Hay algo maravilloso en el mundo de Star Wars y es que todo el mundo recuerda al menos un momento vivido en su vasto universo. Dependiendo de la edad de a quién preguntes, te podrán decir dónde, cuándo y con quién estaban cuando Luke destruyó la primera Estrella de la Muerte, cuando un pequeño Anakin ganó una carrera de vainas o cuando Kylo Ren y Rey unieron fuerzas para salvar la galaxia. Cada uno tendrá su favorita, pero todas ellas tienen en común algo: que son momentos concebidos por y para vivirse en el cine, aunque luego se hayan podido revivir desde el confort de casa.
Star Wars está intrínsecamente ligada al cine en mayúsculas desde su propio nacimiento, cuando su estreno cambió para siempre las reglas del juego y dio paso a una nueva era, la de los blockbusters y el cine de franquicias que gobernó a partir de los años 80. Por eso se hacía tan extraño que la marca de George Lucas y propiedad de Disney —porque hace tiempo que se convirtió en algo mucho más grande que “películas”— llevase tanto tiempo sin ser exhibida en una pantalla grande. Todo ello ha ido a acabar, irónicamente, con una historia derivada de la producción que también cambió las reglas del juego, pero para llevar a la gente de las salas a casa: The Mandalorian.
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Quizá sea demasiada presión y responsabilidad adjudicarle a la serie creada por Dave Filoni y Jon Favreau ese cambio de paradigma —la pandemia se encargó de apuntalarlo—, pero lo cierto es que The Mandalorian fue la cabeza visible de una serie de producciones que buscaron llevar la experiencia cinematográfica hacia los hogares junto a, quizá, Chernobyl y, en menor medida, Gambito de dama, estrenada ya en pandemia. Todas estas y otras tantas podrían estar avaladas por grandes cineastas o actores y tener un calado más o menos cinematográfico, pero ninguna con un nombre que arrastre más público que el de Star Wars. Después de tres temporadas de gran éxito en Disney+ y de allanar el camino para otras miniseries derivadas de menor éxito —Ahsoka, Obi-Wan Kenobi, The Acolyte— a excepción de la celebrada Andor, la saga ha hecho el camino de vuelta a la gran pantalla con esta The Mandalorian and Grogu.

Qué pasa cuando no tienes nada nuevo que contar
Es curioso porque la película puede funcionar como una continuación directa para todos aquellos que hayan visto las tres temporadas de The Mandalorian, pero también como una historia completamente independiente para los que, como sucede con Marvel, se hayan perdido ya entre tanta miniserie fuera del canon cinematográfico. Su espectacular prólogo funciona como reintroducción de Mando (Pedro Pascal), un personaje inspirado en el Clint Eastwood de la Trilogía del dólar de Sergio Leone, pero que aquí bien podría funcionar también como Batman o como una suerte de Indiana Jones, pues no en vano su aventura le llevará a lugares exóticos con traiciones acechando a la vuelta de la esquina.
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Acompañado de su inseparable Grogu, la entrañable criatura emparentada con Yoda que sigue funcionando como adorable alivio cómico y contrapeso de la intensidad de Mando, ambos surcan la Galaxia en busca de viejos comandantes del extinto Imperio Galáctico. La coronel Ward (Sigourney Weaver) de la Nueva República los envía al planeta Nal Hutta, hogar del clan Hutt famoso por Jabba el Hutt, para que más tarde viaje a la luna de Shakari en busca de Rotta el Hutt, hijo de Jabba y quien ahora sirve como gladiador para un misterioso antagonista conocido como Lord Janu. Pero, al igual que sucede en los episodios de The Mandalorian, no todo será tan sencillo como parece a la vista para Mando y Grogu.
Y hasta aquí todo lo nuevo que tiene que aportar esta película, no ya al universo de la serie, sino a todo Star Wars. Los fans no encontrarán cameos de viejas estrellas —sí uno de lo más aleatorio a cargo de Martin Scorsese—, nuevos e interesantes personajes o momentos trascendentales como los de cualquiera de las películas de las anteriores trilogías. Hay tres, cuatro como mucho, episodios unidos, pero con evidentes cortes que invitan a pensar que esto fue concebido como una cuarta temporada de The Mandalorian reconvertida en película. En IMAX, eso sí, y que en algunos puntos —el mencionado prólogo, toda la parte de la arena de gladiadores, por más que recuerde a la de El ataque de los clones, o el ataque del monstruo marino en la guarida de los Hutt— se acerca a lo que puede o debería ser una experiencia cinematográfica, pero no hay ni un solo momento genuino que refuerce esa idea. ¿De qué sirve hacer una película así si ya hemos visto a Grogu utilizar la fuerza o sabemos que Pedro Pascal está detrás de Mando? Ni siquiera el supuesto villano de la película estaría a la altura de los de la serie, de un Darth Maul, Snoke o Vader.
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¿Dónde está Star Wars?
Siendo todo esto así, hay cosas a rescatar de The Mandalorian and Grogu, aunque sean cosas que en parte ya estuvieran en la serie. La banda sonora de Ludwig Göransson —compositor que se hizo un nombre a partir de la serie y que ha estado desde entonces en títulos como Tenet, Oppenheimer, Los pecadores o próximamente La Odisea— balancea perfectamente entre lo cyberpunk de ese Blade Runner en Shakari, lo terrorífico de Nal Hutta y lo western en todo lo demás. Visualmente sucede algo parecido, con la fotografía de David Klein consiguiendo algunos de los planos más bellos que hemos visto en Star Wars en mucho tiempo. Pero están al servicio de una narrativa insustancial, completamente anquilosada en un formato serial que el director Jon Favreau no ha sabido llevar a la gran pantalla.
En definitiva, estamos ante una obra demasiado fijada a la serie de la que deriva, carente de sorpresas notables y cuya factura visual no es suficiente para justificarlo todo. Una obra en tierra de nadie, demasiado ambiciosa para la televisión y muy lejana de la épica y trascendencia que debería tener una película de Star Wars. Que en siete años desde El ascenso de Skywalker esto sea lo mejor que el universo de George Lucas tiene que ofrecer sin duda es agridulce, y a la espera de ver la próxima película, Starfighter, no tiene pinta de que Star Wars vaya a conquistar a una nueva generación de este modo.
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