimas le habían robado 30 kilos de cocaína a Victor Sotacuro, “El Duro”, un remisero del Bajo Flores señalado como jefe, que luego bajó en la escala de poder. Celeste le había dicho lo mismo a los policías que la arrestaron, por otra parte.
Florencia Ibáñez, sobrina de Sotacuro, también detenida, afirmó que la cosa era por diez, 300 o 400 kilos. La pregunta no requiere demasido intelecto. ¿Cómo harían tres jovenes, una de ellas de 15 años, envueltas en la atmósfera de la prostitución del Bajo Flores, para robarle 30 kilos o media tonelada a una banda de pesados? ¿Y dónde terminó esa droga? Nadie en posición oficial de saberlo lo explica.
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Hay una teoría que sobrevuela el expediente, que es el doble de aterradora: la teoría indica que las chicas no hicieron absolutamente nada.

“Es posible que se hayan mejicaneado entre ellos para después usar a las chicas de chivo expiatorio”, asegura una fuente clave. “Usaron una nena de 15 años, que estaba en la calle desde los 13. ¿Qué mejor que echarle la culpa a una piba y que la atención se vaya con su estilo de vida? Yo creo que pensaron que nadie iba a empujar la investigación". Otros en torno al caso, en cambio, creen en otras cosas, que no cuentan.
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“Pequeño J” mismo afirmó que conocía a las víctimas del ámbito de la prostitución: “Me acuerdo cuando les pedimos el servicio por primera vez. Allí estaban Morena y Lara. A Brenda nunca la conocí. Estaba conversando con Morena. Era muy agradable, linda, divertida. Lara conversaba con “El Gordo” (nota: un presunto miembro de la banda, mencionado por “Pequeño J” en su indagatoria). Conversaron de su trabajo, nos reímos. Ahí pasamos al servicio y nos fuimos con “El Gordo”. Lara era un poco más perseguida, te preguntaba tu nombre a cada rato. Veía que andaba medio asustada".
Una cosa es que tres mujeres paguen por algo que no hicieron. Otra, que lo paguen con mutilación. No es la primera vez que traficantes peruanos matan con furia. “Ruti” Alionzo Mariños, histórico mano derecha de “Marcos” Estrada, intentó vengarse tras quedar fuera del negocio del Bajo Flores con una segunda masacre: la matanza en la procesión del Señor de los Milagros, cometida en octubre de 2005, un tiroteo sicario. Terminó con cinco muertos, incluido un bebé de ocho meses. Pero esa vez, nadie mutiló a nadie en una falsa fiesta.
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