
Hay pueblos que parecen vivir al margen del reloj, escondidos entre montañas y rodeados de bosques que en otoño se tiñen de ocres, rojizos y dorados. Lugares donde el sonido de los pasos sobre la piedra sustituye al ruido del tráfico y donde las prisas dejan paso a paseos sin rumbo por callejuelas estrechas.
En el interior de Tarragona, lejos del bullicio de los grandes destinos turísticos, Farena es uno de esos rincones que invitan a bajar el ritmo y dejarse llevar por la tranquilidad de la montaña. Sus casas de piedra, sus calles empedradas y su reducido número de habitantes dibujan una estampa rural que cobra un encanto especial cuando llegan los meses de otoño.
PUBLICIDAD
Un pueblo de piedra entre las montañas de Prades
Farena pertenece al municipio de Mont-ral, en la comarca del Alt Camp, y se encuentra junto al río Brugent, en un entorno marcado por los bosques y los relieves de las montañas de Prades. Su principal atractivo está en el propio casco antiguo, donde las casas de piedra y las callejuelas estrechas conservan la esencia de un pequeño núcleo rural.
Pasear por sus calles es descubrir un conjunto que ha mantenido buena parte de su fisonomía tradicional. Las viviendas, muchas de ellas rehabilitadas, se organizan en torno a un trazado de calles que dibuja una especie de semicírculo. En algunos tramos, el paso es tan estrecho que los vehículos no pueden circular, lo que permite recorrer el pueblo a pie y detenerse en los detalles de sus fachadas.
PUBLICIDAD

Una iglesia románica y las huellas de su pasado medieval
Uno de los enclaves que no te puedes perder es la iglesia de Sant Andreu, uno de los edificios más representativos de Farena. Su origen se remonta al siglo XII y su presencia ayuda a entender cómo fue creciendo el pueblo a su alrededor. En el interior, además, conserva una decoración mural realizada en 1946 por el pintor Anton Català Gomis, un detalle que conecta la historia del templo medieval con una intervención artística mucho más reciente.
El pasado de Farena también asoma en los vestigios de su antiguo castillo y de la muralla, de los que apenas quedan algunos restos. Parte de esas huellas se conserva en Can Vilalta, una antigua construcción integrada en el entramado del pueblo. No hace falta encontrar grandes fortificaciones para percibir la historia del lugar: basta con recorrer sus callejuelas y observar cómo las casas se adaptan al terreno, siguiendo una disposición que conserva buena parte de su aspecto tradicional.
PUBLICIDAD
El Toll de l’Olla, una poza escondida entre los bosques
La visita a Farena también invita a dejar atrás las casas de piedra y adentrarse en el paisaje que rodea el pueblo. El río Brugent discurre por este entorno de montaña y forma pequeñas pozas entre las rocas. Una de las más conocidas es el Toll de l’Olla, un paraje natural situado en medio del bosque, junto a un salto de agua de unos 15 metros de altura.

El camino hasta este rincón permite descubrir otra cara del destino: la de los senderos que se internan entre la vegetación y acompañan el curso del río. En otoño, los bosques de las montañas de Prades ofrecen un atractivo añadido para quienes disfrutan caminando en plena naturaleza, aunque conviene consultar el estado del itinerario antes de salir, especialmente después de lluvias.
PUBLICIDAD
Farena reúne así dos formas de desconectar en una misma visita: pasear sin prisa por un pequeño núcleo de arquitectura tradicional y dedicar unas horas a explorar los paisajes del Brugent. Un destino para quienes prefieren cambiar las aglomeraciones por caminos de montaña y descubrir la historia de un lugar a través de sus calles, sus edificios y el entorno que lo rodea.
PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Últimas Noticias
El pueblo de Galicia que enamoró a Mario Casas y su paisaje cambia según la distancia al mar: “Me gustaría venir más”
Un lugar que permite acercarse a una identidad lejos de los circuitos turísticos más concurridos

Tres castillos de Cataluña que parecen sacados de un cuento y que todo amante de la época medieval debería visitar
Un recorrido por fortalezas centenarias que conservan murallas, torres y rincones llenos de historia, desde las orillas del Ebro hasta los paisajes de la Costa Brava

El pueblo andaluz que nació entre dos provincias y tiene un puente que las une: de su pasado romano a la visita de Carlos III
La localidad tiene algo menos de 7.000 habitantes y ha tenido varios cambios de nombres a lo largo de los siglos

La pequeña iglesia rural que fue declarada Patrimonio de la Humanidad y conserva unos frescos medievales únicos en Europa
En el parque arqueológico de Castelseprio, una construcción de piedra reúne escenas sobre la infancia de Jesús, y un entorno boscoso reconocido por su excepcional valor histórico y artístico
El castillo del siglo XV en el que todavía se hace vino: se encuentra en un pueblo que combina lo defensivo con lo señorial
Este enclave de La Rioja se sitúa cerca del río Ea y conserva intacto su trazado medieval



