
El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, anunció una nueva ronda de tarifas que afectará a todas las economías con las que el país mantiene relaciones comerciales, reavivando un enfoque proteccionista que marcó su primera administración.
Las medidas incluyen un arancel base del 10 % sobre todos los bienes importados, con tasas específicas del 20 % para productos de la Unión Europea, del 34 % para China y del 46 % para Vietnam. Trump bautizó la jornada del anuncio como un “Día de la Liberación”, asegurando que su objetivo es revertir el déficit comercial y recuperar empleos industriales.
Los aranceles, explicó Trump desde los jardines de la Casa Blanca, buscan forzar el regreso de la producción manufacturera al territorio estadounidense. “Durante décadas, nuestro país ha sido saqueado, expoliado, violado y desvalijado por naciones cercanas y lejanas, tanto amigas como enemigas”, declaró ante un grupo de trabajadores.
El mandatario aseguró que su política arancelaria protegerá a los trabajadores estadounidenses de lo que describió como competencia desleal de países extranjeros.

¿Cómo funcionan los aranceles?
Los aranceles son impuestos que las empresas deben pagar al gobierno federal por importar productos. El monto se calcula como un porcentaje del valor declarado del bien antes de ingresar al país. Este pago se realiza en el punto de entrada, ante la Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos. El dinero recaudado por concepto de aranceles se destina al Departamento del Tesoro, como parte de los ingresos fiscales del Estado.
El propósito histórico de los aranceles ha sido doble: proteger la industria nacional frente a la competencia extranjera y generar ingresos públicos. No obstante, con la globalización y la consolidación de la Organización Mundial del Comercio (OMC) en los años noventa, muchas economías avanzadas comenzaron a reducir sus barreras comerciales para abaratar el acceso a bienes y promover el desarrollo en países menos industrializados.

Trump ha insistido en deshacer ese modelo. Las nuevas tarifas superan en escala e impacto a las impuestas por cualquier otro presidente moderno, incluidas las del Acta Smoot-Hawley de 1930, cuya aplicación, según numerosos historiadores económicos, agravó la Gran Depresión.
Quién paga los aranceles
En la práctica son las empresas importadoras estadounidenses quienes asumen el coste. Estas pueden intentar transferir ese aumento de costos a los consumidores estadounidenses, presionar a los proveedores extranjeros para reducir sus precios o absorber las pérdidas en sus márgenes de ganancia.
Según Craig Fuller, director ejecutivo de la consultora FreightWaves, el impacto en los precios finales varía según el producto y el sector. Algunas compañías como Target, Best Buy y Hyundai han reconocido que trasladarán parte del coste adicional a sus clientes. Otras, como Walmart, han intentado presionar a sus proveedores en China para obtener descuentos, sin mucho éxito.

El margen de maniobra depende del tipo de empresa. Las firmas de bienes de lujo, que ya aplican grandes recargos sobre sus productos, podrían decidir asumir los costos sin subir precios, mientras que aquellas con grandes cuotas de mercado podrían absorberlos temporalmente para conservar su posición competitiva.
Incluso si una empresa decide no aumentar sus precios, los aranceles afectan su rentabilidad. Esto limita sus capacidades para invertir en expansión, lo que puede derivar en despidos o freno en la creación de nuevos empleos.
Impacto en el empleo
Una de las principales justificaciones del presidente Trump para imponer aranceles es la protección del empleo manufacturero. “Tenemos industrias estratégicas que debemos conservar. Queremos proteger al trabajador estadounidense”, afirmó el secretario del Tesoro, Scott Bessent, respaldando la política comercial de Trump, según informó NBC News.

Desde la primera administración de Trump, varias compañías anunciaron planes para trasladar parte de su producción a Estados Unidos, aunque muchos de esos proyectos ya estaban en marcha antes de su mandato y podrían tardar años en concretarse. Además, el incremento en la actividad industrial no necesariamente se traduce en una recuperación masiva del empleo.
La automatización ha reducido drásticamente la necesidad de mano de obra en sectores como el automotriz y el siderúrgico. Plantas que en décadas pasadas empleaban a decenas de miles de trabajadores hoy operan con apenas unos pocos miles.
Según estudios de la Reserva Federal, citados por The Wall Street Journal, los aranceles aplicados durante el primer mandato de Trump generaron una recuperación puntual de ciertos empleos industriales, pero también provocaron pérdidas de empleo en sectores que dependían de insumos importados o que se vieron afectados por represalias arancelarias de otros países.
Fabricar productos en Estados Unidos también supone costos laborales, regulatorios y logísticos más altos. Estos sobrecostes podrían trasladarse nuevamente a los consumidores o reducir los beneficios empresariales. Además, algunas industrias, como la textil o la del calzado, carecen de la infraestructura necesaria para competir a gran escala en suelo estadounidense. “Hacer camisetas o zapatos en Estados Unidos sería casi imposible con los precios actuales”, apuntó NBC News.
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