
Si tuviéramos que defender a estas alturas la importancia del filósofo español José Ortega y Gasset, bastaría con señalar su artículo de El error Berenguer, publicado en noviembre de 1930, donde con una sola frase en latín (“¡Delenda est Monarchia!“) sacudió a la opinión pública en lo que finalmente acabaría siendo la Segunda República. Este no fue el único hito en la carrera del pensador, considerado el gran faro intelectual de la España de principios del siglo XX y uno de los principales modernizadores del país.
Con libros como La rebelión de las masas o España invertebrada, su relevancia trascendería las aulas universitarias y tendría una gran influencia en las esferas culturales y políticas del momento. Ortega y Gasset entendía la filosofía como una herramienta para comprender la “circunstancia” propia, convencido de que el pensamiento debía servir para transformar la realidad nacional. Esta perspectiva le llevaría a reflexionar profundamente sobre el esplendor intelectual de España en las primeras décadas del siglo y sobre la amargura posterior, tras su exilio provocado por la Guerra Civil y la Dictadura.
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De este modo, el filósofo español más influyente de todos los tiempos dejó una serie de reflexiones que, a pesar de haber pasado más de un siglo desde que se escribieron, siguen teniendo una gran vigencia en nuestros días. Una de ellas es la siguiente: “La historia de España es la historia de una desintegración”, con la que, a través de unas pocas palabras, realizó un diagnóstico sobre la crisis de cohesión interna del país que muchos podemos evidenciar hoy mismo.

El significado de la frase de José Ortega y Gasset
Para profundizar en su diagnóstico sobre España, el filósofo argumentaba que una nación solo existe cuando hay un “proyecto sugestivo de vida en común” que entusiasme a las masas. Así, consideraba que el problema de España radicaba en la ausencia de una “minoría” ejemplar capaz de organizar al pueblo en una misma dirección. En vez de eso, él observaba un auge del “particularismo”, ese sentimiento donde cada grupo social o regional solo mira por su interés privado, olvidando el destino nacional.
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“El particularismo consiste en que cada grupo deja de sentirse a sí mismo como parte, y en consecuencia deja de compartir los sentimientos de los demás”, escribía Ortega, preocupado por cómo los compartimentos de la sociedad española se volvían impermeables al pensamiento o las ideas no compartidas. Sin embargo, este no era un hecho aislado, sino una dolencia histórica que impedía a España funcionar como un organismo vivo y armónico, condenándola a una parálisis política y social que nacía del aislamiento de sus propias piezas.
En la actualidad, el eco de las palabras de Ortega resuena en la polarización política y el auge de los nacionalismos que marcan la agenda pública. La falta de un consenso sólido sobre qué significa ser español en el siglo XXI y la dificultad para alcanzar pactos de Estado reflejan ese “particularismo” que el filósofo denunció. El debate se fractura en bloques que parecen incapaces de reconocer al otro, confirmando que la cohesión nacional sigue siendo, más de un siglo después, una asignatura pendiente y un desafío constante para la convivencia democrática.
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El dolor de España
Esta preocupación por la identidad nacional no fue exclusiva de Ortega. Otros gigantes de la cultura del momento compartieron ese “dolor de España”. Miguel de Unamuno, figura central de la Generación del 98, abordaría la cuestión desde su habitual perspectiva agónica y espiritual. El escritor salmantino defendía que para entender España no bastaba con mirar a sus gobiernos, sino conocer su intrahistoria, es decir, el relato de todos sus habitantes anónimos, sus oficios y sus costumbres, muchas veces ignorados por quienes han de tomar las decisiones.
En esa misma época, otro de los grandes autores en reflexionar sobre el país sería Antonio Machado, con su famosa imagen de “las dos Españas”. Para el poeta, el problema se encontraba en la apatía conservadora de buena parte de los españoles: “Castilla miserable, ayer dominadora, envuelta en sus harapos desprecia cuanto ignora”. Al igual que Ortega, Machado y Unamuno veían una nación fracturada, aunque cada uno proponía una medicina distinta para sanar las heridas de un país que parecía haber perdido su rumbo histórico.
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