
A Ricardo Cavolo (Salamanca, 1982) lo suyo le viene de familia. Su padre, pintor, fue su profesor de dibujo en el Instituto. “Siempre he estado muy ligado a todo ese mundo y él supo cómo ir dándome píldoras”, dice. Aunque comenzó buscando su hueco en la industria cinematográfica, espacio en el que dio sus primeros pasos iluminando cortometrajes, el salmantino supo rápidamente que ese no era su mundo. “Obligar a un niño a ser artista es como tirarle por un precipicio, pero yo disfrutaba con el dibujo, me daba muchas horas de satisfacción”, cuenta a Infobae España.
El ilustrador atiende a este medio para presentar la reedición de Don Quijote de la Mancha (Lunwerg Editores), el clásico de la literatura española escrito por Miguel de Cervantes y adaptado, en esta ocasión, por Javier Sáez de Ibarra. En él, Cavolo exprime su talento y sello personal para ponerle color a las escenas más concurridas y notorias de la obra del escritor español. “Al principio te asustas un poco porque se supone que es la gran novela de la historia de la literatura”, cuenta. Cuando aceptó formar parte del proyecto, éste se percató de que, pese a la fama del tomo, la obra de Cervantes “no se ha ilustrado tanto”.
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El salmantino pensó que la “grandilocuencia” del Quijote no iba con él, pero más tarde se convenció de que podía llevar la historia a su terreno para acompañarla con diversas ilustraciones que mantuviesen su espíritu creativo. “Es bastante de mi cosecha, es personal y tiene mi mirada”, relata el artista. Además de emplear referencias actuales, Cavolo también ha querido convertir la obra en algo más “contemporáneo”: “Con el Quijote piensas en la tierra de Ciudad Real, en una zona desértica y árida. Él tiene una vida que da como pena, entonces buscas esa pobreza visual, pero yo me quería divertir y me lo llevé al universo de las tartas de fresa”, cuenta entre risas.
Con dos hijos y más responsabilidades, Cavolo no puede dedicarle tanto tiempo a su trabajo. “Me gustaría decirte que he tardado tres meses en hacer las ilustraciones para el Quijote, pero no es verdad”, cuenta. Antes contaba con 15 horas para dejar que la creatividad bañase sus jornadas, pero ahora exprime su agenda laboral en la mitad de tiempo. “Hay que tener mucha fuerza de voluntad, no es esta cosa romántica de decir: ‘Me levanto por las noches porque es cuando estoy inspirado’”, explica.
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“Me he ido quitando la seriedad”
Colecciones con Zara, ilustrar una chaqueta de Gucci y hacer que sus objetos (que beben del folk y de la cultura del tatuaje, entre muchas otras influencias) se puedan avistar incluso a distancias considerables. El estilo de Ricardo Cavolo es descifrable y único. Aunque cree que el simbolismo con el que creó su imaginario visual se mantiene intacto, algunas cosas han cambiado en su currículo artístico desde que comenzase a expresarse con la brocha.
“Han cambiado detalles y cosas, pero sobre todo el espíritu con el que trabajo desde hace unos años”, cuenta. El salmantino relata que hace una década pasó por una depresión “bastante fuerte” a raíz del agotamiento. “Básicamente fue de trabajar”, explica. Tras acudir a terapia y comenzar un trabajo de introspección, Cavolo reconectó con su niño interior. “Decidí que quería darle más gusto a ese pequeño y me quité la seriedad que a veces nos ponemos los artistas”, dice. Se refiere a la creación de “cosas sesudas y elevadas”. El cambio se manifiesta con un mayor interés por los dibujos animados o los universos fantásticos, elementos que, “a priori, están un poco alejados de las galerías y los museos, pero que a mí me aportan mucho” como creador.
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La diversión narra su actualidad artística, pero para llegar a este punto, el salmantino ha tenido que pelear con y sin guantes. “Mi pareja también es artista y está en las mismas”, cuenta. Se refiere a lo complicado que puede llegar a ser trabajar del arte. “Nunca se habla de esto, pero en el sector de los artistas hay mucha gente que viene de un origen un poco más agraciado, con más ayudas digamos. No es mi caso, por supuesto”, cuenta. Cavolo cree que, en ocasiones, mucha de la gente que termina viviendo, o exprimiendo, sus cualidades artísticas presentan “otro tipo de seguridad en la familia”. En su caso primó lo que acuña como “mentalidad de pobre”, es decir, “tratar de hacerlo todo y hacer más”.
Su supervivencia en la industria se basó en “decir que sí” a todo al principio, para más tarde poder escoger qué proyectos se acogían más a la imagen que quería darle a su sello. “Tienes que abrir mucho la mente como artista, porque para hacer un cómic o un libro, que es lo que más me gusta, te toca hacer cosas comerciales con marcas o campañas”, explica sobre el equilibrio que mantiene en su agenda. “Ahora mismo no podría hacer el sacrificio de energía que hice en su momento”, apostilla sobre sus inicios, marcados por una alta carga de proyectos y de fe en sí mismo.
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En el futuro (dice que ya tiene entrenada la respuesta a la pregunta de tanto que se la formulan), quiere lanzarse a pintar un mural, “la brocha, el rodillo y la pistola a presión”, y su sueño a nivel editorial sería ilustrar El Hobbit. “Es mi libro maravilloso y me encantaría hacer una cosa de mil páginas en la que haya casi más ilustración que texto”, cuenta emocionado. Otro proyecto que le gustaría abordar es el de reinventar una iglesia ortodoxa: “Pintaría hasta la última baldosa”, concluye.

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