
La última obra documental de Alex Gibney, Knife: The Attempted Murder of Salman Rushdie, ha ofrecido una mirada profunda e íntima sobre el proceso de recuperación física y espiritual del célebre escritor tras el intento de asesinato sufrido en 2022.
A través de un enfoque pausado, Gibney ha optado por retrasar la inclusión de las imágenes del brutal ataque hasta las postrimerías del filme, después de haber presentado el suceso con animaciones y reconstrucciones gráficas, así como el prolongado proceso de convalecencia de Rushdie en un hospital de Pensilvania.
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Solo en el último tramo el espectador accede a la grabación real, en la que puede verse el caos desatado tras la agresión: el despliegue de público, personal de seguridad y sanitarios tratando de contener al agresor y socorrer urgentemente a la víctima. Los medios especializados estadounidenses han calificado este trabajo de “escalofriante”.
Ya para entonces, la narración de Gibney ha sumergido al espectador en el contexto del atentado, reconstruyendo los momentos posteriores mediante imágenes rodadas por la esposa de Rushdie, Rachel Eliza Griffiths, en el hospital y a través de ilustraciones animadas de la violencia padecida. La película culmina con el retorno del escritor al escenario del ataque un año después, donde declara: “Estoy de pie en el lugar donde caí”, un símbolo de su determinación por rehacerse.
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A lo largo de todo el documental, la voz de Rushdie adquiere un papel central gracias a la incorporación en off de extractos de su libro de memorias de 2024, Cuchillo. Meditaciones tras un intento de asesinato (Random House)
Esta narración personal cobra aún más fuerza debido a las extensas secuencias grabadas por Griffiths, quien, junto al propio Rushdie, decidió documentar desde los primeros compases tanto el tratamiento hospitalario como el posterior proceso de rehabilitación.
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La cinta muestra el estado de confusión y resistencia a la muerte que vivió el autor bajo los efectos de la morfina, valiéndose para ilustrarlo de una célebre escena de El séptimo sello de Ingmar Bergman, en la que el protagonista se enfrenta en una partida de ajedrez contra la Muerte en una playa desierta.
Una vida siempre bajo amenaza
Las amenazas contra la vida de Salman Rushdie tienen una larga historia, como recuerda Gibney en su documental. Desde la publicación en 1988 de su cuarta novela, Los versos satánicos, el escritor ha sido objetivo de intentos de asesinato impulsados por el extremismo islámico. Las hostilidades comenzaron poco después de que el ayatolá Jomeini, líder supremo de Irán, emitiera una fatua ordenando su muerte por lo que numerosos creyentes consideraron una representación irrespetuosa de Mahoma.
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Según sugiere el propio filme, algunos de los sectores más indignados ni siquiera leyeron la novela. Gibney reconstruye este contexto mediante entrevistas y material de archivo, exponiendo las protestas, la quema pública de libros y los disturbios que se sucedieron en todo el mundo musulmán, así como los repetidos complots frustrados por los servicios de inteligencia británicos.

Durante años, Rushdie se vio obligado a vivir oculto y bajo constante traslado por parte de Scotland Yard, una vida casi de secuestro forzoso. Más adelante, el documental ahonda en los orígenes del escritor en la India, describiendo una infancia marcada por el carácter violento y alcohólico de su padre, y su posterior traslado a Reino Unido para cursar estudios en Rugby y en la Universidad de Cambridge.
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Alejado por completo de cualquier renuncia o retractación derivada de las campañas de difamación, Rushdie reafirma con convicción su derecho a la libertad de expresión, en defensa de su rechazo a la ortodoxia religiosa. Los primeros años de éxito literario le proyectaron la imagen de un autor distante y arrogante, pero el retrato de Gibney sugiere que la experiencia y el paso del tiempo han templado ese carácter. Como recuerda el propio Rushdie: “No seríamos quienes somos hoy sin las calamidades de nuestro ayer”.
La mirada cercana de la esposa de Rushdie
El enfoque personal que aporta Rachel Eliza Griffiths, quinta esposa del escritor, ha dotado al documental de un tono especialmente emotivo. Uno de los episodios más significativos es su negativa a permitir a Rushdie verse en un espejo hasta nueve días después del comienzo de la rehabilitación, un gesto cargado de sensibilidad frente al dolor físico y psicológico.
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Al mismo tiempo, los planos gráficos de las heridas de Rushdie, en particular la mutilación de su ojo derecho (perforado por el cuchillo), forman parte de una narrativa visual de impacto. El espectador conoce la angustia de las operaciones necesarias para coser el párpado, así como el momento en que el paciente asume que ha perdido el ojo.
El propio escritor intenta asumir el sufrimiento repitiendo el consejo heredado de sus padres: “Lo que no tiene remedio, hay que soportarlo”. El documental enfatiza el desasosiego que generó la noticia del atentado en 2022, especialmente porque, tras diez años de protección policial permanente, Rushdie había relajado las precauciones de seguridad.
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En su etapa en Nueva York, desde el año 2000, había recobrado una vida pública al asistir a estrenos y eventos literarios, aunque evitaba las redes sociales, e incluso soportó la oleada de críticas que le sobrevino tras ser nombrado caballero en 2007. Sin embargo, la irrupción repentina del agresor, más de tres décadas después de la fatua, ha puesto de manifiesto la persistencia de los fanatismos violentos.
Visión artística y simbolismo
Uno de los sellos de Gibney reside en el uso abundante de material de archivo, enriquecido aquí con animaciones y secuencias de películas o imágenes que dialogan con el universo mental del autor.
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El simbolismo del ataque con cuchillo (una agresión cercana y corporal, distinta de la violencia a distancia de un arma de fuego) queda realzado no solo por imágenes documentales, sino también por referencias cinematográficas a títulos como El cuchillo en el agua, West Side Story, Doce hombres sin piedad y Psicosis.

El documental incorpora, además, alusiones a la trilogía La materia oscura de Philip Pullman, en la que un cuchillo mítico puede cortar portales entre universos paralelos. A pesar de una duración que algunos podrían considerar prolongada, la película de Gibney emerge como un recorrido por la vida intelectual y la capacidad de resistencia de su protagonista.
El propio Rushdie imagina durante el metraje qué diría a su agresor, Hadi Matar, quien ha sido condenado por intento de asesinato en segundo grado y sentenciado a 25 años de prisión. Sin embargo, Knife evita que la figura del asaltante ocupe excesivo espacio en la narración, como si ese distanciamiento fuera imprescindible en el proceso de recuperación del escritor.
En los minutos finales, la producción muestra una escena de descanso con Rushdie y Griffiths en Jamaica, mientras suena la canción de Bob Dylan Love Minus Zero, imágenes que transmiten serenidad y sencillez. Con un gesto de sonrisa, el escritor concluye: “Tengo 76 años y sigo adelante”.
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