Paula Fernández
Poio (Pontevedra), 24 abr (EFE).- La enorme crisis del marisqueo, agravada por las lluvias del pasado invierno, ha llevado a algunas cofradías gallegas a cesar su actividad por la excesiva mortandad del marisco. En la ría de Pontevedra han decidido seguir trabajando con lo poco que queda, pero en los arenales reina el desánimo ante una profesión que se apaga.
Del marisqueo ya no se puede vivir, repiten muchos en la agrupación de la Cofradía de San Telmo. Son las 13:00 horas y cerca de dos centenares de mariscadores, la mayoría mujeres, faenan la playa de Cabeceira, en Poio, para ver qué ha descubierto la marea baja.
La orilla está llena de conchas, un recuerdo del impacto que la baja salinidad por la lluvia ha tenido en la ría, donde para el marisqueo a pie ha muerto entre el 30 % y 40 % de la almeja, mortandad considerada "severa".
La Xunta ha ofrecido un plan de recuperación de los bancos que remunera a los mariscadores por tareas de limpieza y regeneración con cerca de 700 euros al mes, bajo la condición de cesar la actividad extractiva.
La solución no ha convencido en Pontevedra. "Para muchas cofradías puede ser bueno porque les ha muerto el 90 % y tienen una mortalidad muy elevada. Pero el plan está muy generalizado y no se adapta a nuestras circunstancias. A nosotros no nos murió todo", explica a EFE Adrián Arís, presidente en funciones de la agrupación de San Telmo.
Ahora mismo, con precios de venta más agradecidos al ser una de las pocas zonas que sigue mariscando, pueden ganar unos 800 o 900 euros al mes, según Arís. Con el plan de la Xunta, y tras restar el coste del seguro, la remuneración mensual quedaría en unos 430 euros.
"No nos compensa ni nos soluciona nada, lo que queremos es trabajar las playas y que esto no se muera", defiende a EFE Erica, que lleva 14 años mariscando y ve la situación "muy negra": "Yo si me jubilo aquí ya doy gracias, pero para la juventud esto no tiene futuro".
Con las lluvias de 2023 y las de este año, en esta zona de la ría cada mariscador puede recoger 5 kilos de almeja por jornada, menos de la mitad de las cuotas de hace años.
Y a veces cuesta llegar. "Hay muchísima almeja muerta, tanto la fina como la japónica, y la que hay es muy pequeña, no da la talla", lamenta Maite, otra veterana que dice que con el plan de la Xunta les quedaría "para pagar la luz, el teléfono y poco más".
Vienen además de un febrero en vacío, sin mariscar y sin ingresos, y muchos sobreviven gracias a préstamos, ayuda de familiares o con otros trabajos como desbrozando fincas, por eso quieren trabajar la playa.
Desde San Telmo han propuesto una solución intermedia que la Xunta no ha aceptado: acogerse a los trabajos de regeneración la mitad de los días y la otra mitad mariscar, para asegurar un ingreso un poco más alto y además abastecer al mercado.
Si se para, explican, toda la cadena se ve afectada, desde el mariscador hasta el consumidor final, pasando por cofradías, lonjas y depuradoras que no ingresan nada.
"Si empieza a entrar el producto portugués, el de Canadá, al final vamos a estar peor de lo que estábamos", dice Jesús, otro mariscador que es tajante: "Si vas a vivir de esto, olvídate".
En San Telmo tienen claro que para garantizar la producción en sus arenales a futuro hace falta algo de forma urgente: semilla.
"En nuestros semilleros no tenemos prácticamente nada de cría, llevo aquí casi 11 años trabajando y nunca lo vi tan mal", enfatiza Adrián Arís, que relata que antes de 2023 podían retirar 5.000 kilos de semilla para hacer los traslados entre arenales y ahora apenas llegan a 300 kilos.
Esta demanda a la Xunta, a quien piden que les proporcione directamente semilla o algún tipo de subvención para comprarla, es urgente, porque la almeja japónica, que crece más rápido, tarda dos años y medio en coger tamaño comercial.
Corren peligro el abastecimiento del mercado y los ingresos de miles de profesionales, pero también, apostillan, la supervivencia de un oficio cargado de tradición.
"Si la cosa sigue así, no tiene nada de futuro. Acabará desapareciendo", sentencia Arís. EFEAGRO
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