
Supo desde el instante en el que lo apresaron, que iba a morir. Cómo y cuándo, estaba por verse. Pero su futuro era una tumba. Y con Benito Mussolini iba a ir al foso el fascismo italiano que, codo a codo con Adolf Hitler en Alemania, había hundido a su país en el abismo de la Segunda Guerra, en el desastre económico y en un sufrimiento que se extendería por más de una década en aquella tierra pródiga que alguna vez había sido un imperio y que Mussolini pensó en reeditar como un emperador del siglo XX, un Marco Antonio de colegio primario, un César de Carnaval.
La tarde del 27 de abril de 1945 y casi por azar un grupo de partisanos comunistas interceptó muy cerca del lago Como y de la frontera con Suiza a un convoy alemán que huía, o intentaba huir de la Italia ya en manos aliadas. Uno de los pasajeros de esa caravana de soldados nazis era Mussolini, que iba disfrazado, oculto, solapado, con una ametralladora en las rodillas que ni siquiera atinó a usar. Los partisanos lo fusilaron al día siguiente, 28 de abril, hace ya ochenta y un años, en el pequeño pueblo de Giulino di Mezzegra. También fue fusilada su amante, Clara Petacci, “Claretta”, que decidió compartir el destino fatal de aquel derrotado como lo haría, dos días después y en el bunker de la Cancillería del Reich, Eva Braun junto a Hitler
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Al día siguiente, sus cadáveres, junto a los de otros jefes fascistas, fueron colgados cabeza abajo, atados los pies a la viga de una estación de servicio vecina a la Piazzale del Loreto, en Milán, y lapidados, baleados y profanados por una multitud. El fascismo italiano tenía un final de ópera trágica.

Durante muchos años quién y cómo mató a Mussolini fue motivo de controversia y de debates. La historia oficial, tal vez la más cercana a la realidad, dice que lo ejecutó el partisano Walter Audisio, un comunista conocido como “Coronel Valerio”, su nombre de guerra. Fue el propio Audisio quien dijo haber apretado el gatillo para cumplir con el artículo cinco del “Decreto para la administración de justicia”, aprobado en Milán días antes de la captura de Mussolini por el Comité de Liberación Nacional de la Alta Italia (CLNAI), un organismo creado de urgencia y en el fragor sangriento de las trincheras para dar legalidad a lo que fuese necesario.
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Organismo, decreto y legalidad encubrían en realidad una orden perentoria que le había dado a Audisio el jefe de los partisanos comunistas, Luigi Longo, que fue breve, claro y conciso: “Andá y dispará”. Fue lo que hizo Audisio. Así se ponía sobre el papel lo que estaba en la mente de los guerrilleros ni bien se pensó en la firme posibilidad de capturar a Mussolini.
Benito Amilcare Andrea Mussolini había nacido en Predappio, en la provincia de Forli-Cesena, el 29 de julio de 1883. Por extraño que parezca, aunque quién sabe, estuvo afiliado al Partido Socialista Italiano del que fue expulsado en 1914, en vísperas de la Primera Guerra Mundial, por sostener posiciones enemigas del internacionalismo y contrarias a las de las principales figuras partidarias. Creó entonces el Partido Nacional Fascista, luego Partido Fascista Republicano, y lo llevó al poder en 1922, cuando marchó sobre Roma con un grupo de seguidores vestidos todos con camisas negras, que heredaron ese nombre, el color de sus camisas, como identidad política.
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Mussolini seguía así los pasos que daba Hitler en Alemania con el nazismo: asaltar el poder para destruir la República de Weimar. Si Hitler aspiraba a convertirse en dictador, Mussolini lo logró como presidente del Consejo de Ministros Reales de Italia desde 1922 hasta 1943. Instauró un régimen totalitario, violento y represor durante el largo lapso conocido como de “fascismo italiano”, bajo la mirada complaciente, o cómoda, o indiferente, o aprobatoria del rey Vittorio Emanuele III, el último rey de Italia. Después de la Segunda Guerra, Italia fue una república.
Si Hitler buscaba la expansión de Alemania, siempre hacia el Este para conquistar los pueblos eslavos y la Unión Soviética, Mussolini exaltó el “panitalianismo”, el expansionismo italiano, la lucha contra el comunismo y las ansias de recobrar aquel imperio que había hecho grande a Roma más de veinte siglos atrás. No pudo lograrlo sin el respaldo pleno del poder militar y el de una sociedad exaltada por el patriotismo infantil que desbordaba sus discursos, un histrionismo sobreactuado, gritado, vociferado, insultante, siempre vecino al ridículo que, como suele suceder, era festejado y admirado por las multitudes que se reunían para escucharlo bajo el pequeño balcón de la Piazza Venezia, en el centro de Roma.
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Mussolini prometió a los italianos una total hegemonía sobre el Mar Mediterráneo, un regreso a la grandeza pasada y perdida compartida con las leyendas y las glorias de Grecia y de Egipto. Era un imposible, pero Mussolini se vio, y así se presentó sin modestia y sin vergüenza alguna, como una especie de sucesor legítimo de aquellos emperadores; impulsó el desarrollo armamentista de Italia, en 1935 invadió a la paupérrima Etiopía, Abisinia por entonces, y encaró una guerra de exterminio que le serviría como ensayo general de sus andanzas junto a Hitler y al imperio japonés; en 1939, sobre el filo del estallido de la Segunda Guerra, firmó un pacto con Alemania, llamado “Pacto de Acero”, y lo era, que ató su destino y el de Italia a la suerte de la guerra que llevaría adelante el nazismo de Hitler. Para Italia, todo resultó en un baño de sangre que no excluyó una guerra civil larvada, y a menudo no tan larvada, entre fascistas y sus opositores, en especial socialistas y comunistas, que también soñaban con una Italia grande pero distinta a la del Duce, como también fue llamado Mussolini. Duce es un adjetivo que puede traducirse como “caudillo”, como “caudillo” se traduce también la palabra alemana “führer”.

El viento de la guerra se dio vuelta en 1943 con la derrota nazi en Stalingrado, que selló el destino del nazismo y el de las fuerzas del Eje, Alemania, Italia y Japón. Los aliados invadieron Europa por Sicilia en julio de ese año, mientras se ultimaban los detalles de la gran invasión en Normandía de junio de 1944. También se dio vuelta el viento para Mussolini: el rey Vittorio Emanuele, que lo había apoyado, le soltó su mano protectora: un intento de la monarquía de evitar, de suavizar o atemperar los efectos de la invasión aliada. Entre la tarde del 24 de julio y las primeras horas del 25, el Gran Consejo Fascista destituyó a Mussolini y ordenó su arresto. Lo encerraron en una especie de hotel del Gran Sasso, un macizo cordillerano de los Apeninos. Hitler ordenó su rescate mientras desplegaba sus tropas en el norte italiano para enfrentar a los aliados.
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Del rescate se encargó Otto Skorzeny, un aviador audaz y templado que había sido custodia y hombre de confianza del Führer: tras la guerra, buscó refugio en Argentina, conoció a Juan Perón y tuvo a su cargo parte de la custodia de su mujer, Eva Duarte. A Skorzeny le costó nada rescatar a Mussolini del Gran Sasso: se lo llevó en un avión que aterrizó sin dramas y despegó de la misma forma de la fortaleza italiana. Los soldados, que en teoría debían oponerse a los alemanes, entregaron al Duce encantados de volver a ponerlo en manos nazis. Liberado y con nuevas fuerzas, Mussolini fundó en el norte la República Social Italiana, conocida como República de Saló, opuesta al “Reino del Sur”, como bautizó a la ya magra monarquía de Vittorio Emanuele. Saló era otra gran fantochada de Mussolini: se trataba de un gobierno fugaz, títere de los alemanes que estaban preocupados por otro frente de guerra: los soviéticos avanzaban desde el Este con una idea fija en sus mentes y en las miras de sus fusiles: Berlín.
Ya en abril de 1945, con los aliados en plena reconquista de Italia y decididos a borrar del mapa a aquel sello de goma que era la República Social Italiana, con los soviéticos a punto de entrar a Berlín y con la guerra perdida, Mussolini decidió escapar. Pensó en Suiza. Dejó en Como a su mujer, Rachele, y a sus hijos; se unió a su amante Claretta, y ella a él, y disfrazado de soldado alemán, con capote y casco, como falso integrante de un convoy nazi al mando de un teniente de la Luftwaffe de apellido Schallmayer, aquel tipo que se sentía un César moderno se dispuso a huir como un conejo del desastre que había creado. Además de Mussolini y de Petacci, viajaban como falsos miembros de una delegación diplomática española el hermano de Claretta, Marcello Petacci, y los líderes fascistas Alessandro Pavolini, Nicola Bombacci y Francesco Barracu.
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Era una caravana de desesperados. Los partisanos los detectaron cerca de Dongo, a las seis y media de la mañana del 27 de abril. Eran guerrilleros de la Brigada Garibaldi, dirigidos por Urbano Lazzaro que entablaron un fuerte tiroteo con las tropas alemanas. Los partisanos no sabían que en uno de esos vehículos viajaba Mussolini disfrazado de soldado alemán; sólo habían identificado a la distancia a Francesco Barracu, un funcionario de la República de Saló. Aquella pequeña batalla entre alemanes e italianos no duró mucho: Schallmayer decidió negociar porque la superioridad enemiga era cada vez mayor porque los guerrilleros recibían refuerzos constantes. El alemán no estaba en condiciones de negociar demasiado con los partisanos y lo entendió enseguida: ofreció entregar a todos los italianos a cambio de la retirada suya y la de sus tropas. Era un trato.
Cerca de las siete de la tarde, cuando los partisanos revisaban la documentación de los detenidos, en especial la de los falsos “diplomáticos españoles”, uno de los guerrilleros, Giuseppe Negri, reconoció a Mussolini y avisó a Lazzaro. Todo había terminado para el Duce. Los captores entonces hicieron que Mussolini firmara un documento en el que se leía: “La 52ª. Brigada Garibaldi me capturó hoy, 27 de abril en la Plaza Dongo. El tratamiento utilizado durante y después de la captura, ha sido correcto. Mussolini”. Lazzaro, el jefe guerrillero, recordaría luego el aspecto del prisionero: “Su rostro era como de cera y su mirada vidriosa, pero de alguna manera ciega. Leí el agotamiento total, pero no había miedo, Mussolini parecía completamente carente de voluntad, espiritualmente muerto”. Lo llevaron a Dongo, donde pasó esa noche, la del 27 al 28 de abril, en el cuartel local. A las 2.30 de la mañana se le unió Claretta, que pidió estar junto a él.
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Para entonces, la noticia de su captura había llegado ya a Milán. La hizo pública por Radio Milano un dirigente del Comité de Liberación Nacional con un mensaje ácido, envenenado y violento que también selló el destino del caído jerarca fascista. Dijo: “El jefe de esta asociación de delincuentes, Mussolini, aunque amarillo por el rencor y el miedo y tratando de cruzar la frontera suiza, ha sido arrestado. Debe ser entregado a un tribunal popular que pueda juzgarlo rápidamente. Queremos esto, aunque pensemos que un pelotón de ejecución es demasiado honor para este hombre. Merecería ser asesinado como un perro rabioso”. Quien así hablaba era Sandro Pertini, del Partido Socialista Italiano. Con los años, sería presidente de la República Italiana. Visitó la Argentina en 1985, durante el gobierno de Raúl Alfonsín y exaltó los valores de la democracia.

Desde Milán despacharon enseguida a un grupo de partisanos al mando de Audisio que guardaba en sus oídos loe ecos de aquella orden tremenda: “Andá y dispará”. Mussolini supo de la llegada de un grupo de hombres desde Milán y pensó que llegaban para liberarlo. Él y su amante estaban ahora encerrados en una granja local de la familia De María porque sus captores temían que una pueblada intentara asesinarlos. Por la tarde, Audisio y los guerrilleros Aldo Lampredi y Michele Moretti llegaron a la granja, cargaron a Mussolini y a Claretta en un Fiat 1100 y los condujeron por un tramo no demasiado largo hasta el pueblo Giulino de Mezzegra. Los vehículos, el Fiat con los detenidos y una escolta partisana, se detuvieron en la entrada de la Villa Belmonte, en la Via XXIV Maggio. Ordenaron a Mussolini y a Petacci que bajaran y se pararan frente al muro de la villa. A las cuatro y diez de la tarde, Audisio les disparó con una metralleta que le había cedido Moretti porque su arma se había atascado.
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Sobre los últimos momentos del Duce no se pusieron de acuerdo ni quienes lo fusilaron. Audisio lo retrató como un cobarde, pero Lampredi no. Audisio dijo que antes de los disparos él había leído una sentencia de muerte, afirmación que Lampredi no confirmó; Lampredi dijo que Mussolini había pedido a Audisio: “Dispara al corazón”. Pero Audisio afirmó que Mussolini no dijo nada antes de morir. El Comité de Liberación Nacional de la Alta Italia reclamó para Audisio el mérito de haber apretado el gatillo, y juzgó que su decisión tenía los efectos de una sentencia tan válida como la de un tribunal. Durante ese día y al siguiente, dieciséis de los más altos jerarcas fascistas fueron fusilados en Dongo y otros diez fueron matados en las siguientes dos noches.
En las últimas horas del 28 de abril y primeras del 29, los cadáveres de Mussolini, Petacci y tres de los jefes fascistas fusilados fueron cargados en camiones que viajaron a Milán para arrojar los cuerpos en la Piazzale del Loreto, una explanada vecina a la principal estación de trenes. No era un sitio elegido al azar. En agosto de 1944, quince partisanos habían sido fusilados en ese sitio y sus cuerpos habían quedado exhibidos a modo de escarmiento. La leyenda dice que Mussolini, enterado de la masacre, murmuró: “Vamos a pagar caro la sangre de la Piazzale del Loreto”.

Ahora era su cadáver el que estaba en exhibición, junto al de Claretta y otros tres jefes fascistas. A las nueve de la mañana, una multitud se dedicó a vejar los cuerpos: los lapidaron, los balearon, los escupieron y los patearon. Luego, los colgaron boca abajo con ganchos de carnicero aferrados al marco de la viga metálica de una estación de servicio en construcción de la Standard Oil.
Así quedaron expuestos por horas, Nicola Bombacci, Mussolini, Petacci, Alessandro Pavolini y Achille Starace. Hasta que a las dos de la tarde, las autoridades militares americanas que habían llegado a la ciudad, ordenaron el fin de aquel espectáculo horrible y dispusieron que los cuerpos fueran descolgados y llevados a la morgue. Un camarógrafo del Ejército de Estados Unidos los fotografió: la cara de Mussolini está deshecha, a su lado, en una pose absurda, acomodada por quienes vandalizaron los cadáveres, Claretta está aferrada a su brazo.
Enterado de aquel circo de horror, a menos de mil kilómetros de distancia, en Berlín, Hitler fortaleció su decisión de no dejar rastro de su paso por este mundo: se suicidó dos días después, el 30 de abril, junto a Eva Braun y pidió a sus asistentes más fieles que incineraran los dos cadáveres en los jardines de la Cancillería con el poco combustible que quedaba en todo el Reich que se había propuesto conquistar el mundo.
Ese mismo 30 de abril, la autopsia del Instituto de Medicina Legal de Milán reveló que a Mussolini le habían disparado nueve balazos, aunque una versión posterior habló de siete, sin especificar el calibre. Cuatro balas quedaron alojadas cerca del corazón y figuraron como causa de la muerte. También fueron remitidos a Estados Unidos unos cortes de su cerebro para probar si una eventual sífilis podría haber causado un principio de demencia en Mussolini: el análisis dio negativo. No se hizo autopsia de Claretta Petacci.
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