
La Costa Brava, con más de 200 km de litoral, agrupa pueblos de origen pesquero que han crecido y se han adaptado al turismo desde mediados del siglo XX. Su litoral abrupto ha permitido conservar espacios naturales y paisajes históricos, que aportan un atractivo único a la región. Cada localidad mantiene su propia identidad, ofreciendo playas, calas y rincones singulares.
Desde Blanes hasta la frontera con Francia, los visitantes pueden disfrutar de una variada oferta gastronómica y cultural, una riqueza patrimonial singular y un punto de encuentro de culturas mediterráneas. Al recorrer múltiples destinos y enclaves únicos, es normal no saber cuál escoger para visitar. No obstante, existe una carretera de 22 kilómetros junto a la costa que presenta las mejores vistas del mar Mediterráneo: la GI-682.
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Esta curiosa vía tiene un largo recorrido por toda la Costa Brava, pero hay un trayecto en concreto que es irresistible para aquellos viajeros a los que les gusta desplazarse en moto o bicicleta. Hablamos de “la ruta de las 365 curvas” que va de Tossa de Mar a Sant Feliu de Guixols, en Girona. De hecho, el manager deportivo en Motorsport y el que era el representante del piloto Maverick Viñales, Ricard Jové, explicó en sus redes sociales que esta era “la mejor carretera del mundo o, por lo menos, mi carretera favorita”.
Como aseguraba él mismo, “serpenteando el mar por la Costa Brava” llegó a forjar su sueño para ser piloto “hace casi 50 años con mi primera moto y aquí seguimos disfrutando de ella, de su trazado y sus maravillosas vistas”. No obstante, previene a los que se animen a circular por ella, pues actualmente hay algunos pasos de asfalto con “parches y chapuzas varias que han hecho y que son una trampa fatal para todo vehículo de dos ruedas”.
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Lloret de Mar
Si seguimos el recorrido de Jover, la primera parada sería en Lloret de Mar, uno de los principales destinos turísticos de la Costa Brava que fusiona la tradición marinera con la vitalidad cosmopolita. Sus playas y calas, bañadas por aguas transparentes, atraen a quienes buscan sol y naturaleza, como explican en el portal de turismo Visita Costa Brava. El municipio ofrece, además, una amplia gama de propuestas, desde deportes acuáticos y rutas ciclistas hasta una vida nocturna vibrante, con bares y discotecas frente al mar que convierten las noches en una experiencia inigualable.
El legado cultural de Lloret destaca en rincones como Can Font, el jardín de Santa Clotilde y las ermitas dispersas por el territorio, que invitan a recorrer una ruta marcada por la historia y la arquitectura. La ciudad fue bautizada como “paraíso gentil” por el poeta Josep Carner en 1919 y su fama creció gracias a la zarzuela “Marina” de Francesc Camprodon, que la mencionaba en una de sus arias más célebres.
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También es preciso conocer que durante la primera mitad del siglo XX, Lloret acogió a familias selectas de Barcelona y, tras la Guerra Civil, consolidó su atractivo para veraneantes nacionales y extranjeros. Más tarde, en los años cincuenta, la llegada de los primeros turistas internacionales marcó el inicio de una transformación urbana y turística que convirtió a Lloret de Mar en un destino abierto al mundo.

Tossa de Mar
La segunda parada sería Tossa de Mar, reconocida por su imponente recinto medieval amurallado; se erige como uno de los pueblos más emblemáticos de la Costa Brava. Su casco antiguo, declarado Monumento Histórico Artístico Nacional, invita a perderse entre murallas, torres y callejones empedrados que evocan tiempos remotos. El entorno natural, dominado por acantilados y calas de aguas transparentes, realza la belleza de este enclave casi aislado, donde la montaña se funde con el mar.
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Tossa ofrece experiencias para todos los sentidos: rutas a pie o en bicicleta, buceo en fondos marinos llenos de vida y una gastronomía local que destaca por platos como el “cim i tomba”. Su legado histórico, visible en la Villa Romana de Els Ametllers y en sus museos, convierte al municipio en un auténtico museo al aire libre. Tossa de Mar fusiona cultura, naturaleza y tradición en un marco incomparable.

Sant Feliu de Guíxols
Finalmente, el trayecto acaba con Sant Feliu de Guíxols, antigua villa de pescadores, que se ha consolidado como uno de los destinos más atractivos de la Costa Brava. Sus playas, como Sant Pol y Port Salvi, se alternan con calas y acantilados, conformando un litoral diverso que invita al descanso y a la aventura. A orillas del Mediterráneo, los visitantes encuentran desde zonas de baño protegidas hasta áreas portuarias y una variada oferta de deportes náuticos: vela, kayak, windsurf o submarinismo.
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El turismo activo encuentra aquí rutas como la Vía Verde del Carrilet, la vía ferrata junto al mar y senderos costeros que conectan con la naturaleza y la historia de la región. El Monasterio Benedictino, con la Porta Ferrada como símbolo, remite a la riqueza patrimonial de la villa y acoge el prestigioso Festival de Porta Ferrada, donde la música, el teatro y la danza llenan de vida las noches de verano. El Espacio Carmen Thyssen suma igualmente arte contemporáneo al recorrido cultural, mientras que las familias disfrutan de zonas infantiles y actividades pensadas para todas las edades. Sant Feliu de Guíxols fusiona tradición, cultura y mar en un entorno privilegiado, ofreciendo experiencias para quienes buscan tanto relax como emoción.
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