
En Reche Canyon, a poco más de una hora al este de Los Ángeles, la mañana empieza con un sonido familiar: el rebuzno de los burros resuena entre colinas y casas nuevas. En este rincón fronterizo entre el Condado de San Bernardino y el Condado de Riverside, la rutina se adapta, con resignación y cariño, a la presencia de cerca de mil burros silvestres que caminan por calles, jardines, caminos de tierra y bodas al aire libre.
El viento fresco de la mañana levanta polvo en la única carretera principal, donde destacan los letreros amarillos de “cruce de burros” y los automovilistas reducen la velocidad, atentos al grupo que suele aparecer, de golpe, junto a la curva. Los vecinos han aprendido a ceder el paso: no hay bocinas ni prisa. Los animales atraviesan la ruta con calma, ajenos al bullicio apremiante de la ciudad cercana.
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Los días en Reche Canyon transcurren con esos animales sembrando pequeñas discordias entre vecinos —por los jardines destrozados, las heces repartidas frente a las casas y el susurro constante de quién les deja comida a escondidas—, pero también generando un lazo insólito entre habitantes que, hasta hace poco, apenas se saludaban.

“Si los burros desaparecieran de este cañón, simplemente no sería igual”, dice Ross Warner, quien en su propiedad instaló, después de que un burro irrumpió en su boda, una señal de cruce exclusiva para ellos, según contó en entrevista con The New York Times.
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Parte de la identidad local
El conflicto moderno estalló en 2023, cuando las autoridades decidieron reducir la población y evitar accidentes de tráfico, contratando a la organización Peaceful Valley Donkey Rescue, de Texas, para llevarse a muchos de estos animales lejos del cañón.
Las camionetas y corrales improvisados provocaron revuelo: padres y niños corrieron a exigir que se detuviera la reubicación, mientras aparecían pegatinas en parabrisas y puertas con la consigna “We ♡ Our Donkeys” (Nos encantan nuestros burros). Según narra The New York Times, el enfrentamiento dejó claro que ese “estorbo” ahora era parte de la identidad local.
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Sin embargo, no todos aceptan compartir vecindario con los burros. Mandy Miller, quien vive en la zona desde hace casi dos décadas, resume los dilemas de la convivencia: “tengo un vecino que no soporta la suciedad en la entrada; yo recojo el estiércol y lo pongo en mis plantas y asunto arreglado”.
El intercambio de trucos para espantar a los animales sin dañarlos, sacudir una lata con frijoles secos para simular una serpiente de cascabel, se ha convertido en pauta de conversación diaria.
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Contra la crueldad animal
La idílica rutina se ha visto interrumpida por episodios de crueldad que inquietan a todos: al menos tres burros heridos por flechas han sido hallados en los últimos meses, fenómeno que mantiene en vilo tanto a vecinos como a funcionarios del Departamento de Servicios para Animales del condado y a la oficina del sheriff. “Si alguien actúa en los cerros, oculto, con un arco compuesto, es probable que nadie lo vea”, advirtió el teniente James Huffman en entrevistas con The New York Times.
Mientras unos debaten por las sanciones a quien alimenta a los burros, acciones prohibidas por la ley estatal para proteger la fauna silvestre, la muerte accidental ronda las carreteras.
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Desde enero de 2024, 72 burros han muerto atropellados en el sector, según cifras oficiales. Los animales, irresistiblemente atraídos por las zanahorias y manzanas que algunos nunca dejan de ofrecerles, han aprendido que los caminos asfaltados pueden ser una suerte peligrosa.
Para muchos, la respuesta la encarna DonkeyLand, el santuario local donde han hallado hogar cerca de 500 animales rescatados por la pareja Chad y Amber Le Vonne Cheatham.
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Allí, las historias encuentran otro cauce: como la de Cupid, una burra que sobrevivió a la herida de una flecha y comparte ahora con otros el espacio, la comida y los baños de tierra que tanto les gustan. “Estamos aquí por ellos porque nadie más lo estaba”, resume Chad Cheatham con palabras recogidas por The New York Times.
En esas colinas cargadas de misterio, donde, según apunta el curador de historia natural Ian Wright, los burros llegaron con buscadores de oro y se quedaron sin explicación clara, la frontera entre lo rural y lo urbano se vuelve difusa. Rancho junto a casas nuevas, gallinas y motos de cross conviven con los “pobres caballos” de antaño. Hay quien los quiere muy lejos, quien les teme y quien pelea una multa por darles de comer. Pero ninguno escapa ya del eco de sus pasos y rebuznos al amanecer.
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