Crítica de ‘Pajaritos preñados’, de Andrea Abreu: una novela tan exigente como visceral cuya lectura se convierte en toda una experiencia

La escritora regresa al panorama literario después de su éxito ‘Panza de burro’ con una novela torrencial marcada por la oralidad y los personajes marginales en un entorno decadente

'Pajaritos preñados', la segunda novela de Andrea Abreu tras 'Panza de burro'. Edita Anagrama.
'Pajaritos preñados', la segunda novela de Andrea Abreu tras 'Panza de burro'. Edita Anagrama.
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Conocimos a Andrea Abreu gracias a Panza de burro, su aclamado debut auspiciado por Sabina Urraca que se hizo un hueco dentro de las propuestas independientes a golpe de frescura, desparpajo y riesgo a la hora de confeccionar una ‘coming-of-age’ tan diferente como salvaje.

Ahora regresa con Pajaritos preñados (Anagrama), una novela ambiciosa que recupera el espíritu de su predecesora para dar un paso más allá, tanto en la indagación en torno a personajes perdidos en un entorno hostil, como en su ímpetu por trasladar el habla canaria a sus textos.

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Pajaritos preñados no es un libro fácil, impone un rigor y una disciplina en su lectura a la hora de adaptarse a los registros populares de la oralidad tinerfeña. Cuesta adaptarse al ritmo frenético que impone, a los giros y expresiones, a su cadencia expresiva, incluso a la historia que cuenta, que se irá desarrollando de manera más descriptiva que narrativa.

La palabra como torrente expresivo

Esta deriva explicativa a través del alargamiento ingente de frases que giran en torno a una idea puede resultar tediosa y autocomplaciente, como si la autora quisiera dilatar la historia lo máximo posible a través de la palabra. No es así, todo tiene su por qué y se encuentra perfectamente justificado a través de una propuesta que lo que precisamente quiere, es no mostrarse indulgente con el lector.

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En algún momento de sus casi 500 páginas, comienzas a acostumbrarte a su estilo, que no es otro que retorcer el lenguaje hasta exprimir sus máximas posibilidades y aparece la belleza, la autenticidad, la ‘visceralidad’ desde la que está contada la historia, su aspecto sensorial y su carga al mismo tiempo tan poética como costumbrista.

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'Pajaritos preñados', de Andrea Abreu (Anagrama)

Como decíamos, lleva un tiempo acostumbrarse a Pajaritos preñados pero el esfuerzo merece la pena, porque supone una experiencia inolvidable que se queda contigo.

La novela se divide en dos voces que discurren de forma paralela. Por una parte encontramos a Cathaysa, una adolescente que desea con todas sus fuerzas escapar de su entorno familiar y que se deja arrastrar por el primer amor de verano que la conquista, conduciéndola a una espiral de autodestrucción.

Por otra parte, está su padre, el Tiznado, chatarrero y alcohólico, que también iniciará su particular camino a los infiernos a través de la adicción y las supersticiones, un aspecto que pululará a lo largo de la obra.

Ambos compondrán un relato que irá trenzándose a través de los vínculos, la herencia compartida, la angustia existencial y el vacío más profundo dentro de un mundo que se descompone.

Entre el naturalismo y el realismo mágico

Abreu describe el entorno a medio camino entre el naturalismo descarnado y el realismo mágico, con esas lluvias que duran meses y esos insectos que todo lo infectan, como si fueran un trasunto de alma de los protagonistas, que buscan una salida sin encontrarla.

Sin embargo, nunca encontramos un retrato compasivo de los personajes, quizás porque, a pesar de todas las miserias que acumulan, conservan cierta dignidad, incluso cuando ni siquiera creen en ellos mismos (la mayoría de las veces). Pero se trata de una cuestión de tono, de estilo a la hora de dar voz a personajes que nunca la han tenido.

Andrea Abreu
La escritora Andrea Abreu

Estamos también frente a una novela profundamente política (aunque tampoco pretenda serlo), ya desde el manejo del lenguaje coloquial y la oralidad, asociada a la falta de recursos de los protagonistas, a la miseria y al abandono y a toda la red de abusos sistémicos vinculados a la marginalidad.

Además, a situarse en los años noventa, la escritora también introduce una comparativa entre la decadencia del entorno en el que viven Cathaysa y el Tiznado, en un pueblo de Tenerife en las faldas del Teide con el comienzo de la explotación turística de la isla y el ‘boom’ del ladrillo, donde los hoteles se construyen a ritmo frenético y miles de veraneantes alemanes llegan para campar a sus anchas en un lugar en el que el exotismo se convierte a la vez en condena.

La escritora y periodista Desirée de Fez explora el miedo a quedarse solo y cómo sus personajes manifiestan este terror a través de su cuerpo. Una reflexión sobre cómo el malestar interno se transforma en señales físicas, casi como un exorcismo.

El amor y el pensamiento mágico funcionan como recursos de subsistencia para personajes que se mueven entre la pobreza, las tragaperras, las drogas, las telenovelas, las verbenas y las letras de cumbia. Abreu escribe que no les queda más remedio que ahogarse una y otra vez “en el charco profundo de la inventadera”.

Al final, Cathaysa comprende que no existen los “caballitos blancos” ni los “pajaritos preñaos” y empieza a asumir la responsabilidad de vivir en un entorno donde las personas corren el riesgo de quedar reducidas a “animales vestidos”.

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