
Antes se acostumbraba tener hogares multigeneracionales donde los adultos mayores cuidaban a los niños pequeños mientras los adultos más jóvenes salían a trabajar.
En la Edad Media hasta la era de la diáspora inmigrante de la década de 1920, este era el papel de la llamada “aldea” donde los jóvenes trabajaban y los mayores cuidaban a la siguiente generación. En 2026, la idea de una aldea prácticamente no existe, y eso es porque estamos eligiendo evitar conversaciones con nuestros vecinos.
De hecho, solo el 40% de los estadounidenses dice que habla regularmente con sus vecinos hoy. En 2012, casi 6 de cada 10 lo hacían. Y esa falta de socialización lleva a menos interacciones personales, lo que hace que nuestra sociedad sea muy hogareña y reclusiva, todo porque no querer salir de la zona de confort.
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“Las personas ya no bailan tanto en los clubes porque les preocupa hacer algo tonto, caerse, parecer ridículos, y saben que todos tienen un dispositivo de grabación y transmisión en el bolsillo”, dijo Daniel Cox, director del Centro de Encuestas sobre la Vida Estadounidense en el Instituto American Enterprise y autor principal de un nuevo informe sobre el declive titulado “Strangers Next Door”.
Entre los adultos jóvenes, el contacto regular con los vecinos cayó del 51% a aproximadamente 1 de cada 4 en poco más de una década, el descenso más pronunciado de cualquier grupo de edad. Entre los estadounidenses mayores, el 56% todavía habla con sus vecinos semanalmente, solo siete puntos menos.
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“Hemos perdido el aprecio por ese tipo de interacciones”, aseguró Cox en Fortune. “Nuestro sentido de pertenencia, nuestro sentido de comunidad, nuestro sentido de seguridad y protección se derivan en parte de esas interacciones regulares y rutinarias”.

Cox tiene un libro que saldrá en octubre, “Generation Uncoupled”, que analiza la brecha que se está abriendo entre hombres y mujeres jóvenes en la vida estadounidense. Pero los datos sobre los vecinos, indicó que encajan en un patrón que siguió durante años: una erosión constante de las interacciones que antes mantenían unidas a las comunidades, reemplazada por un miedo silencioso a ser vistos.
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Cualquier error en público ahora puede ser filmado y compartido sin contexto. “Recuerdo tantas cosas tontas que mis amigos y yo solíamos decir y hacer, y nunca salían de ese círculo de personas, y generalmente se olvidaban, como al día siguiente”, dijo, describiendo su adolescencia. “Siento que los jóvenes no pueden confiar en ese olvido”.
Ese patrón es evidente en un estudio reciente que encontró que los estadounidenses hablan aproximadamente un 28% menos de palabras por día que en 2007. Es un patrón que también se refleja en la desaparición de bares, boleras y cines: los lugares de reunión cotidianos que antes juntaban a las personas sin que nadie tuviera que planearlo.
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No querer pedir ayuda
Cox encontró que los adultos jóvenes se sienten mucho menos cómodos pidiendo ayuda a un vecino que las personas mayores de 30 años.
La brecha es más amplia en algo tan pequeño como dejar un juego de llaves de repuesto: el 60% de los adultos mayores dice que se sentiría cómodo con eso, en comparación con el 36% de los adultos jóvenes. Menos de 4 de cada 10 padres sin título universitario dicen que se sentirían cómodos pidiendo a un vecino que cuide a su hijo en una emergencia.
Cox señaló varias fuerzas superpuestas, comenzando por la conveniencia. Las aplicaciones reemplazaron los recados y pequeñas transacciones que antes ponían a las personas en contacto entre sí. “Podemos pedir algo en Amazon. Podemos pedir algo en DoorDash, y nunca tenemos que hablar con nadie”, argumentó.
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Contratar a alguien para una tarea, pedir un viaje en una aplicación en vez de solicitarlo a un conocido, pedir café antes de llegar al mostrador: cada acción elimina una pequeña interacción que antes sucedía por defecto.
Cox dijo también que esto cambió lo que la gente cree que puede pedir a los demás. “Cambia la expectativa de que puedes pedir esas cosas, o que es apropiado pedirle algo a alguien”.
El miedo a la vigilancia agrava ese cambio. Si un tropezón o un intercambio incómodo puede ser grabado y transmitido, pedirle un favor a un vecino implica una especie de exposición que antes no existía.
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El experto remarcó que esto pesa más sobre los jóvenes, para quienes la aprobación de sus pares es lo más importante. “Eso realmente puede impedir que las personas participen de la manera en que normalmente lo harían”, afirmó.
Un tercer factor es menos visible pero, según Cox, igual de importante: cómo se cría a los niños. Las encuestas del centro han encontrado una división generacional en cómo las personas describen su propia educación.

Los estadounidenses mayores de 50 años tienen muchas más probabilidades de decir que sus padres los veían como personas promedio al crecer. Los estadounidenses más jóvenes tienen más probabilidades de decir que sus padres los veían como excepcionales.
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Cox vincula ese cambio a familias más pequeñas, admisiones universitarias más competitivas y un aumento de actividades de enriquecimiento dirigidas al niño individual más que a la familia o la comunidad. “Se trata menos de que contribuyas a la familia, a la comunidad, a la iglesia o denominación”, comentó. Y agregó: “Te da una percepción distorsionada de quién eres y de tu importancia”.
La confianza en los vecinos está muy relacionada con la educación: el 81% de los graduados universitarios dice que confía bastante o mucho en las personas de su vecindario, en comparación con el 64% de los estadounidenses con educación secundaria o menos. Los propietarios de viviendas informan mucha más confianza que los inquilinos, y las personas en casas independientes más que en apartamentos.
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La misma división aparece en si las personas creen que pueden contar con alguien cercano, lo que representa la pérdida de una red básica de seguridad. Menos de 4 de cada 10 padres sin título universitario dicen que se sentirían cómodos pidiendo a un vecino que cuide a su hijo por unas horas en una emergencia, en comparación con la mayoría de los padres con educación universitaria.
El analista atribuyó parte de esa brecha a la confianza y parte a la arraigada conexión: los graduados universitarios tienen más probabilidades de ser propietarios de viviendas, de haber vivido en un vecindario el tiempo suficiente para conocer gente y de estar conectados a través de membresías superpuestas, como una escuela compartida o una liga deportiva juvenil. “No son extraños. Estás conectado no solo por la geografía sino por la membresía compartida en una red más densa de organizaciones”, expresó.
El informe también documenta un cambio en lo que los estadounidenses piensan que un buen vecino siquiera le debe a otra persona, describiendo un “fondo de aislamiento social creciente”.
Casi dos tercios ahora dicen que ser un buen vecino significa no meterse en los asuntos de los demás, en vez de ofrecer ayuda sin que se la pidan, una visión que los adultos jóvenes sostienen aún más firmemente que los mayores.

Las instituciones dejaron de hacer el trabajo
Cox argumentó que el declive no solo se debe a los nuevos hábitos. Se trata de la desaparición de estructuras que antes organizaban la vida social sin que nadie tuviera que planearlo.
“Los individuos están asumiendo roles y responsabilidades que antes correspondían a las instituciones”, dijo. La práctica religiosa regular, por ejemplo, solía garantizar que el mismo grupo de personas se reuniera en el mismo lugar cada semana, sin necesidad de organizar nada. “No requería esfuerzo, ni planificación, ni grupo de WhatsApp”, resaltó Cox.
Actualmente, ver al mismo grupo de amigos requiere coordinación deliberada y, cada vez más, no ocurre.
Hizo un paralelo con el trabajo remoto. Los empleados ganaron flexibilidad después de la pandemia, pero perdieron el contacto diario y no planeado con los colegas que antes estaba garantizado. “El lugar de trabajo es una parte muy importante de nuestra vida social”, afirmó el especialista.
“Si no tenemos esas estructuras generales que organizan nuestra vida juntos, a menudo podemos seguir haciendo nuestras propias cosas... pero eso suele llevar a un lugar solitario”, reiteró.
El informe también encontró una brecha de clase constante. Casi 6 de cada 10 graduados universitarios pasaron una noche socializando con un vecino en el último año, en comparación con menos de la mitad de los estadounidenses con educación secundaria o menos. La brecha se mantiene independientemente de si las personas viven en ciudades, suburbios o zonas rurales.
“Los lugares donde los sindicatos, iglesias o grupos de veteranos eran importantes para la vida social y cívica de los estadounidenses de clase trabajadora son mucho menos prominentes. Son más pequeños. Atienden a menos personas”, planteó.
Los graduados universitarios empezaron a organizar algunas de esas actividades por sí mismos—clubes de lectura, grupos de padres, redes informales—de maneras que requieren tiempo, dinero y capital social que no todos tienen.
Consiguir un perro y salir a caminar
Dos elementos en los datos atraviesan clases y edades: caminar y el acceso a lugares de reunión físicos.
Los estadounidenses que caminan o corren por su vecindario al menos una vez a la semana tienen muchas más probabilidades de hablar regularmente con sus vecinos que aquellos que rara vez salen de casa. Cox vinculó esto directamente con el entorno construido. Sobre esto, indicó: “Tiene que ser algo que las personas puedan hacer razonablemente de forma regular”.
Eso es consistente con lo que los investigadores encontraron al estudiar el declive de los terceros lugares en Estados Unidos: cuando los espacios cotidianos donde la gente solía encontrarse desaparecen o dejan de funcionar como lugares de reunión, también desaparecen las interacciones de bajo riesgo que construyen un sentido de pertenencia.
Cox ejemplificó con una pequeña tienda de comestibles cerca de su casa en Maryland, dado a que ese tipo de infraestructura produce. “Simplemente vas allí, vas a ver a alguien que conoces”, reveló. Según él, los encuentros se convierten en planes o juegos, y suelen comenzar en lugares así porque el espacio los hace casi inevitables.
(c) 2026, Fortune
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