
Adentrarse en la prosa de Sabina Urraca es una auténtica experiencia. Tanto subversiva como reveladora y tremendamente gozosa a nivel literario. Ya la conocíamos como escritora y editora (con Panza de burro, de Andrea Abreu y su selección para Caballo de Troya), pero lo que ha hecho en esta novela, El celo (Alfaguara), es una auténtica barbaridad que rebasa cualquier estereotipo prestablecido para reivindicar eso que ella tan bien se ha encargado de poner en valor a lo largo de toda su trayectoria: las historias outsiders a través de narraciones tremendamente personales, viscerales, en las que nos encontramos prácticamente sin referentes, porque ese material es de otro mundo, aunque apele directamente al nuestro.
Se trata de una historia que no da nombres a las protagonistas. Están “la humana” y “la perra”, dos seres vivos (casi entes) condenados a convivir más allá de sus pulsiones. La primera se encuentra condicionada por una experiencia traumática con un hombre que la ha reducido a cenizas. La segunda, tiene “el celo” y no es consciente de sus impulsos, solo sabe que necesita aparearse, reproducirse de forma animal.
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En definitiva, una novela absolutamente tremenda, única y absorbente en torno al machismo, a la culpa femenina ancestral, al miedo y al deseo frustrado desde una perspectiva reivindicativa y feminista.
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Una mujer y una perra
La autora estuvo tomando notas para esta novela durante muchos años y la construcción de El celo fue complicada. Partió de una imagen: una amiga besándose con su amante en el parque del Retiro mientras su perra, Murcia, perdía el control de sí misma porque tenía “el celo”.

A partir de eso, a la escritora se le ocurrió una especie de metáfora en torno a la domesticación de los animales y los seres humanos. Y de ahí parte todo. “¿Qué significa la dependencia afectiva? ¿Qué carencias fundamentales tenemos en este mundo despiadado?”, reflexiona Sabina Urraca, en conversación con Infobae España.
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Se puso a escribir y tenía más de 500 páginas, así que tuvo que embarcarse en la tarea de organizar todo ese material de forma narrativa. A Sabina Urraca no le gusta hablar de temas constitutivos de su obra -normal-, pero reconoce que había algo alrededor de destapar algunas de las cuestiones que la literatura escrita por hombres ha obviado a lo largo de los siglos. O, lo que es lo mismo, que sea la mujer la que hable de sus experiencias, de sus inseguridades, de sus traumas, de su vida.
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“Creo que es algo que siempre ha estado ahí y ha tardado tiempo en contarse, en nombrarse”, continúa la autora. “En este caso lo atraviesa una violencia que es intangible pero verdadera, la protagonista se siente amenazada, como si fuera una especie de maldición y eso condiciona su vida y tiene que ver con el miedo, que al fin y al cabo es atávico”.
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Humanidad vs. Animalidad
En ese sentido, también hay algo que tiene que ver con los cuentos, con la tradición oral que va traspasándose generación a generación. “¿Cómo nos contamos las cosas? ¿Por qué ordenamos nuestra vida en torno a una narrativa convencional? Creo que los seres humanos, en esencia, no estamos tan lejos del instinto animal, de la supervivencia primitiva”.

Para Sabina Urraca, era importante hablar de la animalidad del ser humano, porque nos creemos totalmente racionales, pero no lo somos. Y eso nos conduce a una falsa moralidad que juzga y reprime. Y, en consecuencia, también se refiere a la sumisión que, para ella, “no deja de ser algo doloroso”.
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En cuanto al estilo, la escritora parece haber encontrado un espacio de confort propio que le ha costado mucho conseguir. “Mi forma de escribir se ha moldeado mucho a través de las redes sociales. Yo era muy de subordinadas y ahora he encontrado una nueva forma de acercarme al lenguaje más inmediata y clara, pero hay muchas partes directamente relacionadas con el vómito narrativo”.
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