20 años de estudios y un relato bajo la lupa: cuál fue el verdadero impacto del regreso de los lobos a Yellowstone

El biólogo Daniel Stahler, a cargo del programa de estos animales en el parque, describe efectos graduales y parciales sobre la vegetación, lejos de la transformación radical que popularizó la versión original

Dos lobos grises beben de un arroyo en cuya orilla hay rocas con musgo y árboles con follaje amarillo.
La reintroducción de los lobos en 1995 redujo la población de alces y promovió el regreso de vegetación en zonas ribereñas (Imagen Ilustrativa Infobae)
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El investigador de la Universidad de Edimburgo, Rogelio Luque-Lora cuestionó la idea de que los lobos salvaron el ecosistema de Yellowstone mediante su reintroducción en el parque nacional del oeste de Estados Unidos.

En un análisis publicado en The Conversation, explicó que esa versión se instaló por una interpretación lineal de los cambios ecológicos, pese a que las investigaciones posteriores muestran la intervención de varios factores.

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La reintroducción de lobos comenzó en 1995 y se convirtió en un caso de referencia para la conservación de especies. El relato más popular sostiene que los depredadores redujeron la cantidad de alces, permitieron la recuperación de sauces y álamos, favorecieron el regreso de castores y modificaron hasta los cursos de agua.

Sin embargo, el autor plantea que la restauración ambiental no puede explicarse solo por la presencia de ese animal. “La realidad es mucho más compleja”, señaló y propuso revisar tanto la evidencia científica como las razones culturales que volvieron tan atractiva esta historia.

La cascada trófica explicó el cambio inicial

Un lobo gris yace sobre la hierba de una colina con un valle, géiseres con vapor, un río y montañas nevadas al fondo.
Rogelio Luque-Lora cuestionó la teoría de que la reintroducción de lobos en Yellowstone restauró por sí sola el ecosistema del parque (Imagen Ilustrativa Infobae)

Los lobos habían sido eliminados de la región en la década de 1920. Después de su desaparición, aumentó la población de alces, grandes ciervos que consumieron vegetación de las riberas de los ríos. Según la narración habitual, los sauces, álamos y estanques de castores dieron paso a grandes áreas de pastizales.

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Cuando los depredadores volvieron al parque, se difundió la idea de una “cascada trófica”: los cambios en la parte alta de la cadena alimentaria podían afectar a especies y plantas de niveles inferiores. Según esa hipótesis, más ejemplares reducirían la cantidad de ciervos y favorecerían una vegetación más alta.

La investigación sobre la regeneración histórica de los álamos, los alces y los lobos del norte del territorio, publicada en Biological Conservation, se encuentra entre los trabajos que examinaron esa relación. El estudio integra las investigaciones dedicadas a analizar de qué manera la presencia de depredadores podía afectar la vegetación del parque.

Un goteo trófico, no una cascada

Dos lobos grises sobre un peñasco observan un cañón con bosques y montañas de fondo bajo la luz del atardecer.
El control sobre la población de alces en Yellowstone depende también de la acción de humanos, osos y pumas (Imagen Ilustrativa Infobae)

De acuerdo con el artículo, la hipótesis se hizo conocida fuera del ámbito académico gracias al defensor británico de la reintroducción de especies George Monbiot. Su charla TED de 2013 fue utilizada como narración de un video sobre Yellowstone. Luego de 2 décadas de observaciones, los especialistas matizaron aquella explicación.

Los lobos cazan alces, pero no son los únicos responsables de controlar su número: también intervienen los humanos, los osos y los pumas. La reducción de estos herbívoros permitió que algunos árboles se recuperaran en ciertas zonas, aunque el alcance de ese proceso fue menor al presentado en relatos difundidos ampliamente.

El biólogo Daniel Stahler, jefe del programa de lobos del parque, citado por The New York Times, definió el fenómeno como un “goteo trófico” y no como una cascada. La expresión apunta a que los efectos existen, pero son graduales, parciales y no producen una transformación total del paisaje.

Un ciervo con astas ramificadas bebe agua en un arroyo rodeado de helechos, musgo verde y árboles.
La búsqueda de alimento determina los desplazamientos de los alces por encima del peligro que representan los lobos (Imagen Ilustrativa Infobae)

Otra pieza central de la historia sostiene que los alces abandonaron los valles por miedo a los lobos y dejaron de alimentarse en los sectores donde crecían árboles jóvenes. Luque-Lora afirma que esa interpretación tampoco refleja por completo lo que ocurre.

La prioridad de los alces es encontrar alimento. Por eso, los ejemplares con hambre buscan buenos pastos incluso si hay depredadores cerca. La presencia de lobos puede influir en sus desplazamientos, pero no elimina la necesidad de acceder a zonas de alimentación.

El artículo cuestiona así la imagen de una naturaleza que se ordena de forma automática cuando se repone una especie perdida. “Los ecosistemas no son máquinas”, advierte el autor. Son sistemas dinámicos, sujetos a cambios continuos y a resultados que no siempre pueden anticiparse.

Según el investigador, la versión más extendida también omite intervenciones humanas: mientras que los lobos fueron trasladados en avión desde Canadá, los castores fueron liberados en las cercanías del parque.

Proteger a los lobos más allá de su utilidad

Lobo gris caminando hacia el frente sobre nieve profunda con árboles cubiertos de nieve y columnas de vapor al fondo.
La restauración del parque incluyó traslados de lobos desde Canadá y la liberación deliberada de castores en las cercanías (Imagen Ilustrativa Infobae)

Para Luque-Lora, la persistencia de esta explicación se vincula con el deseo de imaginar la naturaleza como un mecanismo que alcanza el equilibrio si las personas dejan de interferir. El autor relaciona esa visión con una idea histórica de los espacios salvajes como territorios intactos.

Esa idea influyó en la creación de parques nacionales como Yellowstone. Los territorios fueron presentados como espacios naturales sin presencia humana, aunque millones de personas habían sido desplazadas de los lugares que habitaban.

El especialista no propone restar valor a la protección de los ejemplares. Por el contrario, sostiene que su conservación no necesita depender de la promesa de que restaurarán por completo un territorio.

El investigador sostiene que el afecto por una especie también puede ser una razón válida para protegerla. En ese sentido, concluye que no hace falta recurrir a explicaciones sobre el equilibrio natural para defender a los lobos.

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